Tierra de vino y sal 37 #2
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Los minutos pasaban y los caballeros solteros no les quitaban la vista de encima a las muchachas casaderas —Emilia y Marga—, como fue el caso de un par de sobrinos de don Marcos, que se les presentaron en cuanto tuvieron ocasión.

Llevaban un buen rato hablando de sí mismos cuando a la más joven se le escapó un bostezo que disimuló cubriéndose la boca con la mano enguantada.

—Vienen años muy pr ósperos para España —comentó entonces uno de ellos, un joven de recortado bigote negro y perilla que estudiaba en la escuela de negocios—.

Es el momento idóneo para invertir y arriesgar capital.

Con esa escoria republicana en la cárcel, el rey Alfonso XII en el trono y la paz en Cuba, vamos a volver a ser lo que fuimos.

—Un gran imperio —le siguió el otro, de cabello castaño ensortijado y largas patillas rizadas.

—¿Piensa usted invertir en el vino, como su tío el marqués? —se interesó Emilia, por cortesía.

—No. Lo mío son los transportes. Me atraen los ferrocarriles. Quién sabe; si me busco una esposa chiclanera, a lo mejor me interesa que esa línea que proyectan para Chiclana se construya cuanto antes. —Le guiñó un ojo.

Marga soltó una risilla socarrona, pero no dijo nada.

—A mí me parece que para eso faltan lustros, si no siglos —aventuró Emilia—.

Chiclana sigue siendo un pueblo, por mucho que su título diga lo contrario, y sí, admito que una línea de ferrocarril vendría bien para la exportación de vinos y de productos de la huerta, pero en cuanto a los pasajeros…

Los chiclaneros no estamos acostumbrados a la llegada de tantos foráneos a la vez.

—¿Y usted, señorita Galván? —le preguntó el de las patillas rizadas a la menor de las primas, a quien le había echado el ojo—. ¿Cree que el ferrocarril sería beneficioso o perjudicial para este pueblo?

—Yo creo que las comunicaciones están bien, siempre y cuando faciliten el tránsito de personas interesantes a las que merezca la pena conocer, y no de ladrones y maleantes —respondió con una sonrisa radiante.

—¿A qué se refiere usted con «personas interesantes» ? —quiso saber el señorito.

—Bueno, por ejemplo, a personas que no hablen solo de sí mismas y de sus atributos. A las damas nos resultan muy pesadas.

Emilia agachó la mirada, infló los carrillos y frunció los labios para no reírse. Los dos muchachos parecieron darse por aludidos porque cambiaron de tema en el acto.

* **

—Alguien viene a buscarte… —cuchicheó un rato después Marga en tono de mofa.

Emilia levantó la mirada y comprobó que Enrique se dirigía hacia ella con otra copa de champán en la mano. ¿Cuántas se había tomado ya? La velada acababa de empezar y ya lo había visto vaciar unas cuantas.

— Queridas primas —saludó mirando solo a Emilia—, pero qué bellas estáis esta noche. ¿Es que no pensabais saludarme?

Tomó la mano de Marga en primer lugar y le besó el dorso. Luego hizo lo mismo con Emilia, pero dejó los labios pegados a sus guantes de seda unos segundos más de lo que las normas sociales aconsejaban.

—Eres tú el que no se ha separado de las faldas de Eugenia Tejada —apuntilló Marga.

—La señorita Tejada puede ser muy insistente —reconoció. Miró a los dos caballeros que acompañaban a sus primas y, sin ninguna intención de presentárseles, les preguntó—: ¿ Me dan su permiso para que les robe a la señorita Emilia un momento?

El de las patillas tupidas consintió, pero el de la recortada barba imperial torció el gesto. De todas formas, Enrique no les prestó más atención.

—Lo cierto es que yo también debo ir a saludar a unas primas lejanas… —se excusó Marga, que aprovechó la ocasión para escabullirse entre la gente.

Enrique tomó a Emilia del codo con suavidad, pero con firmeza, y la llevó a un apartado del salón ante la mirada de los jóvenes burgueses, que se habían visto, de pronto, abandonados por las dos damas que tan agradable le estaban haciendo la reunión.

—Enrique… —empezó Emilia junto al grueso cortinaje de uno de los ventanales—. Creo que lo dejamos todo claro la última vez que hablamos.

—Así es —concordó él, esforzándose por aparentar serenidad.

Desde el codo, la mano del médico ascendió por el antebrazo de ella, cubierto por el guante, y terminó acariciándole el hombro desnudo con la yema del pulgar. Tenía los dedos húmedos por haber estado sujetando la copa de champá n y Emilia sintió un escalofrío.

—Sé que… —siguió ella, nerviosa—, sé que me has estado evitando todo este tiempo.

Me entristece la situación. En otras circunstancias, ahora estaríamos contándonos an écdotas: tú me hablarías de tu estancia en Sevilla y de lo aburridos que son todos esos abogados que administran tus propiedades, y yo de cómo esta mañana Purita volcó un flan gigante de diez huevos sobre la alfombra del salón.

Puede que también estuviéramos riéndonos por lo bajo de los peinados tan exagerados de algunas de las damas aqu í presentes.

Su primo le dio pequeños toquecitos acusatorios en el hombro con el dedo índice.

—Tú lo has dicho… en otras circunstancias .

—¿Por qué no podemos volver a ser los de antes, Enrique? ¿Por qué estropear la buena relación que siempre hemos tenido?

A pesar de haber pronunciado aquello en voz alta, Emilia se preguntó si tenía sentido restablecer la amistad con su primo ahora que pensaba casarse con Álvaro en secreto y apartarse de la familia sin remedio.

—Porque no se puede, Emilia. ¿Quieres que siga siendo el mismo bobalicón que te contaba chistes malos para hacerte reír? Pues no puedo. Menos aún después de que me dijeras que te doy asco.

—No fue exactamente así. Tú no me das asco.

Él alzó las cejas.

—Eso fue lo que dijiste, ¿o me lo estoy inventando?

Ella negó con la cabeza y los tirabuzones que caían de sus sienes se movieron al compás.

—Sabes a lo que me refería.

—No —dijo, tajante—. No lo s é. ¿Me lo explicas? —Y en un tono más alto, añadió—: Venga, querida prima, dime qué es eso que tanto te repugna de mí como para rechazar mi propuesta de matrimonio.