Tierra de vino y sal 35
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Álvaro se pasó la tarde caminando bajo la lluvia y buscando al capataz, pero no lo halló en ninguna parte.

Ni estaba en su casa del centro del pueblo, ni en las tabernas ni por las calles.

Para colmo, Emilia tampoco había acudido a su cita nocturna y, en su lugar, habí a visto desde la distancia a un señor que hacía las veces de guardia del jardín.

¿Estaría bien su prometida? Temía que la relación que mantenían hubiese llegado a oídos de su familia y que la hubieran maltratado o encerrado bajo llave.

La desesperació n lo corroía, pero no le quedaba más remedio que esperar hasta el día siguiente para enfrentar su destino.

A pesar de que su tío le había dicho que estaba despedido, subió a la tartana de Bartolomé como de costumbre, y acudió a su lugar de trabajo, donde vería por fin a ese pé rfido de Juan Morales.

Tenía que dejarle las cosas claras y, además, no pensaba marcharse sin cobrar su salario.

No le sorprendió, sin embargo, que varios desconocidos armados con escopetas de caza detuvieran el carro unos metros antes de llegar a la finca.

—¿Eres Bartolomé? —preguntaron al conductor del vehículo.

—Sí, soy yo —respondió el hombre, desconfiado.

—Entonces solo puedes pasar tú . Tenemos órdenes de no dejar entrar a un tal Álvaro Alcázar. —El que parecía el jefe de la cuadrilla apuntó al susodicho con la escopeta—. Eres tú, ¿no? Pues venga, abajo.

—Esto es un atropello —se quejó Bartolomé—. ¿ Qué pasa aquí?

—Yo sé de qué va todo esto —le bisbiseó Álvaro—. Sigue tu camino y no hagas preguntas, Bartolomé. Sabré apañármelas.

El dueñ o de la tartana trató de convencer a Álvaro de que debían buscar a don Diego Saucedo, el administrador, pero el muchacho se negó, diciendo que aquello era asunto suyo y que él lo resolvería.

Renqueante, Bartolomé siguió adelante con la tartana y él se qued ó en las inmediaciones de la entrada a la finca, rodeado por los hombres que lo apuntaban con las escopetas.

Les preguntó qué querían de él, pero ninguno respondió.

Al poco llegó Juan Morales, que cargaba con una bolsa de tela.

Venía acompañado de un tipo con aspecto de hombre de las cavernas que Álvaro reconoci ó enseguida.

Era Blas, el mismo que le había pegado a Candela hacía dos noches.

—Hombre, curita, pero si has tenido la cara dura de venir a trabajar después de saberte despedido —le dijo Juan Morales a modo de saludo.

—He venido a cobrar mi salario por los días trabajados —respondió con voz calmada.

El capataz negaba con la cabeza, riéndose.

—Y vas a cobrar, claro que vas a cobrar, pero no de la manera que tú quieres.

—No te tengo miedo, cerdo infame y despreciable. Di a estos hombres que se vayan y pelea conmigo a solas, si tienes cojones.

El mayoral volvió a negar y a re írse.

—Joder, con el curita. Pues sí que tiene huevos. —Se pasó la lengua por los labios resecos—. ¡Venga, llevadlo al medio del campo! —ordenó a sus secuaces.

A empujones y sin dejar de apuntar al muchacho con las armas, lo guiaron campo a través con el sonido de sus respiraciones, de los chasquidos de las botas sobre los charcos y del crujido de las ramas que se partían a su paso.

Ni siquiera los jilgueros se atrevían a cantar.

Se detuvieron en medio de ninguna parte.

Los pinos, los eucaliptos y los álamos los envolvieron con sus hojas h úmedas por aguacero del día anterior.

Había tanta vegetación que incluso un disparo de escopeta sonaría amortiguado y nadie se enteraría de lo sucedido.

¿Iban a matarlo? Álvaro no los creía capaces de llegar a tanto. Solo querían asustarlo, pero él no ten ía miedo. Su mejor baza era mostrarse tranquilo.

* **

Juan Morales empezó a dar vueltas alrededor de Álvaro mientras los demás seguían encañonándolo.

—A ver, curita. ¿Es que no sabes que la miel no se hizo para la boca del asno? —empezó a decir sin quitarle los ojos de encima.

Álvaro era el más alto de todos los congregados —una panda de borrachos sin escrúpulos— y estaba en mejor forma física.

Aun vestido con una simple camisola vieja remangada, una capacha de esparto cruzándole el pecho y unos pantalones raídos cubiertos por zahones, parecía uno de esos dioses a los que adoraban los romanos.

¿Por qu é el Creador bendecía a unos con todos los dones imaginables y a otros no les dejaba siquiera las migajas?

, se preguntó el capataz. Cuánto esmero había puesto el Todopoderoso en cincelar cada pequeño detalle de ese rostro: los ojos almendrados y cada una de las pestañas con las puntas rizadas; la nariz recta, los labios carnosos; la poderosa mandíbula cubierta por una sombra de barba, con ese hoyuelo que decía «b ésame».

¿Por qué la divina proporción estaba tan presente en él, mientas que el resto de los mortales parecían fabricados al por mayor y de cualquier manera?

Maldito hijo de puta.

—¿Qué problema tienes conmigo? —exigió saber Álvaro—. ¡Dilo de una vez, cabrón!

—Tú lo sabes muy bien —respondió el mayor—. Ese sabelotodo que tienes por tío te habrá puesto al tanto y no lo voy a repetir delante de esta gente. Tienes que irte de Chiclana y, si me apuras, de Andalucía.

—No.

El capataz volvió a negar con la cabeza.

—O te vas o buscaremos la forma de hacer que te vayas —amenazó.

—Pues ordena a tus perros que me disparen, porque solo muerto me podréis sacar de mi pueblo.

Juan tenía que reconocer que el muchacho tenía redaños y eso lo excitaba aún más.

Se planteó qué tipo de escarmiento debía darle.

Doña Augusta le había prohibido que lo matara y, además, la muerte era dulce y fácil.

No, el cura arrepentido debía sufrir. «¿Qué hago contigo, Álvaro?

». Había pensado en varios castigos, pero ahora que lo tenía cerca, le parecía una pena desfigurarle el rostro.

Mejor se cebaría con la espalda. Sacó una cuerda de la bolsa y se la lanzó a Blas.

—Átalo de cara al tronco —mandó.

Blas se acerc ó hacia él pasándose la cuerda de una mano a otra.

—Te tenía ganas, curita de mierda —admitió—. Ahora no estoy borracho. A ver quién gana.

Álvaro parecía tan calmado que nadie vio venir el derechazo que le propinó a su atacante. El hombre de las cavernas se tambaleó ligeramente hacia atrá s y trató de devolverle el golpe, pero el muchacho lo esquivó. Una oleada de carcajadas recorrió al grupo de las escopetas.

—Joder, Blas, ¿seguro que no estás borracho? —se burló uno de ellos.

Entonces envistió a Álvaro por el estómago y lo tir ó al suelo. Los dos rodaron sobre la hierba y se llenaron de fango.

—¿Prefieres un tiro en la cabeza, curita? —le gritó el capataz mientras observaba la pelea.

Álvaro seguía dándose de puñetazos con su adversario en lo que parecía un espectáculo de gladiadores.

—¿A qué esperá is, joder? ¡Echadle una mano a Blas, idiotas! —bramó el capataz a los de las escopetas.

—¿Le disparamos? —preguntó uno de ellos.

—¡No, coño! ¡Cogedlo y atadlo al puñetero árbol, cojones!

Hicieron falta cuatro hombres para reducir a Álvaro y atarle las muñecas alrededor del tronco. Cuando lo tuvo indefenso por fin, Juan Morales se acerc ó a él y le rasgó la camisa de arriba abajo, revelando, como no podía ser de otra manera, una espalda escultural de poderosos deltoides.

«Te marcaré para siempre y así no podrás olvidarme nunca», reflexionó. Después extrajo el l átigo de cuero de la bolsa y se preparó para asestar el primer azote.

* **

Álvaro se había resignado. Dejaría que ese malnacido hiciera con él lo que quisiera, pero no le daría el gusto de verlo quejarse. Ni un solo grito saldría de su boca. Ni una sola muestra de flaqueza. Eso no.

El primer latigazo llegó con un estallido de dolor que le parti ó la espalda en dos. Apretó los dientes y se tragó su padecimiento. Al primero le siguió el segundo. La cruz de madera de su madre rebotó en su cuello y volvió a apretar las mandíbulas.

«Eres una roca, Álvaro. Las rocas no sienten», se dijo. Las mismas frases que se habí a repetido en la infancia una y otra vez los días posteriores a la muerte de su madre.

Llegó un tercer latigazo. Y luego, un cuarto y un quinto.

El dolor era insoportable. ¿Cuándo iba a parar ese cabrón?

Había leído que las torturas de la inquisición eran efectivas no por el dolor que causaban a la víctima, sino por la certeza de que ese dolor se prolongarí a en el tiempo.

No saber cuándo se acabaría el suplicio era lo que llevaba a los sospechosos a confesar crímenes que no habían cometido. Pero él aguantaría, tenía que hacerlo.

Seis. Siete. Ocho.

Perdió la cuenta de los azotes. En un momento dado sintió la sangre correr por su espalda y entonces, oyó la voz lejana del capataz.

—Soltadlo.

Cayó al suelo como un pesado fardo de hortalizas. No podía moverse. Le costaba respirar. Los árboles daban vueltas a su alrededor.

«Eres una roca. Las rocas no sienten».

—¿Lo dejamos aquí? —preguntó alguien.

—No. Lo llevaremos al medio del camino para que alguien lo recoja. —De nuevo la voz del capataz.

Mientras lo arrastraban, Álvaro sintió ganas de llorar, pero ni siquiera pudo hacerlo. Lo depositaron bocabajo en el suelo y antes de perder la consciencia, vio la silueta de su difunta madre acercándose a él. Vestía una túnica blanca a la manera de las griegas y se veía más hermosa que nunca.

—Tranquilo, mi niño, aún no ha llegado tu hora —le susurró al oído.