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La misma tarde del día de la boda, Juliana se trasladó a El Puerto de Santa María, donde residiría en adelante con su marido, y Emilia se sintió aún má s sola y perdida sin su hermana.
El palacete de Chiclana se le antojaba demasiado grande; su habitación demasiado fría; su alma demasiado frágil, como si fuera una taza de porcelana a punto de romperse en mil pedazos.
«Álvaro, ¿dónde estás?», se repetía.
¿Cómo hab ía podido convertirse ese joven en alguien tan importante en su vida en tan poco tiempo? «Porque así es el amor», se contestaba.
Flaqueó varias veces más e intentó dar con él.
Se las apañó para preguntarle al padre Quintero, para ir a ver en persona a doñ a Rosalía, e incluso trató de sonsacar a Manuela, la tía del muchacho, una tarde que esta acudió al palacete a ayudar con el lavado y planchado de los uniformes de la servidumbre.
Sin embargo, nadie sabía dónde se había ido, o quizás él les hab ía prohibido que la pusieran al tanto de su paradero.
Solo logró averiguar que recibió tal cantidad de latigazos que rozó la muerte.
Emilia lloró por él muchas noches en el silencio de su habitación.
«¿Por qué no me lo contaste? ¿Por qué ?».
Cuando escribía a su madrina, esta le aconsejaba que fuera fuerte, que tuviera paciencia, que era joven y que su futuro esposo aparecería cuando menos lo esperara.
Pero ella se sentía asqueada con respecto al sexo contrario.
Una tarde, en el paseo de las Delicias, 14 en Cádiz, ya no pudo más y le contó su historia de amor secreto a Marga.
Su prima, en un primer momento se enfadó porque no confió en ella, pero luego se compadeció de su tormento y le prometió averiguar algo sobre el muchacho que había conquistado su corazón.
Semanas después de aquel encuentro, Marga le escribió para decirle que había oído una conversación entre su madre y la t ía Augusta en la que nombraban a ese «vendimiador del demonio», del que se habían deshecho con facilidad gracias a una oportuna intervención.
Emilia lloró de nuevo al tiempo que analizaba cada palabra sin comprender a qué se referían.
Lloró hasta que no le quedaron lágrimas que derramar, y entonces, se jur ó a sí misma que no volvería a hacerlo.
Se olvidaría de Álvaro, y mientras su príncipe de cuento llegaba, se dedicaría a su pasión; a lo que más amaba hacer cuando nadie le impon ía cualquier otra cosa: escribir.
Trabajar en su novela se convirtió en una obsesión, y no paró hasta terminarla. Si la sociedad la asqueaba, la criticaría. Si no se sentía libre en el mundo que le había tocado vivir, lo sería en el papel. Si no podía tener el amor que anhelaba, escribiría sobre él.
Una mañana de invierno, fue a pasear con su padre a la capital y se detuvieron frente a la playa de La Caleta.
El resplandor dorado de la arena la cegó por unos instantes, pero no abrió su sombrilla.
De alguna manera, deseaba sentirse viva: notar la caricia del sol sobre la piel, la brisa sobre el rostro, el olor a salitre.
Contemplar el océano, vasto e infinito, la reconfortó.
Las olas todo lo perdonaban, todo lo olvidaban.
Borraban las huellas y volvían a empezar. Una y otra, y otra vez.
En el silencio compartido, Emilia evocó a ese poeta sevillano llamado Bé cquer que le caía tan mal a su padre por estar en contra de los Borbones, y, como él, deseó que las olas se la llevaran envuelta en una sábana de espuma para arrancarle la memoria.
«Adiós para siempre, Álvaro».
14 . Actual parque Genovés.