Tierra de vino y sal 44 #2
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Se percató de que las puertas de caoba del gran salón estaban abiertas de par en par y traspasó el umbral.

Lo normal era que la estancia estuviera cerrada con llave, puesto que hacía demasiado tiempo que no se celebraban ni fiestas, ni bailes ni recepciones en la casa de los Espinosa, y a Emilia le provocaba una gran tristeza entrar allí.

Y, sin embargo, alguien había decidido que era hora de limpiar el polvo.

Los lujosos muebles cubiertos con sábanas la recibieron como fantasmas del pasado y le pareció oír una triste melodía.

Distinguió la silueta del piano, la de varios tresillos, los enormes espejos ornamentados en los que ya no se reflejaba ningún invitado…

y sintió una profunda nostalgia. Contemplaba la lámpara de araña sobre su cabeza cuando oyó trasiego en la cocina y fue hacia donde se dirigió.

El ama de llaves supervisaba el almuerzo.

—Si no nos queda carne, haz el puchero sin carne, Honoria.

—Pero doñ a Francisca, ¿dónde se ha visto un puchero sin carne de pollo ni tocino para la pringá ? ¡Eso ni es puchero ni es na !

—Qué más da, mujer. Si a la señorita solo le gusta el caldo.

Emilia las interrumpi ó.

—Paca, ¿sabes quién se ha mudado al palacete de los Aguilar-Falcó? —soltó a bocajarro.

La mujer meditó unos segundos antes de responder:

—No, niña, pero debe de ser alguien muy importante, por eso he pensado que sería conveniente limpiar la casa a fondo. Si le parece, me gustaría contratar a algunas empleadas eventuales.

A pesar de que la situaci ón económica de la familia no era boyante en los últimos tiempos, Emilia accedió.

—Encárgate de buscar a las muchachas —ordenó después.

Se acercó a oler el guiso y fingiendo un gran interés en el caldo, insisti ó:

—Entonces, ¿no sabes quién es?

El ama de llaves negó por segunda vez. Emilia ya se marchaba cuando Araceli, la criada que sustituía a Purita desde que esta dejara el trabajo para cuidar a sus cinco hijos, comentó:

—Espere, señorita, yo he oído algo en el mercado…

—¿Qué has o ído? —preguntó demasiado rápido—. No es que me importe, es solo curiosidad… —añadió con simulado desinterés.

La muchacha se limpió en el delantal las manos con las que había estado cortando un puerro y se acercó a su ama en actitud confidente.

—Bueno… dicen que es un capit án español recién llegado de las colonias —reveló con timidez.

—¿De las colonias? —se sorprendió Emilia.

—Sí, de Cuba —dijo en susurros, como si alguien pudiera oírla—. Dicen que se fue allí cuando el levantamiento del 79 y que acaba de volver a la madre patria.

Emilia asintió, boquiabierta. Sabía por el periódico que en 1879 —y después de firmar la Paz de Zanjón— se produjo una rebelión iniciada por el general cubano Belisario Grave de Peralta, que había puesto de manifiesto que el asunto de Cuba no estaba ni mucho menos solucionado y, todavía má s, que tenía para largo.

Desde entonces no dejaban de llegar noticias de ultramar que afirmaban que la colonia se había convertido en la tumba de los soldados españoles.

Y no solo por la lucha en el campo de batalla, sino también por las enfermedades, puesto que hasta el entorno natural parecía querer expulsar a los colonos.

A Emilia se le puso el vello de punta. ¿Quién sería ese hombre venido de la Muerte? Y lo más inquietante, ¿cómo se había hecho tan rico?

—¿Y el sueldo de un capitán da para tanto? —se preguntó a sí misma en voz alta.

—No sé, señorita. Al parecer, heredó una fortuna —sigui ó la criada—. Los empleados que ha contratado en Chiclana dicen que es muy generoso, que les da propinas por cada cosa que hacen y que los trata como a iguales.

—¡Como a iguales! ¡Qué exagerados son algunos! —se quejó Francisca mientras observaba la alacena y anotaba lo que faltaba en un cuadernillo—. El hecho de que les dé propinas ya demuestra que su señor es superior.

El corazón de Emilia volvía a latir a toda prisa.

Una idea descabellada se le habí a pasado por la mente, pero debía de estar equivocada.

¿Y si…? ¿Y si el padre del que había sido su primer y único amor lo había reconocido como hijo después de todo?

Según él mismo le hab ía contado, su progenitor era un ricachón que dejó embarazada a su madre.

—¿S-sabes el nombre del caballero? —preguntó con un ligero temblor en la voz.

—No, señorita. Alguien lo mencionó… pero no lo recuerdo.

—Haz memoria, mujer —le pidió casi con desesperación.

Honoria y Francisca observaron a Emilia con suspicacia, conscientes de que algo se traía su ama con el nuevo vecino.

—No se preocupe, ni ña, que pronto lo averiguaremos —la tranquilizó la guardiana de la casa—. Va a ser un nuevo vecino de la calle y tendrá usted que hacerle la visita de rigor, ¿no cree?

Claro. La visita de rigor. Una visita que luego él le tendría que devolver.

Emilia tembló y negó con la cabeza. ¿Serí a posible que…? No, no podía ser él. Álvaro había dejado de existir para ella hacía mucho. Demasiado.

***

Después del almuerzo, Emilia se perdió en la biblioteca, donde solía pasar largas horas.

Francisca le hab ía dejado la correspondencia sobre el escritorio, y la dama se dedicó a repasar los sobres uno a uno.

Deudas, deudas y más deudas. Cartas del banco.

Acreedores. Asuntos, en definitiva, de los que debería encargarse el administrador, o bien su primo, pero de los que a ella le gustaba informarse por ser la principal interesada.

De repente, entre todas las misivas aburridas, vio una que le llamó la atención.

Venía de Lequeitio, en el País Vasco. Tomó el abrecartas de la escribaní a de plata y lo abrió.

En cuanto desdobló la hoja de papel, reconoció la letra grande y atropellada de su prima Marga.

Querida Emilia: