38
Vestida de luto y con el rostro cubierto por un velo negro que caía del ala de su sombrero, lady Elliot caminó hacia ella con los brazos abiertos. Había cambiado mucho, pero la sonrisa que se adivinaba bajo la fina capa de tul era inconfundible.
—Mi bella ahijada, ¿cómo estás, my dear ? —la saludó con su característico acento inglés.
Las damas se fundieron en un cá lido abrazo.
—Madrina, qué sorpresa. Pensé que no vendría.
—No sabía si lo haría hasta que me vi montándome en la calesa, por eso no te contesté. Siento no haber asistido a tu cumpleaños. Han sido tiempos muy duros para mí. — La separó de ella—. Deja que te vea. Eres toda una mujer. Una mujer muy guapa.
—Gracias, madrina. Usted se ve… diferente.
Emilia también la escrutó de arriba abajo.
Estaba acostumbrada a ver a la señora vestida con faldas pantalón, camisolas anchas y chalecos a la manera de los hombres.
No en balde muchos la habían bautizado como «la Marimacho».
Sin embargo, ella siempre habí a dicho que no pretendía ser un hombre y que si vestía así era por una cuestión de comodidad.
Ahora, por el contrario, lucía un vestido negro en varias piezas que la hacía parecer mayor.
Además, su piel se había vuelto apergaminada desde la última vez que se vieron y parecí a incluso más pálida de lo que solía, con dos marcadas sombras oscuras bajo los ojos que atestiguaban un rosario de noches de insomnio.
—Sí, lo sé. Tengo mucho que contarte.
—¿Quiere pasar al gran salón? Hace un rato que comenzó la fiesta.
—Luego, querida. —Hizo un aspaviento con la mano—. Deja que me siente un poco aquí contigo. El viaje me ha fatigado más de lo que imaginaba.
La mujer se dirigió al improvisado asiento donde había estado Emilia hasta hacía unos instantes, pero la joven la retuvo.
—El baúl no es cómodo, madrina. Si no quiere pasar al gran salón, al menos vayamos al saloncito amarillo.
La inglesa aceptó y accedieron a la pequeña estancia, donde tomaron asiento. Emilia hizo sonar la campanilla y en poco tiempo una criada les trajo un par de tés negros: la bebida favorita de su madrina.
—Solo necesito descansar un poco, no quiero que te pierdas la fiesta por mi culpa, my dear —dijo la inglesa.
—Prefiero estar aquí —reconoció Emilia—. Ya sabe que no me gusta el bullicio. Si le soy sincera, esta noche habría preferido quedarme leyendo en mi habitación.
La mujer dibujó en su rostro una sonrisa cansada.
—Lo sé, cariño. Tú eres como yo. O, al menos, como yo era antes. Ahora no sé quién soy.
—No diga eso, madrina. ¿Qué le ha sucedido?
Lady Elliot se quitó los guantes oscuros de encaje y los dejó a un lado sobre la mesa.
Emilia hizo lo propio con los suyos de seda blanca.
Madrina y ahijada se miraron con cariño, y entre sorbo y sorbo de té y con el sonido de fondo de la m úsica del piano que se colaba por la ventana entreabierta, la dama inglesa puso a la muchacha al tanto de todo lo que le había sucedido en los últimos meses.
Su joven marido, Antonio Ríos, había invertido el dinero que ella atesoraba en su caja fuerte en unos negocios fraudulentos y había perdido hasta la última peseta.
Después de eso, una mañana se suicidó de un tiro en la cabeza.
Ante el espanto del relato, Emilia se levant ó de su asiento y envolvió a su madrina con los brazos en un intento por consolarla. De haberlo sabido, habría ido a acompañarla en unos días tan duros.
—No te preocupes, my dear . Quise que su entierro se celebrara en la más completa intimidad. Solo estuvimos su pobre madre, su hermana y yo.
Lady Elliot se mostraba entristecida, pero había en ella un poso de algo má s. ¿Tal vez enfado?
—Dígame la verdad. ¿Usted… lo quería, madrina? —indagó Emilia—. Me refiero a…
—Lo quise, sí, aunque… —Ladeó la cabeza, pensativa—.
A ti no puedo mentirte, mi niña. Se lo debo a tu madre; a mi gran amiga Catalina.
Ver ás… conocí a Antonio en el Puerto de Santa María y enseguida me llamó la atención.
Era atractivo y joven, ¡dieciocho años menor que yo, nada menos!
Me gustó, pero no me casé con él por ese motivo.
Digamos que me dio l ástima que, teniendo la carrera de Derecho, pasara tantas penurias.
Su familia dependía de él y él no tenía nada.
A mí me sobraba el dinero, así que quise ayudarlo.
Emilia reflexionó. La boda resultaba tan ventajosa para el señor R íos, que nadie en la alta sociedad gaditana imaginó que la propuesta había surgido por parte de lady Elliot. Al contrario, todo el mundo pensó que el abogado había engatusado a la dama para gozar de su buena posición social.
—No es lo que se esperaba de una gran señora como yo, pero nunca he seguido las normas sociales, ya lo sabes.
Siempre he sido un espíritu rebelde. —Bebió de su taza—.
De todas formas, todo ha quedado atrás y no me quiero regodear más en mis penas.
Cuéntame de ti. ¿Tienes algún pretendiente a la vista?
Emilia se acercó a la ventana y la cerró. Las voces llegaban amortiguadas y sintió que era el momento propicio para revelar su secreto a la que fuera la amiga íntima de su madre. Despué s de todo, la mujer acababa de sincerarse con ella.
Tomó asiento de nuevo con un nudo en la garganta.
—Madrina, apelo a ese espíritu rebelde y le pido consejo. Estoy desesperada.
—¿Qué te sucede, my dear ? —Le cogió las manos.
—Madrina… —No sabía cómo empezar, así que decidi ó que lo mejor sería soltarlo de sopetón—.
Estoy enamorada de… de un jornalero… uno de los vendimiadores que trabajan en la finca de mi familia.
Nos hemos estado viendo a escondidas. Nos amamos y…
y me ha propuesto casarme con él en secreto para después fugarnos.
Yo… yo quiero hacerlo, pero sé del agravio que podría causarle a mi familia, en especial, a mi hermana y a mis primas.
Nuestro apellido quedaría manchado para siempre y caerían en desgracia.
La alta sociedad les dar ía la espalda. —Le apretó las manos con fuerza—.
Estoy en una encrucijada, ¿qué debo hacer?
Durante su discurso, lady Elliot la había contemplado sin inmutarse, clavándole sus ojos azules como zafiros afilados.
Por un momento, Emilia imaginó que le devolvería el apretó n de manos y le diría que luchara por ese amor, que las mujeres tenían tanto derecho como los hombres a ir en busca de su felicidad; que era posible vivir al margen de las críticas porque ella lo llevaba haciendo toda la vida y que, lo que le sucediera a su familia, solo era la consecuencia inevitable de vivir en una sociedad retorcida y mezquina.
No obstante, para su sorpresa, en lugar del empujón final que necesitaba para dar el salto al vacío que suponía seguir a su corazón, la dama inglesa contestó:
—Estás chiflada, sweetie.
Después le soltó las manos y Emilia arqueó las cejas.
—¿Chiflada? ¿Por qué, madrina? ¿Acaso usted no ha hecho siempre lo que ha querido?
¿No ha vestido pantalones? ¿No ha reivindicado una mejor educaci ón para las mujeres, el voto femenino, el derecho a ser universitarias?
¿No se casó con un hombre mucho más joven a pesar de las críticas?
Usted misma lo ha dicho: es un espíritu rebelde.
—No. He dicho que lo fui, pero te repito que ahora no sé quién soy.
Es cierto lo que has dicho sobre mí y se te ha olvidado mencionar que he tenido amantes aquí y allende del mar.
—Las mejillas de Emilia se encendieron ante la confirmación de años de habladurías—.
He amado de verdad, cosa que no todas las mujeres de mi clase pueden decir.
Perdí la cabeza por ese maldito Jean Dubois y lo seguí hasta París, y, no solo eso, he cometido muchas estupideces por culpa de los hombres.
Sin embargo, ahora me arrepiento. Soy una fracasada.
—No lo comprendo, madrina. Siempre ha vivido como ha querido.
—Más bien como he podido . Es duro que todos te den de lado.
A veces se me hac ía insoportable. Y ahora…
a mis cuarenta y siete años, me siento triste y sola.
Me habría gustado tener hijos, ¿sabes, Emilia?
Pero uno de mis amantes me contagió el «mal francés» y me dejó yerma.
Estuve enferma mucho tiempo. Padecí fuertes dolores y luego el m édico me diagnosticó esterilidad.
A veces, cuando asisto a las celebraciones de los cumpleaños o las bodas de los hijos de las damas de mi edad, las envidio.
Cuando me las encuentro de pícnic por los campos con sus maridos, las envidio.
Cuando me cruzo con ellas en las tiendas, comprando telas y sombreros para las recepciones y las fiestas, las envidio.
Y a menudo me pregunto si no habría sido yo más feliz si me hubiera dejado llevar por los convencionalismos sociales.
Luchar contra la corriente es agotador y no siempre proporciona los frutos deseados.
Ahora me siento mayor, mustia y abatida.
He perdido mi belleza, mi juventud, mi dinero y hasta la cordura.
Estoy vendiendo a trozos el patrimonio que me queda para sobrevivir y…
bueno, he acudido a la fiesta de compromiso de tu hermana por agarrarme a los viejos recuerdos; por el cariño que le tuve a Catalina y que os tengo a vosotras.
Y por eso mismo, Emilia, te aconsejo que te olvides de ese muchacho.
Ahora puede parecerte el mejor hombre del mundo.
Seguramente sientas entre sus brazos lo que no has sentido jamás, como una princesa de cuento que ha estado dormida hasta que él te ha despertado con un beso de amor, pero te diré algo: todo pasa.
El enamoramiento, la atracción, el deseo irrefrenable pasará.
Envejeceréis, os aburriréis el uno del otro.
Y entonces, te darás cuenta de que estás rodeada de pobreza y no lo soportarás.
Te acordarás del momento en que huiste una y otra vez y desearás volver a atrá s para cambiar tu historia.
La culpa por el daño ocasionado a tu familia no te dejará vivir.
—Ahora sí le tomó las manos y las apretó con fuerza—. Mírate en mi espejo, Emilia.
—Pero… pero madrina, yo… —Emilia se había quedado sin palabras.
—Pero tú lo amas, lo sé. Y el amor que sientes en estos momentos es tan grande que te desborda; que no te deja ni respirar ni disfrutar de la fiesta de tu hermana, pero cré eme, nada es eterno.
Ni siquiera nosotros. A todos nos llegará la hora y tendremos que rendir cuentas a San Pedro.
—A Emilia le parecía mentira que su madrina se expresara en esos términos; ella, que siempre había tendido al ateísmo—.
Yo soy vieja y fea, pero tú todavía estás a tiempo.
Tienes toda la vida por delante. Eres bonita, audaz, creativa, llena de vida.
Seguro que tienes a un ejército de pretendientes detrá s de ti.
Escoge al mejor candidato y asegúrate un hueco privilegiado en la sociedad. Así nunca tendrás que arrepentirte.
Emilia se puso de pie y, al hacerlo, dio sin querer un puntapié a la pata de la mesa. Su taza de porcelana cayó de lado y lo que quedaba de té se derramó sobre el mantel y se abrió camino entre las rosas bordadas.
—Me dice que soy audaz y creativa y, sin embargo, me aconseja que me case, que tenga hijos y que me dedique a administrar el hogar, como todas las demás. ¿ Y qué hay de los sueños, madrina? Usted sabe que me gusta escribir.
—Y podrás seguir haciéndolo. En la esfera familiar, claro. Incluso podrás publicar algunos textos, aunque mi recomendación es que lo hagas bajo pseudónimo masculino. Tendrás más lectores y tu vida privada no se verá afectada.
Emilia no daba crédito a lo que oía.
—No me puedo creer que usted, precisamente usted , me esté diciendo eso —dijo con un amago de llanto.
—Precisamente porque soy yo, deberías tener más en consideración mis palabras. De cualquier otra podrías dudar, pero no de mí , que he luchado por lo mismo que tú anhelas ahora.
De repente alguien llamó a la puerta y Emilia se limpió las lágrimas incipientes al tiempo que acudía a abrir. Era Purita, que venía a buscarla de parte de Juliana. La futura novia iba a hacer un brindis junto a su prometido y quería que ella estuviera presente.
—Ve, sweetie. No te pierdas ni uno solo de los momentos que la vida te ofrece —la animó lady Elliot cuando la doncella cerr ó la puerta.
Emilia, todavía impactada por el consejo de su madrina, se veía incapaz de regresar a la fiesta. Observó la mesa y tomó sus guantes antes de que el té los alcanzara. Mientras se los colocaba, trató de tranquilizarse.
—Solo iré si usted me acompaña, madrina —dijo.
La gran dama asinti ó.
—Pues claro que te acompañaré, my dear . Estoy deseando saludar a tu hermana, a mi buen amigo Bernardo y a tus tías. Fíjate si os he echado de menos que hasta las miradas despreciativas de doña Augusta me harán sentir como en casa.
La muchacha sonrió, pero la sonrisa no le alcanzó a los ojos. Estaba siendo una noche muy intensa y present ía que lo peor estaba aún por llegar.