Tierra de vino y sal 44 #3
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¿Cómo estáis todos por Cádiz? Espero que bien.

Me imagino que ya hará calor por allí. ¡Echo tanto de menos el sol radiante de aquellas latitudes!

Aquí parece que el astro rey está siempre cubierto por un velo tupido que no deja pasar sus rayos.

Llueve mucho y hace frío, pero no me quejo.

El paisaje está precioso, los montes reverdecidos y el río Lea baja muy caudaloso de la montaña.

Aunque no se parecen, a veces me recuerda al Liro.

Andrés está muy contento en su nuevo puesto en los astilleros y yo más aún.

¡Está aprendiendo mucho! Por otra parte, tengo una buena nueva: estoy encinta otra vez.

Bernardito dice que será otro niño, mientras que Martita quiere que sea otra niña para que juegue con ella a las muñecas. Yo solo quiero que nazca sano y fuerte.

Emilia, ya sé que esta no era la vida que mis padres habían imaginado para mí, pero ¿me creerías si te digo que soy feliz? Mi alegría solo se enturbia cuando me acuerdo de ti, pero es porque te echo terriblemente de menos, mi adorada prima. Ojalá pudieras venir a verme algún día.

Hace mucho que no me escribes. ¿Hay algún cotilleo?

¿Sigue la Condesita tan insoportable como de costumbre?

¿Cómo van las cosas por la finca? ¿Has vuelto a publicar algún artículo o todavía siguen vetándote?

Ya sabes que presumo de tener una prima escritora siempre que puedo.

Por cierto, muchas gracias por las telas que me enviaste la última vez.

Le cosí a Martita un vestido de lo más primoroso.

Por favor, saluda de mi parte a Juliana, si la ves, y a Paca, al señor Martínez y a Pascual. A mis padres y a mi hermana ya les he escrito y enviaré sus cartas al mismo tiempo que la tuya.

Tu prima que te quiere mucho,

Marga Galván Espinosa.

La mirada de Emilia se enturbió. Siempre se emocionaba cuando leía una carta de su prima. Saberla tan lejos le rompía el corazón. ¿Habría sido ella igual de feliz si hubiera huido con Álvaro? Ya nunca lo sabría porque su oportunidad había pasado.

Alzó la vista del papel y se recreó en el cuadro del abuelo Bernardo que colgaba frente a ella.

En el rostro ligeramente ladeado, en el bigote rubio salpicado de canas disimulando su sonrisa perenne y, por último, en sus ojos grises.

Esos ojos de tormenta que tanto ella como Enrique habían heredado.

Y, despué s, contempló el escudo de la familia, en un cuadro más pequeño a la derecha del gran patriarca.

Sobre campo de oro, brillaba el espino de sinople frutado de gules.

Prestó atención al detalle que solía pasar desapercibido para todo el que lo contemplaba: dos llaves de azur colgando de sus ramas.

Su padre le había dicho que esas llaves simbolizaban la capacidad de acceder a lugares importantes, pero a ella le parecía que esos dos pequeños objetos eran Enrique y ella, destinados a soportar el peso del apellido sobre sus hombros y condenados a entenderse, lo quisieran o no.

Sacudió la cabeza, abandonó la estancia y subió a la primera planta arrastrando los pies.

Le dolía la cabeza y el paseo hasta Cádiz le había revuelto el estómago.

Pensar que su padre había fallecido al volcar su carruaje por culpa del mal estado de los caminos todavía la ponía furiosa.

¿ Por qué los gobernantes no hacían nada por arreglarlos?

¿Por qué preferían emplear el dinero en cuestiones, a su juicio, menos importantes?

Si ella hubiera nacido hombre, habría hecho grandes cosas por el pueblo, pero tenía que conformarse con escribir.

Giró la manija de la puerta y el aire frío y h úmedo le dio la bienvenida.

Todavía usaba la habitación que había compartido con su hermana, pero ahora, en lugar de dos camas, una más grande con dosel ocupaba el centro de la estancia y solo la muñeca de porcelana de tirabuzones rubios de Juliana le hacía compañía.

Abrió la puerta del balcón y se asom ó al exterior.

Las aguas del río Liro discurrían con mansedumbre y no pudo evitar acordarse de la última riada, devastadora para algunos vecinos, pero no para ella, que vivía en la cota más elevada de la calle.

Así habían sido los últimos tiempos, se dijo, destructivos para muchos, pero no para todos, porque una década, que era tan solo un suspiro para los j óvenes, podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte para los mayores.

Ya no estaba su padre; pero tampoco el bueno del párroco, don Sixto Quintero, ni su amiga doña Rosalía.

Al religioso se lo había llevado la epidemia de cólera morbo del verano de 1884, que no llegó a Chiclana, pero que le contagiaron en Puerto Real, donde falleció.

A la ancianita, en cambio, la edad le habí a ganado la última batalla.

«Las aguas… Las aguas, como el tiempo, no cesan. Solo fluyen y fluyen hasta morir en el mar», se dijo.

Las que ella contemplaba en esos momentos pronto pasarían frente al palacete del nuevo inquilino, en el número 18 y deseó mandarle un mensaje en una botella para preguntarle: «¿Quién eres?».

15 . El alumbrado eléctrico no se implantaría en Chiclana hasta 1898, con el alcalde don José María Quecuty.