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Los sobrinos del marqués les clavaron entonces la mirada desde la otra punta del salón. Eugenia Tejada, que tampoco les quitaba la vista de encima, arrugó el entrecejo.
—Has bebido mucho — lo regañó ella.
—Sí —admitió, y luego asintió con la cabeza de manera repetida.
—Estás borracho.
—Es probable —reconoció.
—Eres médico —siguió ella en susurros—. T ú mejor que nadie sabes lo perjudicial que es el alcohol para la salud.
Él soltó una risotada sarcástica.
—Tranquila, mujer, que no me voy a destrozar el hígado por unas cuantas copas. —Volvió a hundirle el dedo índice en la piel, en un punto entre las clavículas y el escote—. ¿Me vas a contestar o no?
Do ña Augusta, que también presenciaba la escena desde la distancia, se abrió paso entre los invitados con una sonrisa impostada y les dio encuentro. Se colgó del brazo de su hijo y, con su mejor cara, le dijo:
—Enrique, hijo, aquí estás. Ven, vamos a probar las alcachofas rellenas. Dicen que son una exquisitez.
La gran dama dio un tironcito del brazo de su retoño, pero el muchacho ancló los pies al suelo.
—Váyase, madre. ¿No ve que estoy aqu í muy a gusto charlando con mi prima?
La mujer volvió a tirar de él sin conseguir moverlo ni un centímetro de donde estaba.
—Ni se te ocurra estropearle a Juliana su fiesta de compromiso —masculló entre dientes sin dejar de sonreír—. Qué vergüenza. Estás rojo como un salmonete. Deja de molestar a tu prima y ven al patio a que te dé el fresco en la cara.
—No la estoy motelas … molestando. ¿Te estoy molestando, Emilia? —La lengua se le trababa y el estado de embriaguez contrastaba con la pulcritud de su aspecto: patillas rubias recortadas a la perfección, frac recién planchado y brillante reloj de oro enganchado de un botón del chaleco.
—No se preocupe tía, la que se va soy yo —determinó ella.
—¡Sí, Emilia! Acomp áñame a retocarme un poco —intervino Marga, que apareció de la nada y se la llevó del brazo.
Las dos muchachas caminaron deprisa. Pasaron por delante del piano donde don Bernardo deleitaba a las dos familias con una pieza musical muy entretenida y desaparecieron por un corredor que daba a la cocina.
—No me había dado cuenta de que Enrique estaba tan borracho —admitió Marga—. De haberlo sabido, no te habría dejado a solas con él. ¿Qué quer ía?
—Sigue enfadado por mi rechazo. No lo entiende.
—Claro. Como se cree tan buen partido, el muy carajote.
Emilia se mordió el labio para tragarse una sonrisa.
—Marga, no hables así. Además, tú también tienes algo de culpa en todo esto. Si Enrique está tan herido es porque lo besé, tal y como me aconsejaste, y después le dije que me hab ía dado asco.
—¡E hiciste bien! Fuiste sincera. Que lo acepte.
¡Maldita sea, qué complicados son estos hombres que se hacen llamar caballeros!
Cuando no son unos engreídos o egocéntricos como los sobrinos del marqués, son unos bocazas desagradables como Coquito.
—Emilia ya no pudo aguantar más la risa—.
Creo que los muchachos humildes son mucho más sencillos y no tienen tantas estupideces en la cabeza.
Si les gusta una muchacha, la cortejan y punto.
Si ella los acepta, bien. Y si no, pues adiós.
¿No crees que todo sería más fácil con un joven cualquiera?
Yo qué sé, con un carpintero, con un vendimiador…
Una nueva punzada de culpabilidad mordió las entrañas de Emilia. Si le hablase a su prima de su relación con Álvaro, ella la comprender ía. Entonces, ¿por qué no lo hacía? Era el momento idóneo.
—Marga, yo…
—¿Esa de ahí no es Isabelita? —la interrumpió.
A unos metros de distancia divisaron a la niña en camisón, asomada a la puerta del saló n que daba al patio.
Marga corrió a buscarla y Emilia la siguió.
—¿Qué haces aquí, tonta? ¡Se suponía que ibas a cenar en la habitación con Paca y luego, a dormir! —la regañó su hermana.
—La que se durmi ó fue Paca. Se sentó a leerme un cuento y se quedó frita. Decía que estaba agotada del día de hoy —explicó la pequeña—. ¿Por qué no puedo asistir a la velada? ¡Ya soy mayor!
—¡T ú qué vas a ser mayor, si eres un renacuajo!
—Si me pongo el collar de perlas de la tía Catalina parecerá que tengo diez o doce años —le rebatió.
—¡Y aun entonces seguirías siendo demasiado pequeña para asistir a una velada nocturna!
Tienes que esperar a tu puesta de largo, a ser presentada en sociedad…
Anda, ven, que te acompaño a la habitació n.
—Marga la cogió de la mano y se dirigió a la escalera—.
Prima, en un rato vuelvo —le dijo a Emilia.
Emilia asintió y se sentó sobre uno de los baúles que había junto a las paredes del patio interior.
El aire fresco de la noche le besó las mejillas y se sintió reconfortada.
Tenía tanto en qué pensar. Su mente era un ovillo de ideas enredadas y no encontraba un hilo del que tirar para deshacer el enredo.
De pronto se oyeron cascos de caballos. Un carruaje acababa de llegar. Alguien golpeó la mano de Fátima de bronce contra el recio portón y los lacayos acudieron a abrir. Una figura misteriosa envuelta en las brumas de la noche cruzó la casapuerta y Emilia la reconoció al instante.