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Emilia, otra vez con el ceño fruncido, abandonó la oficina de redacción de El Diario de Cádiz , en la calle Ceballos.
Otra vez se negaban a publicar uno de sus artículos y se preguntó por qué.
¿Qué tenían los textos de doña Patrocinio de Biedma que no tuvieran los suyos?
O, mejor dicho, ¿qué tenían sus textos para que no quisieran divulgarlos?
¿Acaso la jienense no criticaba la sociedad con igual dureza y contundencia que ella?
¿Acaso no defendí a el papel activo de las mujeres más allá del cuidado del hogar?
Se preguntó entonces si el éxito de doña Patrocinio tendría algo que ver con el hecho de que estuviera casada con don José Rodríguez y Rodríguez, el propietario del periódico La Crónica , pero en el fondo sabía que no.
La relación de la autora con aquel señor habí a sido la consecuencia de su éxito y no la causa.
Se merecía el reconocimiento y la fama que ostentaba; no solo por su dilatada experiencia publicando sus novelas por entregas en la La Moda Elegante Ilustrada , sino por su labor como académica e incluso como directiva de la Sociedad Protectora de los Niños.
En Cádiz, la gente la adoraba y hasta le habían cantado coplas en Carnaval.
A Emilia, sin embargo, desde que publicó su novela, La familia Estrada, ningú n periódico importante había querido comprarle artículo alguno.
Y eso que la novela se había vendido bastante bien.
La primera tirada, de mil libros, desapareció de las librerías en muy poco tiempo y, a pesar de ello, el editor se negó a hacer una segunda.
Lo peor de todo era que ni siquiera había recibido crí ticas, ni buenas ni malas, y eso la desesperaba aún más.
Había tratado de sonsacarle información a más de una señora en las pocas reuniones a las que la invitaban, pero las mujeres que leían novelas —o que se atrevían a confesar que lo hací an, en lugar de bordar o ver figurines— jamás le habían mencionado el relato de esa familia que se apellidaba Estrada, pero que, en el fondo, tanto tenía que ver con los Espinosa.
Tan solo las cuatro damas asiduas a su tertulia la habían leído, y porque ella les había dejado leer su manuscrito en primicia.
Mientras caminaba de vuelta al carruaje donde la esperaba Pascual, pensó que no le quedaba más remedio que volver a publicar en El Liro , ese pequeñ o diario chiclanero que no tenía ni tanta repercusión como los de la capital gaditana, ni mucho menos tanto alcance como la revista de moda, que, desde Madrid, llegaba a todos los puntos de España y de sus colonias.
¿Por qué? ¿Por qué la vetaban en todas partes?
El hecho de que fuera mujer cada día importaba menos a los editores, y, además, ella firmaba con el pseudónimo masculino de Herná n Ferrero.
¿Y si el ostracismo al que la habían sometido no se debía tanto al contenido de sus textos sino, más bien, a que nadie quería que lo relacionaran con ella, con una paria social?
A fin de cuentas, era una mujer soltera que, a sus casi treinta años, continuaba sin perspectivas de matrimonio y, no solo eso, también pertenecía a una familia caída en desgracia.
Porque en la última d écada las penurias habían azotado fuerte a los Espinosa.
Primero, la sospechada infertilidad de Juliana se volvió cierta cuando pasaron los años y su hermana no quedó encinta.
Era posible que a don Marcos nunca le hubiera interesado el asunto de la descendencia, pero sí a las viejas chismosas de la alta sociedad gaditana, que disfrutaban despellejando a la gente y que habían corrido el falso rumor de que las dos hermanas estaban enfermas.
En segundo lugar, el repentino fallecimiento de don Bernardo al volcar su carruaje en los caminos había provocado la renuncia del administrador y la caída en picado de los beneficios del negocio familiar, que ahora apenas alcanzaban para mantener el palacete y pagar el sueldo de unas pocas empleadas.
Y, por último, el toque de gracia definitivo para hundirlos en el lodo lo hab ía protagonizado su prima Marga, al ser más valiente que ella y fugarse con un aprendiz de herrero una noche de verano.
Fue una vergüenza para la familia, sobre todo cuando, un par de meses después, se descubrió que la joven estaba embarazada.
La pareja tuvo que casarse en la más completa intimidad y la tía Augusta les dio una buena suma de dinero para que se fueran a vivir al norte de España.
Al resto del mundo le habí an mentido, por descontado, diciendo que Marga llevaba un tiempo comprometida con un militar y que lo habían destinado a la otra punta del país.
No obstante, la duda y la mancha seguían ahí.
Y todas las que siempre habían envidiado a Emilia, ahora no solo disfrutaban propagando el rumor de que era infértil, sino también tan casquivana como su prima desaparecida.
En síntesis, la cadena de acontecimientos catastróficos habí a propiciado que, en dos lustros, la bella, inteligente y adinerada señorita Espinosa —la que se creía que se iba a comer el mundo de un solo bocado— únicamente hubiera recibido una propuesta de matrimonio, o, mejor dicho, una casi propuesta de matrimonio, puesto que, después de cortejarla durante una larga temporada, el acaudalado caballero mejicano, don Ramiro Aguirre, se había marchado a su país sin que nadie supiera el motivo de su desplante, ni siquiera la interesada.
Emilia subió al carruaje y le ordenó a Pascual que la llevara a casa.
Se dejó caer en el asiento y corrió la cortinilla.
Desde la muerte de su padre, cinco años atrás, había sustituido la carretela de cuatro asientos y cuatro caballos por un cupé completamente cerrado con dos asientos y dos caballos.
Al fin y al cabo, solía desplazarse sola a todas partes, o, a lo sumo, con Francisca.
Las habladurías eran tantas, que poco le importaba ya lo que dijeran de ella por no llevar a una carabina pisándole los talones; y Emilia hacía, básicamente, lo que le ven ía en gana.
Cerró los ojos y dejó que el sonido del traqueteo de las ruedas sobre el camino la adormeciera.
Ese día ni se había paseado por la calle Ancha para hacer las compras que solía, ni había visitado a sus tías —que procuraban salir poco de la casa—, ni había dado de comer a las palomas en la plaza Mina.
No se sentía con ánimos. En esos momentos, su alma estaba tan negra como el luto que vestía y que debería haberse quitado al año de fallecer don Bernardo.
Las tonalidades oscuras y los vestidos sobrios se habían vuelto tan habituales en su armario que en más de una ocasión la habían confundido con el ama de llaves, pero a ella, que había perdido toda esperanza de casarse, su aspecto le importaba menos que nunca.
Tras abandonar San Fernando, cruzaron el puente Duque de la Victoria y Emilia descorrió un poco la cortina. Divisó la casa salinera de Rubial Chico a la izquierda del camino y enseguida se sintió en su hogar.
En los últimos años, la población de Chiclana había aumentado hasta superar los doce mil cuatrocientos habitantes y la Alameda se había hermoseado con nuevos árboles y parterres.
Sin embargo, todavía quedaban calles por empedrar y ni se habí a construido la esperada línea de ferrocarril, ni había llegado la luz eléctrica que ya tenían otras ciudades como Madrid o Barcelona.
Por el contrario, los chiclaneros se conformaban con las nuevas farolas de aceite de cachalote que el Cabildo había tenido a bien adquirir. 15
El cupé enfilaba ya la calle Ribera del Río cuando Emilia captó un movimiento inusual en la casa palacio de los Aguilar-Falcó , vacía desde hacía varias primaveras.
Pascual disminuyó la velocidad de los caballos y ella distinguió un par de carruajes apostados frente a la puerta de entrada, además de algunos sirvientes que cargaban con baúles, maletas y objetos de decoración.
De una espléndida berlina, lujosa como no había visto otra en los últimos tiempos, se apeó un caballero con un traje de chaqueta de tweed marrón con cinturón y una gorra del mismo tejido.
Lo vio de espaldas, entrando en la vivienda, y sintió una súbita inquietud.
Los hombros anchos. Esa forma de andar tan viril.
Todo en él le resultó poderosamente familiar.
Sin ningún pudor, Emilia peg ó el rostro a la ventanilla, pero no logró ver nada más.
Quiso preguntarle a Pascual, pero sabía que, desde el pescante, el hombre no la oiría, y menos desde que empezaba a acusar una considerable sordera.
Llegó a casa y buscó al mayordomo, pero enseguida se acordó de que hací a tan solo unos días el señor Martínez se había jubilado y se había marchado a vivir su vejez junto a su hija y su yerno a Algeciras.
Además, el hombre nunca había sido muy dado a los chismes.
La guardiana de la casa fue su siguiente opción.
—¡Paca! ¡Paca! —la llamó. Pero la mujer no aparecía por ninguna parte.
Emilia se impacientó. ¿Acaso había estado tan inmersa en sus escritos que no se había dado cuenta de que tenían un nuevo vecino? No le extrañaría nada, pues ú ltimamente vivía más dentro de su mente que en el mundo real.