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Por motivos de salud de la novia, la boda de Juliana y don Marcos no se pudo celebrar hasta dos meses después de la fiesta de compromiso.
Dos meses que Emilia se había pasado llorando y escribiendo; escribiendo y llorando y, a veces, las dos cosas a la vez, pero siempre cuidándose de que nadie la viera.
De madrugada, bajo las sábanas. En el invernadero, cuando los demás dormían la siesta.
O en el cerro de Santa Ana, con Chiclana a sus pies.
Durante esos dos meses se había preguntado hasta la saciedad si había tomado la decisión correcta y su respuesta siempre era la misma.
«No. Has tomado la decisión má s fácil».
Porque lo sencillo fue dejarse llevar y hacer, simplemente, lo que se esperaba de ella.
«Qué bien te vino el consejo de tu madrina, ¿verdad?
Cobarde, cobarde, cobarde», se laceraba.
Desesperada, más de una noche había acudido a la verja del jardí n esperando encontrarse con Álvaro y lo único que se llevó fue un buen resfriado que la mantuvo en cama durante una semana.
Tampoco lo había vuelto a ver en la finca de su padre, de donde sin duda lo habían despedido.
E incluso en una ocasión que envió a Purita a casa de doña Rosalía con el pretexto de obsequiarle pan blanco, la mujer le habí a contado a la criada que Álvaro ya no vivía en Chiclana.
¿Se habría marchado a Mijas? ¿Volvería a verlo alguna vez? La idea de olvidar su rostro la horrorizaba. Ella ni siquiera tenía una foto suya. «Vosotros podéis pagar el precio de la inmortalidad… Nosotros desaparecemos cuando morimos», le habí a dicho él.
«No quiero que desaparezcas», se repetía mientras escuchaba al sacerdote el día de la temida y esperada boda, pero trató de dejar la mente en blanco para disfrutar de la ceremonia.
La misa se estaba celebrando en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, en pleno centro de Cádiz, tal y como doña Augusta había dispuesto.
A sus veintid ós años, la novia lucía esplendorosa, con el cabello rubio recogido bajo la mantilla de encaje de color crudo y un vestido de seda que resaltaba su inocencia y pureza.
Don Marcos, en cambio, parecía su abuelo.
Las primeras bancas las ocupaban los familiares más allegados y detrás estaban Isabelita y la institutriz. La niña, todo lazos y tirabuzones, no paraba de moverse, y la dama francesa le regañaba a cada rato para que se estuviera quieta.
— Silence! —le decí a en voz baja y en francés.
Los asientos posteriores eran para los amigos y los conocidos, que lucían sus mejores galas y sus sonrisas impostadas.
Entre ellos había algunos invitados de última hora, como los condeses de Villagrana, al parecer, cercanos a doña Augusta.
O como la solterona Dolores Rivas, una mujer de casi cincuenta años que nunca se había casado y que se dedicaba a ayudar a su hermana pequeña —que sí hizo una buena boda— con el cuidado de sus sobrinos.
Emilia, que mir ó hacia atrás de soslayo, no pudo evitar compararse con ella.
¿Se quedaría para vestir santos, como decía su tía?
¿Sería ella quien cuidaría a los hijos de Juliana y don Marcos, si es que los tenían?
«No. Acudir é a más fiestas y en una de ellas conoceré a un caballero que me hará olvidar a Álvaro. Me casaré, seré feliz y pariré muchos hijos», trataba de engañarse a s í misma a la par que le rezaba en silencio a la Virgen del Rosario.
El que no parecía olvidarla, a juzgar por las miradas furtivas que le lanzaba, era su primo.
Y cada vez que lo hacía, Marga le propinaba un puntapié y le soltaba una risita socarrona.
«¿Y si le diera una oportunidad a Enrique?
», sopesó Emilia en secreto. «Tú ya lo quieres, ya tienes la mitad del camino recorrido», le hab ía dicho su prima.
Y era cierto. Lo quería, se llevaba bien con él…
pero entonces recordaba el beso que se habían dado en el invernadero, lo comparaba con los de Álvaro y se le caía el alma a los pies.
La ceremonia terminó y los recién casados abandonaron la iglesia a paso lento.
Juliana trataba de disimular su cojera, pero la gente murmuraba sin piedad.
Ese mes de diciembre estaba siendo especialmente frío y le dolían los huesos.
Las damas se arrebujaron en sus chales de cachemira y los caballeros se ci ñeron sus capas sobre las chaquetas.
El viento de poniente hizo volar alguna que otra chistera que los niños callejeros se ocuparon de robar.
Olía a algas y a sal. El Atlántico estaba demasiado cerca como para que no se notara su presencia.
El ágape se celebró en el palacete de doña Augusta y fue algo muy sencillo en comparación con la fastuosa fiesta de compromiso.
Se sirvió caldo de puchero de primero, y de segundo, borrajas rebozadas en gachuelas con miel de caña y cabrito en salsa de naranja agria.
De postre hubo natillas con leche de almendra, pesti ños y alfajores navideños.
Decían que de una boda siempre salía otra boda, y en aquella ocasión, el refrán se cumplió a rajatabla.
Antes de dar el convite por terminado, doña Augusta pidió la palabra y, junto a su hijo, anunció su compromiso para sorpresa de los presentes.
Todos, incluida Emilia, pensaron en un primer momento que la futura novia sería la señorita Eugenia Tejada, que había estado conferenciando con él en voz baja durante toda la comida.
Y, sin embargo, doña Augusta llamó a su lado a la señorita Gertrudis Núñez y Gil, apodada «la Condesita» por ser hija de los condeses de Villagrana.
La muchacha, de apenas diecisiete años, la edad de Marga, se acercó a ellos agitando en el aire sus bucles dorados y se colocó entre su futura suegra y su futuro marido, a quienes lanzó una tímida mirada con sus grandes ojos de color miel.
Sus pestañas se batieron como abanicos y, pese a eso, Enrique solo prestaba atención a Emilia, como si aguardara para ver sus reacciones; pero la muchacha se cuidó de no mostrar sus sentimientos.
La que s í se marchó con el rostro anegado por el llanto fue Geni, a la que siguieron sus padres en una actitud que, más que ofensa, destilaba enfado.
Emilia entendió entonces por qué la tía Augusta había invitado a última hora a los condes: porque ya había apalabrado con ellos el enlace y deseaba anunciarlo en la boda. Nada se escapaba de su control. La viuda siempre lo tenía todo bien hilado.
Una inquietud repentina se apoderó de Emilia: otra puerta acababa de cerrarse para ella.