Tierra de vino y sal 39
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Don Marcos, copa de champán en alto, dedicó a Juliana unas hermosas palabras que el público ovacionó con un breve aplauso de manos enguantadas.

Juliana, sin embargo, se limitó a esbozar esa sonrisa artificial que su hermana conocía tan bien; la misma que pon ía cada vez que se veía obligada a comerse un plato que no le gustaba.

El novio le regaló a la novia un anillo de diamantes, que ella correspondió con un reloj de bolsillo grabado con sus iniciales casi idéntico al que llevaba puesto.

Después, don Bernardo, como patriarca de los Espinosa, procedió a dar un discurso en el que manifestó lo orgulloso que se sentía de su hija mayor y dese ó a la pareja toda la felicidad que merecían.

Terminado el brindis, los músicos ocuparon sus posiciones frente al piano y tras los violines; se formaron parejas y se inició el baile con una danza tranquila: la pavana, la favorita de las personas mayores.

Los caballeros invitaron a bailar, en primer lugar, a las anfitrionas y damas más importantes, tal y como dictaban las normas sociales. Doña Augusta, Prestola e incluso una tía de don Marcos —una momia andante— fueron las primeras en deslizar los pies por las relucientes losas de mármol del salón.

A la pavana le sigui ó un minué y las mujeres de más edad tomaron entonces asiento para que los caballeros pudieran dirigirse a las más jóvenes.

Salieron las hermanas Espinosa, Marga y unas cuantas sobrinas y primas de don Marcos.

Emilia concedió el primer baile a su padre, que se mostraba muy alegre esa noche.

Al terrateniente le encantaba la música y, además, iba a emparentar con un marqués, ¿qu é más podía pedirle a la vida?

—Cada día te pareces más a tu madre —susurró a su hija cuando sus pasos de baile lo acercaron hasta ella.

—Gracias, padre. —Un nudo se le instaló en la garganta.

Pensar en su madre en esos momentos la descolocaba y se preguntaba si su progenitora estaría de acuerdo con las palabras de lady Elliot.

«Tal vez s í», se dijo, pues por algo habían sido tan buenas amigas.

Además, su madre tuvo claro desde el principio que quería casarse bien y criar a todos los vástagos que el señor quisiera enviarle.

El minué terminó y, antes del descanso, los músicos anunciaron que la próxima pieza ser ía un vals; el baile más esperado por los jóvenes solteros, puesto que les permitía acercarse más a las señoritas.

Tanto así que, en algunas casas de España se prohibía por considerarse pecaminoso e inmoral, pero la burguesí a gaditana nunca había visto nada lujurioso en aquella danza.

Enseguida, el joven moreno con el que Emilia y su prima habían estado hablando de negocios se acercó a ella.

—Señorita Espinosa, ¿me haría el honor de reservarme la próxima pieza? —le preguntó.

Emilia lanzó una mirada a su madrina, que, sentada en un tresillo, charlaba en voz baja con su tí a Augusta, mientras Prestola y otras damas de mediana edad debatían otros temas.

Se preguntó desde cuándo se llevaban tan bien las dos viudas.

A la señorita le dio la impresión de que compartían una confidencia, pero quizás lady Elliot los había extra ñado tanto que, como ella misma había dicho, hasta había echado en falta el desprecio de su tía.

Su mirada y la de su madrina se cruzaron un instante y la mujer asintió desde lejos con una sonrisa radiante que le decía: «Vamos, baila con los caballeros».

Emilia se giró entonces hacia el burgués, que esperaba con paciencia.

—S í, claro… —aceptó, pero ni siquiera recordaba el nombre del muchacho, así que se vio obligada a preguntárselo.

—Gustavo Herrera —contestó él con una punzada de desilusión en la mirada.

Emilia extrajo su carné de baile del bolsito limosnera y anotó el nombre, aunque solo fuera por memorizarlo.

—¿Quiere una copa de moscatel? —le preguntó él, solí cito.

—Sí, gracias. —En realidad no tenía sed, pero necesitaba espacio. La presencia del caballero la abrumaba.

—Bien, iré a buscarle una —anunció antes de retirarse.

¿De verdad iba a tener que bailar con cuanto caballero se le acercara esa noche?

No le apetecía, e incluso hubiera preferido la compañía de su primo para que los espantara a todos.

Sin embargo, por más que miraba a todas partes, Emilia no localizaba a Enrique.

¿ Dónde estaría ese terco despechado? Como si le hubiera leído el pensamiento, Marga se sentó a su lado con unos modales un tanto chabacanos.

—La tía Augusta lo ha mandado en su carretela de vuelta a casa —cuchicheó—. El muy tonto irá durmiendo la mona y el cochero tendrá que despertarlo cuando lleguen a Cádiz.

—¿ Tanto ha bebido? —preguntó Emilia cubriéndose los labios con la mano derecha para que nadie pudiera leer sus palabras.

—No tanto, pero ya sabes que no está acostumbrado y que se vuelve un memo cuando lo hace. —En aquel momento la señorita lanzó una mirada a Eugenia Tejada, que, sentada en una silla, esperaba a que alguien la invitara a bailar—. Mira a la Geni, pobre necia. Ahí está, haciendo tapicería.

—No seas mala, Marga —la regañó Emilia.

Entre las señoritas de bien se utilizaba la expresión «hacer tapicería» para referirse a aquellas jóvenes que se pasaban la noche sentadas porque ningú n caballero las invitaba a bailar, lo cual podía deberse a muchos motivos, ninguno bueno.

Pertenecer a una familia venida a menos que ofrecía una dote muy pobre por su hija, una fealdad acusada —difícil de disimular aun con un buen postizo de cabello, afeites, carmín y joyas—, alguna tara física o psíquica o una mala reputación solían encontrarse entre los más comunes.

Sin embargo, Eugenia Tejada, Geni para los amigos, no encajaba en ninguna de aquellas situaciones.

Era cierto que el flequillo cortado a ras acentuaba sus ojos, demasiado juntos, y que sus amplias enc ías llamaban la atención en comparación con sus diminutos dientes, pero las había mucho menos agraciadas que ella en la fiesta y, aun así, estaban bailando.

Más bien parecía que la dama se estaba reservando para un caballero en concreto.

Uno que viajaba borracho en el asiento trasero de un carruaje.

—¿Qué? Es una arpía —siguió Marga—. Se ha pasado la velada pegada al primo pensando que lo conquistaría, mientras que Enrique solo tenía ojos para ti.

—Anda, calla.

—¿Por qué? Te odia y lo sabes. No sé por qué la defiendes. Ojalá estuviera aquí Coquito para sacarla a bailar. Harían una pareja estupenda.

Las dos se rieron.

—Oye, ¿y de qué has estado hablando con tu madrina tanto rato? —curioseó—. Cuando pregunté por ti, Purita me dijo que había venido la inglesa y que estabais en el saloncito amarillo.

—Pues…

La joven no pudo contestar.

El vals estaba a punto de comenzar y Gustavo acudió a reclamar su turno.

Entregó la copa de vino a Emilia, quien la dejó sobre una mesita auxiliar, y se inclinó hacia ella en actitud servicial.

Emilia se puso en pie, aceptó su brazo derecho y caminaron hacia el centro de la sala, donde enlazaron sus cuerpos.

La dama no pudo evitar compararlo con Álvaro y le pareci ó delgado y menudo.

Se miraron durante un instante. Luego, ella giró el rostro hacia su izquierda y empezaron a dar vueltas al son de los instrumentos.

La música sonaba y él aprovechaba cada giro para acercarse mientras que ella se mantenía recta y aumentaba la distancia entre los dos cuando lo creía necesario.

En ese tipo de baile, era el hombre el que mandaba y la mujer debía intuir sus movimientos para poder seguirlo.

«Igual que en la vida real —pensó Emilia—, pues las mujeres no podemos sino seguir los pasos de nuestro marido» .

—Señorita Espinosa… está usted muy linda esta noche —susurró el joven muy cerca de su oído.

—Gracias, señor Herrera —respondió ella con desafecto.

Él tragó saliva.

—¿Podría llamarla Emilia? Me gustar ía que usted me llamara Gustavo.

—Sí, claro —concedió.

—Emilia…, ¿está… está usted comprometida, o piensa estarlo en breve? —quiso saber—. Perdone que sea tan directo, pero siento una gran admiración por usted y me agrada mucho su compañía.

Emilia fingi ó un tropiezo y se deshizo de uno de sus zapatos, dejándolo atrás de un leve puntapié.

—Ay, qué torpe, disculpe, Gustavo. Creo que he perdido un zapato.

Se agachó a recuperarlo y vio de soslayo que el caballero clavaba la mirada en su escote, por donde asomaban sus senos blancos y redondeados. Tal vez la tía Augusta había tenido razón al decir que era demasiado pronunciado.

Gustavo Herrera era un hombre bien parecido y gallardo y, no obstante, un intenso sentimiento de rechazo se apoderó de Emilia, que de inmediato busc ó un tresillo en el que sentarse.

Una vez allí, se recolocó el calzado con toda la lentitud posible para que la pieza musical terminara.

El caballero esperó paciente a su lado, pero los compases cesaron enseguida y la dama se vio de pronto rodeada de señores de diversas edades que, sobrevolándola como moscas, le pedían que anotara sus nombres en el carné de baile.

«Eres bonita, audaz, creativa, llena de vida.

Seguro que tienes a un ejército de pretendientes detr ás de ti.

Escoge al mejor candidato y asegúrate un hueco privilegiado en la sociedad.

Así nunca tendrás que arrepentirte», le había dicho su madrina y ahora comprobaba que era verdad.

Si hubiera acudido a más reuniones sociales, ya le habrían hecho más de una propuesta de matrimonio, pero su tía nunca hab ía puesto demasiado empeño en que socializara demasiado.

Y ahora estaba claro el por qué: sabía de la predilección de su hijo por ella.

Bailó polcas, mazurcas, redovas, galopas y otras piezas de lo más movidas y alegres y, sin embargo, mientras giraba y giraba dejándose llevar por uno u otro invitado, ella solo podía pensar en un muchacho humilde con camisas gastadas y zahones; uno que no sabí a bailar aquellas danzas, pero que era el único que encendía su cuerpo y su alma.

Álvaro.

Sudaba. Los tirabuzones se le pegaban al cuello.

El corsé le oprimía las costillas y el corazón.

En un momento de la velada sintió que se ahogaba y decidió retirarse a tomar el aire fresco.

Atravesó el patio interior con los pies doloridos de tanto bailar y las mandí bulas tensas de tanto sonreír.

Le llegaron las voces atenuadas de algunos señores ya mayores que, cansados del jolgorio, se habían reunido en el salón azul a fumar mientras arreglaban el mundo.

Del mismo modo, oyó el rumor de las damas que se retocaban los peinados, las mejillas y los labios en el aseo de la planta baja, pero no se unió a ellas.

Estaba cansada de socializar, de mostrarse alegre cuando no lo estaba.

Atravesó el comedor y llegó al jardín. A pesar de que lo habí an adornado con farolillos y guirnaldas, no había nadie.

Las últimas noches estaban siendo frías y húmedas y, por suerte para ella, los invitados preferían el interior del hogar.

Primero se fijó en que el invernadero tenía los cristales empañados por el relente, y después, agarrado a los barrotes de la verja del jardí n, lo vio.

Era tan distinto a todos esos pingüinos del salón. Esa noche vestía su camisa blanca de los domingos y una boina de paño bien calada para ocultar parte de su rostro, pero ella lo habría reconocido entre miles.

Hacía un rato que Emilia Espinosa había tomado una terrible decisión, pero su primer impulso fue correr hacia él y abrazarlo.