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Emilia se despertó con el repiqueteo de las campanas de la cercana Iglesia de San Sebastián. Era domingo, y después de quedarse leyendo a la luz de las velas hasta la madrugada, se le habían pegado las sábanas.
Se asomó al balcón en el momento justo en que un jinete pasaba por la cota má s baja del camino de la orilla del río y se perdía cabalgando a toda velocidad en dirección a Medina.
Apenas le dio tiempo de verlo, pero sintió que el corazón se le encogía en el pecho.
«No… No puede ser él», se repet ía. «Ha pasado demasiado tiempo».
Se lavó la cara en la palangana, requirió la ayuda de la doncella para colocarse un vestido gris de varias piezas y luego bajó al comedor, donde desayunó sola, puesto que la gobernanta de la casa, que solía acompañarla, lo había hecho ya.
El gran reloj de pie marcaba las diez y media de la ma ñana cuando la empleada entró en la estancia.
—Tendrías que haberme despertado, Paca. Ya sabes que me gusta madrugar —le reprochó.
—No me regañe, niña. Un día es un día y Dios hizo el domingo para descansar.
En realidad, Emilia odiaba los domingos. El servicio tenía la tarde libre y sol ía sentirse muy sola en aquel palacete enorme lleno de espectros del pasado, por lo que quizá debería alegrarse de haberse levantado tarde. Así el día le resultaría más corto.
—¿Has oído hace un rato pasar a un jinete cabalgando a matacaballo? —preguntó antes de llevarse a la boca una rebanada de pan frito cubierto de miel.
—No sé , niña. He estado ocupada —se excusó la mujer—. ¿Qué planes tiene para hoy? Me gustaría dejarlo todo dispuesto. Ya sabe que esta tarde voy a ir a ver a mi madre.
—¿Cómo está? —se interesó.
—Con sus achaques. Demasiado bien para tener ochenta añ os. Pocos llegan a contar tantos como ella.
Emilia asintió.
—Pues hoy… Hoy me gustaría ir a hacerle esa «visita de rigor» a nuestro nuevo vecino —anunció.
—¿En domingo, niña?
—Claro. Si es un caballero, entre semana estará más ocupado y no querrí a molestarlo —mintió al tiempo que removía el chocolate de su taza. La curiosidad la corroía y deseaba averiguar cuanto antes la identidad de ese hombre que la traía de cabeza.
—Como usted diga, niña —aceptó la mujer—. ¿Por eso se ha vestido hoy de gris perla?
Emilia alzó la mirada del l íquido espeso.
—¿Cómo dices?
—Bueno, es la primera vez desde que falleció su padre, que en paz descanse, que la veo vestirse de un tono un poco más claro que el negro o el azul marino.
La culpabilidad acudió enseguida para lacerar a Emilia.
—¿Crees que es demasiado pronto para abandonar el luto? —preguntó más para sí misma que para que su empleada le respondiera.
—Al contrario, señ orita. Lleva usted demasiado tiempo y ya no es necesario. Las penas van por dentro y debería arreglarse más. Es usted muy joven todavía.
Una sonrisa cansada se dibujó en el rostro de Emilia.
—Ya no tanto.
Un rato después, las dos mujeres caminaban juntas calle abajo.
Dejaron atrás la que otrora fuera la casa que el famoso torero Paquiro había regalado a sus hermanas y en pocos minutos alcanzaron el palacete número 18, el de su nuevo, atractivo y acaudalado vecino.
Al contrario que los d ías anteriores, marcados por el trasiego de carros, objetos y personas, ahora se percibía un ambiente sumamente silencioso en el interior y Emilia temió haber dado el paseo en balde.
Seguramente no hubiera nadie. Aun así, golpeó la aldaba con energía contra el recio portón.
Abrieron justo cuando Francisca le sugería dar media vuelta.
Apareció frente a ellas un hombre canoso de unos cincuenta años que vest ía el uniforme de mayordomo: traje y corbata negros y chaleco y guantes blancos. A Emilia su rostro le resultó conocido, pero antes de que pudiera ubicarlo, el hombre habló con voz áspera.
—Buenos días, señoras. —Hizo dos reverencias seguidas. Parecía agitado—. ¿En qu é puedo ayudarlas?
Emilia carraspeó.
—Soy la señorita Emilia Espinosa, vecina de esta calle.
Vivo en el número 6. Y ella es la señora Francisca Gómez, mi ama de llaves —añadió señalando a su acompañante —.
Venimos a darle la bienvenida a los nuevos dueños de la casa y traemos un pequeño obsequio.
—De las manos de su empleada tomó la botella de vino dulce y el bizcocho de limón que Honoria había preparado la tarde anterior para ella y se los tendió.
El hombre dudó, pero finalmente aceptó los regalos.
—Ay, disculpen señoras, pero el se ñor no se encuentra en la casa en estos momentos —dijo haciendo amago de cerrarles la puerta en las narices.
—En ese caso —Emilia frenó el movimiento de la puerta con la mano—, dejaré mi tarjeta. ¿Dónde puedo depositarla?
—¿Tarjeta? —El hombre puso cara de no saber a qué se refería.
—Sí, la tarjeta de visita —se molestó en explicar Emilia, que de repente parecía que hablaba a alguien de otro país o de otra época—.
Ya sabe, una cartulina con mi nombre y las letras «e.
p.», que significan que he estado aquí «en persona».
Lo normal es que los señores dispongan de un mueble recibidor con una bandeja de plata en la que los invitados puedan dejar estas tarjetas.
El peculiar mayordomo alzó las cejas.
—Ah, sí, sí, claro. La bandeja para las tarjetas. Verá, señorita, nos acabamos de mudar y todavía nos estamos organizando.
Francisca le dio un leve codazo a su ama, que decía «¿Lo ve? No ha sido buena idea venir en domingo».
—Comprendo —siguió Emilia—. Si al menos pudiera usted decirnos el nombre de su señor, sabríamos cómo dirigirnos a él cuando lo conozcamos.
El espanto y luego la incertidumbre se dibujaron en el rostro del mayordomo.
—Verán, señoras… mi señor es muy discreto. Será mejor que esperen a que se presente él mismo. Y, ahora, si me disculpan, tengo mucho trabajo que hacer. ¡Gracias por los obsequios!
Les cerró la puerta en la cara y las dos mujeres se miraron entre sí. En el camino de regreso fueron comentando lo extraño de la actitud y los modales de aquel hombre. A Francisca también le resultaba familiar, pero no acertaba a decir de qué lo conocía.
—Los puños no estaban bien planchados —coment ó la guardiana de la casa—. Yo jamás habría permitido que el señor Martínez atendiera a su señor padre en esas condiciones.
Atravesaron la casapuerta y Emilia se quedó pensando en la breve conversación que habían mantenido con el mayordomo. «Mi se ñor es muy discreto», se repetía.
¿Quién diantres sería su señor?
* **
El día se le antojaba largo y tedioso, as í que Emilia decidió que lo pasaría en el cortijo, paseando por el campo.
Pidió a Pascual que le ensillara un caballo y se marchó montada a horcajadas sobre el animal sin importarle que alguien la viera por el camino.
Su abuelo fue muy brioso hasta que un día la muerte se lo llevó sin previo aviso y no solo la había enseñado a cabalgar como los hombres cuando era niña, sino que jam ás le impuso que lo hiciera a lo amazona, si bien sus paseos se habían limitado al perímetro de su finca y nunca más allá.
Pero ella ya era una mujer adulta que no tenía que rendir cuentas a nadie.
El aire en el rostro le vino bien y se sintió libre.
Casi le dieron ganas de espolear al animal para desplazarse tan rápido como el misterioso jinete que había visto desde su balcó n, pero se contuvo.
En cuanto traspasó el muro de entrada a la propiedad familiar y recorrió el camino sembrado de eucaliptos, se percató de la presencia de una berlina a cuyos dueños conocía muy bien.
Chasqueó la lengua. Dejó la cabalgadura en uno de los anillos de amarre de la pared de la casa y se tomó un rato para pasear entre las vides.
En pleno mes de mayo, en las cepas ya se distinguían los j óvenes racimos con las diminutas uvas, poco más grandes que guisantes y de un color verde intenso.
Emilia los acarició con las yemas de los dedos y le parecieron bebés aferrándose a la vida.
Luego tocó las hojas de la planta —grandes y dentadas en los bordes— y sintió su textura suave y cerosa.
Había leído que los turcos y los griegos las usaban para envolver alimentos y se preguntó a qu é sabrían.
Ella nunca las había probado. Unas palabras pronunciadas con una voz masculina atrayente y embriagadora le vinieron a la mente: «Esto es el escobajo.
Hacia principios del mes de septiembre se vuelve oscuro y la uva se rinde.
Eso nos indica que es el momento de vendimiar».
Llevaba años esforzándose por aprender todo lo posible sobre el cuidado y la recogida de las uvas, poniendo atención y preguntando a sus trabajadores e incluso a otros grandes vinateros.
Así, la Emilia de ahora sabía que todav ía quedaban algunas labores por hacer en la tierra hasta que los frutos madurasen y se volviesen blandos y dulces, como «castrar y recastrar».
Y aunque no se veía capaz de llevarlas a cabo ella misma, sí se sabía capacitada para explicárselas a otra persona.
«Apuesto a que no sabes vendimiar. ¿No te da vergüenza? Con tantas aranzadas de viñ as como tienes…».
Cuando se cansó de pasear a solas y el peso de los recuerdos se le hizo insoportable, Emilia entró en la casa de campo y enseguida le llegaron las voces agudas de las niñas.
Doña Gertrudis, alias la Condesita, estaba sentada en una de las sillas de roble del comedor y se abanicaba con parsimonia mientras las chiquillas, de pie, conversaban en francés con la institutriz.
Clarita, de apenas tres años, salió corriendo hacia ella en cuanto la vio.
Llevaba una muñeca de porcelana en los brazos, pero se las apañó para abrazarle las rodillas.
—¡Tí a Emilia! —gritó de alegría.