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Álvaro caminó sin rumbo durante demasiado rato.
El roce de la camisa sobre la espalda lo torturaba, pero no era nada comparado al dolor del alma.
Se apoyaba en las paredes y, de tanto en tanto, tenía que parar y tomar aire.
Dado su estado, todavía deb ía guardar cama y, sin embargo, ahí estaba él, deambulando por las calles oscuras de Chiclana como un fantasma que no hallaba consuelo.
Sin darse cuenta, sus pies lo llevaron hasta la taberna del Pirata, un lugar de mala muerte al que nunca se le hubiera ocurrido llevar a Emilia; el lugar favorito de los borrachos y los desesperados, lo que a menudo era lo mismo.
—¡Eh, tú! —le gritó al chico que trabajaba sirviendo mesas—. ¡Una botella de vino!
—De acuerdo, amigo, pero el dinero por delante —exigió el zagal, acostumbrado a que los clientes ebrios fueran incapaces de pagar después.
Álvaro, que llevaba todos sus ahorros encima, se sacó el dinero del bolsillo y le pagó la primera botella de la noche.
Se dirigió a una mesa de aspecto destartalado y se desplomó en uno de los taburetes.
El ambiente estaba cargado. Apestaba a alcohol, a cera de las velas y a sudor.
Aunque no era una casa de citas, una mujer de la mala vida se paseaba por entre las mesas enseñando sus carnes como quien muestra el género en la plaza de abastos. Enseguida se acercó a Álvaro.
—Pareces triste, muchacho —le susurró en el o ído al tiempo que le masajeaba los hombros provocándole un gran dolor—. ¿Mal de amores?
—Sí —respondió él, apartándole las manos con delicadeza—. Pero le agradecería que se marchase, señora.
La mujer soltó una carcajada.
—¿Señ ora? Debes de ser el primero que me llama así, querido. Solo soy una puta —reconoció la mujer con repentina aflicción. Se sentó frente a él, apoyó los codos en la mesa y continuó—: Si solo quieres hablar, me puedo sentar a escucharte siempre que compartas conmigo tu botella de vino.
El camarero se acercó con la bebida y un vaso. Álvaro señ aló a la mujer con la barbilla y le pidió otro. Poco después, los dos bebían y él ya se expresaba con voz achispada:
—¿Qué tienen todos esos lechuguinos que no tenga yo, eh? ¡¿Qué?!
La prostituta rio.
—Dinero —respondi ó, más sobria que él—. Y una posición social. Y títulos. Por lo demás, no creo que haya ninguno tan buen mozo como tú. —Le guiñó un ojo.
Álvaro sonrió con melancolí a y volvió a llevarse el vaso a la boca.
—Hipócritas. Son unas hipócritas. Todas. Todas esas señoritas tan bonitas y delicadas —siguió diciendo.
—¡Di que sí, zagal! —gritó otro borracho desde una mesa vecina, alzando su botella—. ¡Las mujeres son todas unas putas!
Álvaro alzó su vaso vac ío en respuesta.
—Te enamoran con esa sonrisa que se te mete aquí. —Se golpeó el pecho repetidamente—. Con esa voz de sirena, con esos ojos grises y luego… luego, ¿qué? ¡Te dan la patada!
—¡Hijas de puta! —volvió a gritar el otro borracho—. Aunque mi Josefa no tiene los ojos grises, sino negros, pero, ¡maldita calientaportañuelas!
La prostituta los mir ó a uno y a otro con una mezcla de lástima y chanza.
—Siempre ha sido una niña consentida, arrogante y malcriada; solo que yo no lo quise ver porque estaba ciego de amor —seguía el muchacho.
—¡Nos nublan el entendimiento, muchacho! —corroboró el otro—. Son unas brujas que conocen las malas artes.
Un rato después, la prostituta se había marchado, hastiada, y los dos hombres, juntos ahora en una misma mesa, cantaban a viva voz:
Si tú me dieras, niñ a preciosa,
cara de rosa, tu corazón
mil y mil veces te adoraría,
te pediría, sí, sí, en santa unión.
¡Ay, ay!, qué feliz momento.
¡Ay, ay!, no lo olvidar é.
Cuando las palabras empezaron a entremezclarse y las sílabas a cambiar de lugar, el dueño de la taberna —hombre grande y barbudo con un parche en el ojo derecho— se acercó a la mesa y se cruzó de brazos frente a los dos.
—Bueno, señores, es hora de irse a casa —les pidió.
—¿Qué? No, no, no… Sí rvanos otra botella, for… pa… por favor… —dijo Álvaro.
Su acompañante se desternilló de la risa y dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—Ya no hay más vino. —El semblante del tuerto no admitía réplicas—. Vamos a cerrar.
— Está bien. Está bien… —Álvaro alzó las manos en señal de paz.
Intentó ponerse de pie, pero cayó al suelo con estrépito.
Poco después sinti ó que dos pares de manos lo arrastraban bocabajo y lo sacaban del local.
El frío aire nocturno le golpeó la cara, pero había tanto alcohol en su sangre que no era capaz de incorporarse.
Colocaron un cuerpo cerca del suyo; uno que olía peor que él.
Las horas pasaron. El sol comenzó a despuntar por el horizonte y los pajarillos saludaron al nuevo día con sus cánticos. Á lvaro oyó la voz de su tío y de algunos conocidos. Entre varios hombres lo alzaron y se lo llevaron de allí. Sentía la camisa empapada en sangre.
* **
La brisa de la tarde hacía ondear las cortinas. Habría sido una tarde apacible, de no ser por el dolor físico y mental que laceraba a Á lvaro.
—Le han robado —dijo la voz de Manuela—. La cartera está vacía.
—Él se lo ha buscado —contestó Román.
Pasaron horas hasta que el muchacho pudo ponerse de pie y caminar hacia la cocina en busca de un vaso de agua. Y cuando lo hizo, se ganó una regañina por parte de su tía.
—Te daré mis ahorros y te marcharás de aquí —le propuso Román un rato después—. Vete a Málaga.
—No.
—¿Cómo que no? ¡No voy a permitir que acabes con tu vida! —se exasperó— . Si a ti no te importa, a nosotros sí; aunque solo sea por la memoria de mi hermana, que en paz descanse.
Manuela intervino, conciliadora.
—¿Qué ha pasado, hijo? La señorita Espinosa te ha dejado, ¿verdad?
Álvaro agachó la mirada, confirmándolo.
—Ha sido más sensata que tú —apunt ó Román—. Esa relación no iba a ninguna parte y los dos ibais a acabar mal. Aun sí, no es suficiente. Te harán la vida imposible hasta que te marches. Lo mejor que puedes hacer es coger mi dinero y poner pies en polvorosa.
Álvaro guardaba silencio, meditabundo.
—Sí, me iré, pero no tocaré sus ahorros —determinó al fin.
Manuela y Romá n se miraron confundidos.
—Me iré a la guerra —anunció. Y sus palabras cayeron como un obús en medio de la pequeña casa de los Alcázar.