Tierra de vino y sal 37
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Llegó por fin la tarde de la fiesta y Emilia extrañaba tanto a Álvaro que la añ oranza le provocaba un dolor físico. Solo la presencia de sus primas en el palacete le había hecho la semana más llevadera, pero, aun así, no dejaba de pensar en la forma de burlar la vigilancia para reunirse con él.

—¿Qué te gusta más, la horquilla de campanitas colgantes o la de flores de granado?

Marga se colocó los adornos sobre el pelo y se contempló en el espejo, pero Emilia, apoyada en el escritorio, tenía la mirada perdida en el infinito.

—¡Prima, que te estoy hablando!

—Perdona, ¿qué decías?

—No sé dónde andas, Emilia, pero aquí no. Te preguntaba cuál de las dos horquillas te gusta más —repiti ó, mostrándoselas.

—La de flor de granado con el lazo de raso —eligió.

Las manecillas se desplazaban veloces sobre los números romanos del reloj de sobremesa de la cómoda y la joven Espinosa lo sentía como una cuenta atrás, pero aún no sabía hacia qué ni hacia dónde.

Marcela terminó de peinar a la pelirroja y cuando por fin se quedaron a solas, su prima se atrevió a interrogarla.

—¿Estás así por Juliana o porque hoy tendrás que ver a Enrique?

—Es una mezcla de sentimientos, Marga —manifestó.

Podía haber aprovechado el momento para confesarle su relaci ón secreta con Álvaro, pero todavía no se sentía preparada.

Ya la pondría al tanto más adelante, cuando tuviera decidido qué hacer.

O quizás le escribiera cuando hubiera huido.

Estaba segura de que su prima la entendería, de que jamás la juzgar ía.

—Pues no seas tonta —le respondió sentándose en la cama y aplastando los adornos de la cola de su vestido—.

Tu hermana es un caso perdido. Se casa porque quiere —señaló en primer lugar— y en cuanto a Enrique…

bueno, es Enrique. A pesar de lo listo que es, a veces se comporta como un cretino, pero se le pasará.

Si te perdonó la patada en la entrepierna cuando eras niña, te perdonará que le hayas dado calabazas de adulta.

Emilia perfiló una leve sonrisa. Marga tenía el poder de ponerla de buen humor.

A través del balcón se oían los carruajes, que llegaban uno tras otro, transportando a los familiares de los Espinosa y a los del marqués de Bermeja. Francisca no tardó en ir a buscarlas para que bajaran al salón de una vez.

—Vamos, señoritas, deben recibir a los invitados — las apremió.

—Tranquila, Paca. No te sulfures, que te salen arrugas. ¿No sabes que las jóvenes necesitamos tiempo para arreglarnos?

Las dos damas se colocaron en el escalón superior de la escalera principal con las espaldas rectas y las manos enguantadas apoyadas con delicadeza sobre la barandilla de caoba.

El tramo que descendía hasta el patio estaba cubierto por una alfombra de terciopelo rojo en la que relucían las varillas de latón, y, tal y como les había enseñado madame Lini, las muchachas descendieron uno a uno los peldaños con elegancia y sin mirarse los pies.

Después, se acercaron a los anfitriones.

Dispuestos en hilera, se encontraban, en primer lugar, don Bernardo, Juliana y don Marcos, y a continuación, doña Augusta, doña Prestola y don Avelino.

Los hombres lucían fracs recién planchados y camisas que, de tan blancas, casi cegaban, mientras que las mujeres llevaban sofisticados vestidos de fiesta y tocados a la última moda.

Juliana, con corpiño y falda en color crema, destacaba entre ellas en el papel de futura novia.

Las m ás jóvenes los saludaron con leves inclinaciones de cabeza y enseguida se unieron a ellos para dar la bienvenida a los invitados conforme llegaban.

—Pero qué bellas estáis esta noche, mis niñas —reconoció Prestola en cuanto tuvo ocasión.

Margarita vestía de color mostaza con galones de pasamanería y borlas, y Emilia se habí a puesto un vestido de seda gris perla con una capa superior de tul que volaba levemente cuando se desplazaba y la hacía parecer un ser celestial.

En esta ocasión, en lugar de los pesados polisones, se habían decantado por llamativos adornos en las colas, mucho más ligeros en el caso de que decidieran bailar.

El de Marga estaba compuesto por pliegues, lazos y encajes superpuestos, y el de Emilia, por una cascada de mariposas de seda.

Doña Augusta, que rara vez se mostraba de acuerdo con su hermana, se quejó por lo bajo de que el modisto no hubiera realizado los ajustes de última hora que ella le había indicado.

La cola de Marga le pareció má s larga de la cuenta y el escote de Emilia, demasiado pronunciado.

No obstante, lo dejó pasar. Esa noche estaban de celebración.

—¿Y Enrique? —quiso saber Marga por cambiar de tema—. ¿No tendría que estar aquí con nosotras para recibir a los invitados? Se supone que va a ser el futuro patriarca de la familia Espinosa —añadió con retintín.

—Oh, sí, deber ía estar aquí, pero… Verás, querida, hace un rato mi hijo acompañó a la señorita Eugenia Tejada y a su familia al salón y desde entonces no ha regresado. Debe de estar muy entretenido —dejó caer.

Emilia puso los ojos en blanco. Los comentarios de su tía, en vez de molestarla, empezaban a parecerle de lo más divertidos. Ademá s, si aquella iba a ser una de sus últimas veladas antes de fugarse con Álvaro, no quería que nada enturbiara su alegría. Estaba decidida a pasárselo bien.

Los invitados continuaron llegando durante un rato más.

Saludaban a los anfitriones y luego pasaban al salón, hasta donde los acompañaban Marcela y Purita, con sus impecables uniformes de gala negros y delantales almidonados.

Muchos fueron los caballeros que alabaron la belleza de Emilia, quien se sintió avergonzada ante tantos requiebros, pero Marga y sus comentarios mordaces la ayudaron a sobrellevarlos con humor.

Cuando todos los familiares estuvieron por fin congregados en el interior del sal ón, dos lacayos contratados para la ocasión cerraron las inmensas hojas de roble de la puerta del palacete y el mayordomo, colocado en la entrada de la gran sala, anunció con voz enérgica:

—Don Bernardo Espinosa, la señorita Juliana Espinosa y don Marcos Herrera, marqués de Bermeja.

Los invitados alzaron las copas para recibirlos y Emilia se sintió muy orgullosa de ver a su hermana mayor caminar del brazo de su padre.

Cuando Juliana entraba en una estancia llena de gente solía hacerlo cabizbaja y avergonzada de su cojera, pero ahora se la veía radiante.

«No te atrevas a juzgarme», le había dicho, e intentaría no hacerlo más.

A lo mejor la boda sí haría feliz a la primogénita de don Bernardo.

—Doña Augusta Espinosa, viuda de don Enrique José Lara, y Doña Prestola Espinosa y don Avelino Galván —anunció Sebastián Martínez en segundo lugar.

Sus tíos hicieron su entrada con paso lento y decidido.

—Y, por último, las señoritas Emilia Espinosa y Margarita Galván Espinosa —dijo el mayordomo demasiado r ápido.

Marga se colgó del brazo de su prima y bisbiseó en su oído:

—El salón está hoy muy concurrido, espero que el Duende logre controlar sus esfínteres.

Emilia no pudo evitar soltar una carcajada y cuando entró en la sala con su prima cogida del brazo los asistentes la vieron así : riéndose, con las mejillas arreboladas, radiante, hermosa.

Muchas miradas se clavaron en ella, en especial, una: la de su primo Enrique, que sostenía su copa en alto mientras Eugenia Tejada, a su lado, parloteaba sin descanso.

Al percatarse de que se había convertido en el centro de atención, Emilia se sonrojó y agachó la cabeza.

Enseguida le llegó una amalgama de aromas, mezcla de perfumes caros, afeites para el rostro, champán y humo de los puros habanos.

La fiesta había comenzado y los invitados charlaban en corrillos y felicitaban a la pareja de prometidos, unos con sincera alegrí a y otros con expresión lastimera cuando se dirigían a Juliana.

Emilia y Marga saludaron a sus familiares y dejaron que don Marcos les presentara a los suyos.

Los canapés salados y los dulces que las criadas repartían en bandejas de plata estaban exquisitos y todos alabaron las buenas manos de la cocinera y de sus ayudantes.

—Estos son mis favoritos —informó el marqués cuando probó una sultana de coco y huevo.

Marga miró a Emilia y se le escapó una risilla baja acord ándose de Coquito, quien, por fortuna, no había podido acudir a la fiesta por encontrarse de viaje con su familia.

—Tiene usted razón, don Marcos —coincidió Prestola—.

Son una delicia, crujientes por fuera y blandas por dentro.

Las conocí gracias a un vendedor ambulante que se dedica a pregonar sus bondades cuando llega la temporada estival.

Unos dicen que las inventaron las monjas de los conventos andaluces hace más de dos siglos, y otros, que se trata de una receta francesa que introdujo en España Pepe Botella, ya sabe, el hermano de Napoleón. ¿Usted qué opina?

El marqués se atusó el bigote, pensativo.

—Yo, señora mía, dudo mucho que ese infame gabacho dejara algo bueno aquí, así que tiene que ser obra de nuestras monjitas —aseveró.

—Pues claro —volvió a coincidir Prestola, que disfrutaba conversando sobre temas culinarios—.

Como el tocino de cielo, que se fraguó por primera vez en un convento de Jerez gracias a las yemas de huevo que las bodegas donaban a las religiosas.

Porque, sabe usted que para clarificar el vino se usan las claras y se desechan las yemas, ¿verdad?

—Oh, sí, sí. Algo he oído. El tocino de cielo: un postre delicioso, sin duda.

Emilia no podía evitar resoplar a cada rato. Por edad y por gustos, el marqués habría encajado más con su t ía Prestola que con Juliana, que permanecía en silencio, escuchando la conversación.