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Restaban unos días para la fiesta de compromiso y Emilia no sabí a cómo sentirse.
Se suponía que debía estar feliz porque Juliana iba a cumplir sus deseos, pero sabía que la echaría mucho de menos cuando se marchara a vivir a su propia casa y, en el fondo, dudaba que su hermana lograra ser feliz con alguien como don Marcos.
Lo único bueno de las tediosas pruebas en el modisto y de los interminables encargos a las floristerías era que había pasado una mañana muy agradable en compañí a de sus primas y hasta de sus tías, pues Prestola se había mostrado tan cariñosa como siempre y Augusta parecía haber asimilado su rechazo, aunque se la pasaba soltándole indirectas sobre la cantidad de señoritas que deseaban casarse con Enrique.
Solo por la tarde y ya en el palacete de Chiclana, doña Augusta se le antojó más seria y taciturna, especialmente despué s de hablar con el capataz de la finca.
Y aún más, le había dado al ama de llaves la extraña orden de contratar a un mozo para que vigilara la puerta trasera del jardín, donde habían depositado un cargamento de velas, farolillos, guirnaldas y ornamentos de tela para la fiesta.
¿Acaso no tenían los campesinos cosas mejores que robar?
Emilia se preguntó desde cuá ndo a su tía le preocupaban tanto los adornos, si por lo general prefería la austeridad y toda aquella parafernalia había sido cosa de Prestola. Sin embargo, optó por no intervenir.
Si le molestaba el mandato de su tía era porque ni esa noche ni las siguientes podría ver a Álvaro, lo que, por una parte, le provocaba desasosiego, pero, por otra, la aliviaba.
Quizás un respiro para ambos fuera lo mejor en esos momentos.
Su último encuentro hab ía sido demasiado fogoso y le daba miedo dejar que sus más bajos instintos ganaran la batalla.
Además, no quería que Álvaro sufriera por su culpa y era evidente que la última noche lo había dejado trastocado.
Sí, quizás unos días sin verse fuera justo lo que necesitaban.
A fin de cuentas, ten ían que pensar, tal y como le habían prometido al padre Quintero.
Meditar sobre el futuro, sobre la mejor manera de proceder.
Emilia amaba a Álvaro y quería casarse con él, pero la atormentaba la idea de causar daño a su familia, en especial a su hermana y a sus primas; no se lo merecían.
Antes de la cena, se retiró a su habitación y se sentó un rato al escritorio secreter.
Introdujo en la cerradura la peque ña llave plateada de la que colgaba una borla azul y abrió la tapa, que emitió un chirrido quejumbroso antes de mostrar sus tesoros: una veintena de cartas atadas con un lazo, cera roja, un sello, papel para escribir, un tintero, una pluma, un abrecartas y varios cuadernos, entre ellos el que le había regalado Álvaro.
Lo abrió y escribió unas líneas más de su novela.
Elisa sabía que no iba a ser fácil pasar unos días sin ver a Ángel.
Necesitaba beber de sus labios casi tanto como respirar.
Se había convertido en una esclava de su mirada, de sus caricias y de sus palabras.
Porque solo él la había hecho sentirse especial por ser una mujer con ideas propias.
A veces le recordaba a uno de sus personajes literarios favoritos: Edward Rochester, que se enamoró de la mente de Jane, la institutriz de su hija.
Aunque en el caso de Elisa y Ángel, también sus cuerpos los tentaban.
La distancia les vendría bien. Refrescaría el ardor de sus sentimientos y les permitiría pensar con calma. No obstante, ¿podrían soportarlo?
Se oía la lluvia caer fuera de la casa y a Emilia se le encogió el corazón.
Esperaba que esa noche Á lvaro no la esperase durante mucho rato en la verja del jardín porque, de lo contrario, acabaría empapado.
Imaginarlo bajo el agua, con la fina camisa pegada al torso y a los recios brazos, le provocó una punzada de deseo.
Se reprendió por ello. Las señoritas no debían pensar esas cosas.
¿O sí? ¿ Acaso las mujeres no tenían los mismos apetitos que los hombres?
Escribió hasta que la criada fue a llamarla para la cena. Las palabras tenían el poder de abstraerla de la realidad.