Tierra de vino y sal 40
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Cuando Álvaro la contempló desde lejos, tan lujosamente arreglada, con aquel recogido de bucles castaños y ese vestido vaporoso del color de sus ojos, le pareció una diosa de mármol que acababa de bajar de su pedestal. Tan hermosa, tan distante como una estrella, tan imposible de alcanzar.

—Emilia… —susurró entre los barrotes.

Ella se alzó los bajos del vestido y dio una breve carrera hacia él.

Alguien había retirado el candado para que los invitados pudieran entrar y salir a su gusto y Emilia abrió la verja sin importarle que emitiera un chirrido quejumbroso que nadie oiría.

Salió a la calle y ocultos por el muro, Álvaro y ella se abrazaron.

Él no pudo evitar soltar un quejido cuando las manos de su novia le rozaron la espalda.

—Álvaro, ¿estás bien? —preguntó ella cuando se separaron.

Las luces de los farolillos se reflejaban en sus pupilas y en las horquillas con forma de abanicos de nácar que decoraban su intrincado moño de mechones retorcidos y trenzas.

Sus labios carnosos y rosados, fruncidos ahora por la preocupación, lo atraían como un imán hacia su boca.

Aunque parecía que había sudado, ahora la dama temblaba de frío y Álvaro deseó envolverla con sus brazos para darle su calor.

—No. No estoy bien —contestó.

Emilia arrugó el entrecejo intentando comprender, y él supo que no estaba al tanto del brutal castigo que le habían infligido.

—¿Qué te pasa?

—Ya lo saben, Emilia.

—¿Qué es lo que saben?

—Lo nuestro. Tu familia ya lo sabe. Y también mis tí os y ese cerdo de Juan Morales.

—¿Qué…? —El desconcierto se dibujó en el rostro de la joven, para luego dar paso al miedo—. No puede ser. Juliana me prometió que no diría nada. Ella sería… sería incapaz. Su reputación está en juego.

—No ha sido tu hermana; ha sido… otra persona.

—¿Qui én? Alguien me reconoció en la casa de comidas, ¿verdad? ¿O fue esa tal Candela?

—Eso no importa ahora; el caso es que ya lo saben, mi amor. —No pudo resistirse y le acarició la mejilla, fría y suave.

—No puede ser, Álvaro. —Había pánico en su voz—. Mi familia actú a con normalidad. Nadie me ha dicho nada. Si… si mi padre lo supiera, yo me habría dado cuenta…

—Tal vez tu padre no lo sepa, pero sí alguien de tu familia. Quizás alguna de tus tías.

Emilia agachó la mirada, pensativa, como si rememorase algún evento del pasado.

—Tenemos que irnos, amor mío —le dijo acercándose a ella y tocándole la mejilla con la punta de la nariz.

Se mor ía de ganas de besarla—. Prepara una maleta y vendré a buscarte antes del alba.

Sé que el padre Quintero nos casará y entonces podremos empezar una nueva vida en otra parte… En Málaga, o donde tú quieras.

Ella dio un paso atrás y se separaron.

—Álvaro, yo… No puedo irme a preparar una maleta. Estamos celebrando el compromiso de mi hermana.

—Sí, lo sé . Me lo ha dicho un empleado.

Él avanzó hacia ella y ella dio otro paso más hacia atrás. La espalda de la dama rozó la verja abierta de par en par y el chirrido los sobresaltó a ambos.

—No me puedo ir ahora. No puedo dejarla sola. Tengo que estar presente en su boda.

Álvaro recortó la distancia que los separaba. El simple roce de la camisa sobre las heridas abiertas le provocaba un dolor insoportable y tuvo que tragarse un quejido de angustia.

—No puedo quedarme en Chiclana, Emilia —la informó—. Si quieres, te esperaré en una ciudad cercana hasta que puedas acompañ arme. En San Fernando, en Puerto Real. No me importa cuánto tardes en reunirte conmigo, días o semanas. Te esperaré.

—No —dijo ella simplemente. Una palabra de dos letras que hizo que el mundo de Álvaro se viniera abajo.

* **

Emilia sabía que para romper su relación con Álvaro tení a que ser cruel. De lo contrario, el muchacho continuaría insistiendo, luchando por ella. Solo si pensaba que no lo amaba, podría olvidarla.

—¿No? —preguntó él, girando la cabeza para escrutarla; para leer en su alma la verdad que ella pretendía ocultar.

—No… Álvaro. Lo nuestro… lo nuestro se termina aquí.

Él negó con la cabeza. Apoyó una mano sobre el muro y a Emilia le pareció que se encorvaba sobre sí mismo, como si le ardiera el estómago.

—Pero si nos amamos, Emilia —dijo con un hálito de voz.

Emilia deseaba abrazarlo de nuevo, esconder el rostro en su pecho y cubrir de besos su barba incipiente, pero no hizo nada de eso.

—No, Álvaro. Yo no te amo. Lo siento, me…

me confundí. Me gustas, pero… pero me he dado cuenta de que solo has sido un entretenimiento; una manera de salir de esta prisión que me asfixia para sentirme libre por unos días.

Me divertí a tu lado, pero nada má s. —Echó los hombros hacia atrás y alzó la barbilla—.

¿Es que no me ves? Soy una señorita de la clase alta.

Jamás podría casarme con alguien como tú… No eres suficiente para mí.

Emilia temblaba por dentro. Ni ella misma creía que hubiera sido capaz de soltar aquella diatriba.

—Me estás mintiendo —dedujo él. Trató de agarrarla de la muñeca y ella apartó el brazo.

—No. Ahora más que nunca te estoy diciendo la verdad.

Me he dado cuenta de que jamás podr ía casarme con alguien como tú; no con la larga lista de pretendientes que me darían la vida que merezco.

—Hurgó en su pequeño bolso y le mostró el carné de baile lleno de nombres de empresarios, jóvenes herederos y toda clase de burgueses y nobles—.

¿Lo ves? Tengo donde elegir. Cualquiera de estos caballeros estaría dispuesto a pedir mi mano esta misma noche si me lo propongo.

Él sonri ó con sarcasmo.

—Y evidentemente, yo no soy un caballero.

Ella se mantuvo firme.

—No. No lo eres.

—Algo que nunca te ha importado… hasta ahora. ¿O ya no recuerdas que me dijiste que yo valía más para ti que todos los caballeros de España puestos en fila? Mira, Emilia, lo siento, pero no te creo. —Negó con la cabeza—. A mí no me engañas. Esto es cosa de tu tía, ¿a que sí?

Emilia se obligó a imprimir más dureza a su voz; a mostrar más seguridad en sí misma. ¿Cómo podría hacerlo sin dejar de tiritar? Se aferró a lo que sí era real para sonar convincente.

—Podría decirte que sí, que es un mandato de mi tía Augusta y que no me queda más remedio que obedecerla. Sin embargo, no te mentiré más. Soy yo la que ha decidido dejarte. No quiero abandonar mi mundo, ni siquiera por ti.

La dama volvió a alzar el rostro, desafiante. Él seguía negando con la cabeza, desesperado.

—Tú me amas. Lo sé, lo he sentido cuando te tenía entre mis brazos. El amor no se puede fingir, Emilia. ¡No mientas!

Ella se ruborizó por un instante fugaz. Imaginarse en brazos de Álvaro la hacía flaquear.

—Lo has confundido con deseo. —Lo miró a los ojos y trató de visualizar, en su lugar, al ser más aborrecible del mundo; a un duende leprecauno tan poco agraciado como el futuro marido de su hermana—. Solo fuiste un capricho de niña rica.

Él soltó una risa sarcástica que rozaba el llanto.

—Muy bien, tú no me amas —aceptó con ferocidad—. Tú , tú, tú. ¿Y qué hay de mi amor, Emilia? ¿Es que no importa lo que yo siento? ¿Yo no tengo nada que decir en esto?

Emilia había visto a Álvaro en muchas facetas desde que hab ían comenzado su relación.

Lo había visto desconcertado, divertido, interesado, tímido, atrevido, indignado, excitado, enamorado, celoso, complaciente, protector…

pero nunca enfadado. Al menos no con ella.

Al menos no de una manera tan dolorosa. Era la primera vez que su voz se llenaba de rabia, que notaba su cuerpo en tensión, que observaba chispas y llamas en sus ojos que no eran de deseo, sino de ira y decepción.

Y lo peor era que, bajo todas esas capas, aún podía sentir el amor que latía en su coraz ón.

—¿Con qué derecho me reclamas? No eres mi prometido; no somos nada .

—¿Que con qué derecho te reclamo? —La agarró del codo con cierta brusquedad, pero enseguida disminuyó la presión y siguió en susurros—.

Con el derecho que me dan todas las promesas que me hiciste con tus besos y abrazos, con el derecho que me da el amor que siento por ti.

¿Qué te… qu é se ha creído usted , señorita Espinosa?

El corazón no es uno de esos modernos aparatos automáticos que uno puede apagar con solo pulsar un botón.

¿Cómo le digo que deje de quererla de un día para otro?

D ígame cómo, ya que es usted tan frívola que puede hacerlo.

O lo despachaba ya, o no podría resistir el impulso de abrazarlo de nuevo, de besarle el hoyuelo de la barbilla y los labios, de darle la mano y salir huyendo con él.

—Señor Alcázar, no insista más o llamar é a los lacayos de mi padre. —Miró hacia la puerta de entrada al comedor y fingió ver al mayordomo—. ¡Señor Martínez, por favor! ¡Aquí hay un ladrón!

Álvaro solt ó otra carcajada sarcástica. Tan sarcástica como desdichada.

—¿Un ladrón? ¿Eso es lo que soy para ti?

«Sí. Alguien que me ha robado el corazón, la cordura y la sensatez. Alguien por quien sería capaz de dejarlo todo atrás», se reconoci ó a sí misma, pero se mantuvo firme.

—Sí… un pobre diablo que podría robarme las joyas mientras duermo para ir a venderlas después. Porque eso es lo que hacen los de tu clase, ¿no? —Sonrió. Sus labios temblaban, pero él no pareció notarlo—. Ya no lo quiero en mi vida, se ñor Alcázar. ¿Me he expresado con suficiente claridad?

Los ojos de él se cubrieron de una película acuosa y a Emilia le pareció un niño pequeño necesitado de amor. Él, por lo general tan varonil, tan fuerte y seguro de sí mismo, ahora parecía menos que un guiñapo.

—Se ha expresado usted perfectamente, escritora —dijo con entereza.

—Álvaro… —titubeó ella en el último momento.

—Adiós, señorita Espinosa —la cortó— . Disfrute de su fiesta. Descuide, que no la molestaré más.

Emilia se obligó a quedarse quieta y observó a Álvaro darse la vuelta con lentitud para desandar el camino que había recorrido.

En la distancia distinguió manchas de color escarlata en la parte trasera de su camisa y se escandalizó al imaginar que lo hubieran azotado por su culpa.

Cuando el muchacho giró la esquina y desapareci ó, se miró las manos, horrorizada.

Los guantes blancos de seda estaban teñidos de sangre, y se sintió identificada con su apellido más que nunca.

Era una «Espinosa»: un árbol de sinople cargado de espinas puntiagudas.

Pinchaba con las manos y con las palabras, y habí a acribillado a Álvaro; a su único y verdadero amor.

Las piernas le fallaron. Cayó al suelo sobre las capas de tela de su vestido y lloró.