Tierra de vino y sal 36
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Al terminar la jornada de trabajo en las vi ñas, varios jornaleros encontraron a Álvaro en el camino de la finca de los Espinosa.

Oyó la voz de Bartolomé y de otros tantos pronunciando palabras de asombro como «carnicería», o de consuelo, como «saldrás de esta».

Sinti ó en su piel el traqueteo de una carreta, cómo lo trasladaban a una cama. Oyó llorar a su tía.

Cuando recuperó por completo la consciencia, Manuela le estaba poniendo sobre la espalda una cataplasma que olía a miel, manzanilla y aloe vera.

—Agua —pidió a duras penas.

Su t ío Román llenó un vaso y le dio de beber.

—¿Por qué fuiste a la finca, muchacho? ¿Por qué? —Su voz ya no destilaba enfado, sino lástima; una lástima infinita.

—Necesito… necesito ver a Emilia —logró articular.

—¡Y vuelta la mula al trigo! —se exasperó su tío—. ¿Es que quieres que te maten?

—Déjalo, Román. No le digas nada. ¿No ves cómo está? —La mujer sorbí a por la nariz. No podía dejar de sollozar—. Aunque quisiera, no podría ir a ninguna parte.

Álvaro trató de incorporarse, pero apenas pudo mover un dedo.

—Enviadle una nota. Necesito verla. El padre Quintero… —siguió diciendo.

—¡Ni el padre ni la madre! Nadie le llevará ninguna nota a la señorita —sentenció Román—. Olví date de ella, Álvaro. Hay muchas mujeres en el mundo, rediós.

—¿Tanto la quieres, hijo? —intervino Manuela, compadecida de él.

—La amo, tía —contestó.

Román miró a su esposa con los ojos desorbitados por el espanto.

—Mira, Manuela, ni se te ocurra hacerle caso a este perturbado. ¡Nada m ás que eso me faltaba! Que te dieran de latigazos a ti también.

—No voy a hacer nada, hombre, pero deja que el pobre saque lo que lleva dentro. No seas tan cruel —pidió antes de apretar el llanto.

—¿Cruel yo? Crueles son los ricos, Manuela. Mira lo que le han hecho. Y yo deslomándome durante años para sacar adelante sus viñedos. Son despreciables.

La conversación entre sus tíos siguió un rato má s, pero Álvaro regresó pronto a las brumas del sueño.

Soñó que Emilia y él se escapaban juntos, que el padre Quintero los casaba y que reían a carcajadas.

Su esposa estaba preciosa cuando sonreía y él no podía sentirse má s dichoso.

Pero entonces un lobo saltó sobre su espalda y le clavó las garras, despertándolo de golpe.

El dolor no lo dejaba dormir más de dos horas seguidas.