Tierra de vino y sal 33
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Después de toda una ma ñana de pruebas en el modisto, doña Augusta acompañó a sus sobrinas, Juliana y Emilia, de vuelta a Chiclana, pues le apetecía pasar el día en el palacete ultimando hasta los detalles más nimios de la celebración.

Total, en Cádiz nadie la esperaba. Su único hijo se pasaba la mayor parte del tiempo en Sevilla, dolido y despechado, y todavía no se hab ía dignado a empezar sus estudios de especialización. Pero ya intercedería ella para que se casara pronto y bien y se olvidara de esa necia que tenía por prima.

Necia, pero hermosa, tenía que reconocer.

Después del almuerzo con su hermana y sus sobrinas, la muchacha se había puesto de muy buen humor, y con las mejillas arreboladas, los ojos brillantes y los tirabuzones oscuros enmarcando el perfecto óvalo de su cara, a doña Augusta le habí a parecido preciosa.

Era, sin duda, la más bella de la familia y comprendía que su vástago anduviera tan encaprichado.

Además, era audaz, ingeniosa, de buena conversación y de exquisitos modales, salvo cuando se empecinaba en algo y se volvía descarada e insolente.

La culpa la tenía esa fijación por la literatura, que le habí a metido en la cabeza extravagantes ideas de libertad.

Si Bernardo hubiera tenido más carácter; si no le importara tanto su biblioteca, ni el teatro ni la ópera, su hija sería muy diferente.

A su hermano ya no lo podía encauzar, pero a su sobrina, sí. O eso quería creer.

En cuanto a Juliana, casarla con su hijo nunca había sido una opción.

A Enrique jamá s le habían gustado las jovencitas tan apocadas como ella y, para colmo, estaba el tema de la enfermedad.

Era probable que ni hijos pudiera tener, y los Espinosa necesitaban herederos que perpetuasen el apellido y ampliaran las propiedades.

Por ello, que un señor como don Marcos se hubiera fijado en ella era una oportunidad que no pensaba desaprovechar.

Esa tarde, en Chiclana, la gran dama andaba en la cocina dando las directrices del menú que se serviría en la fiesta, cuando de repente Purita, que había acudido a abrir la puerta, le comunicó que Juan Morales estaba en la casa y que quería verla.

—¿A mí? —se preguntó la matriarca en voz alta.

El capataz le ca ía bien porque le parecía que su rudeza con los trabajadores era justo lo que la finca requería —sobre todo, cuando el terrateniente apenas asomaba la cabeza por allí—, pero si el hombre necesitaba tratar alguna cuestión sobre las tierras, debía hacerlo con el administrador, don Diego Saucedo, o con su hermano Bernardo, por muy poco que a este le interesaran los negocios.

Una dama nunca debía inmiscuirse en esos temas. Al menos no de manera directa.

—Está bien, dile que me espere en la biblioteca.

—Sí, señ ora.

Poco después, se dirigió hacia la estancia con pasos altaneros, dispuesta a despachar al capataz lo antes posible.

Atravesó el umbral y lo encontró husmeando entre los libros.

Vestía una camisa sudorosa, unos pantalones pardos, un pañuelo al cuello y botas altas manchadas de barro que estaban ensuciando la alfombra.

Le pareció más obeso que la ú ltima vez.

¿Qué comía? Estaba claro que su hermano le pagaba muy bien si podía permitirse esa barriga.

—Buenas tardes, señor Morales. Me han dicho que me busca, pero debe de haber sido un error. ¿En qué puedo ayudarle yo?

El capataz, con el sombrero de paja entre las manos, se volvió hacia ella con cara de espanto.

—Do-doñ a Augusta. —Se acercó a besarle la mano, pero como ella no se la tendió, se limitó a agachar la cabeza en señal de saludo y, por qué no, de sumisión—.

¿Cómo est á usted? Perdone que la moleste.

Verá, me enteré de que se encontraba hoy en Chiclana y…

bueno… tengo que tratar un tema delicado con usted.

—¿Conmigo? ¿Con una dama? Pues proceda, hombre, que no tengo toda la mañana.

Ni lo invitó a sentarse ni ella tomó asiento. La puerta permanecía abierta, tal y como el decoro exigía, y Juan Morales miró hacia el pasillo con recelo.

—¿P-podría cerrar la puerta un momento, señora? No me gustaría que nadie se enterase de lo que le tengo que decir.

—Por supuesto que no, no resultaría apropiado —se negó—. Y hable de una vez, Morales, que me está impacientando.

El hombre asintió.

—Está bien, doñ a Augusta, lo que usted diga. Verá, como usted sabe, llevo muchos años trabajando para esta familia y estoy muy agradecido por mi nuevo puesto de capataz. Soy leal, fiel y trato de hacer mi trabajo lo mejor que puedo…

—No lo pongo en duda, Morales. Vaya usted al meollo de la cuestión, por favor —lo cortó.

—Sí. Sí, claro… Se trata de… Se trata de su sobrina, la señorita Emilia.

El rostro afilado de doña Augusta se descompuso en una mueca de sorpresa. Alzó una ceja y frunció los labios, lo que hizo que dos arrugas se marcaran bajo su nariz. Volvió sobre sus pasos y cerró la puerta con sigilo. Después, lo enfrentó.

—¿Qué le sucede a mi sobrina y por qué lo sabe usted?

El capataz, de repente apurado, no sabía por dó nde empezar.

—Bueno… verá… es que… Señora, su sobrina se ha estado viendo con uno de los vendimiadores de la finca. Seguramente el muy caradura esté tratando de seducirla. Es un desvergonzado sin remedio y siempre lo he tratado con mano dura, pero claro, nunca hubiera imaginado algo así…

Doña Augusta parpadeó con lentitud. Durante su vida como señora de alcurnia había aprendido a no dejar traslucir sus emociones, a colocarse una coraza mientras su interior bullía de ira, intranquilidad, desconcierto, temor o rabia.

Al menos, delante de extra ños. Con la familia siempre podía uno explayarse.

—¿Cómo lo sabe? ¿Los ha visto usted? —interrogó con aparente calma.

—No, pero como si hubiera sido yo. Los vio mi sobrina Candela, que jamás me mentiría en algo así. La señ orita Emilia iba vestida de criada. Paseaban de madrugada por el pueblo y luego…

—Luego, ¿qué?

—Se perdieron en el interior del jardín que tienen ustedes en la parte de atrás.

—Comprendo. —La mujer no lo puso en duda; no se alteró un ápice—. ¿Cu ánta gente tiene esta información?

—Solo mi sobrina Candela, usted y yo, señora. Jamás me atrevería a decírselo a nadie más —mintió—. Como le digo, soy leal hasta la muerte a la familia Espinosa y, en especial, a usted, doña Augusta.

—Ha hecho bien en cont ármelo a mí, Morales. Mi hermano Bernardo no debe saberlo. Nadie debe saberlo. Usted se ocupará de ese malnacido y yo me encargaré de mi sobrina. ¿Le ha quedado claro?

—Sí, señora —asintió enérgicamente—. Claro como el agua.

—¿C ómo se llama ese caradura?

—Álvaro… Álvaro Alcázar.

La mujer meditó unos instantes. Su mirada se perdió en los libros de las estanterías.

—Alcázar… ¿De qué me suena ese apellido?

—Su tío, Romá n Alcázar, era el capataz de la finca antes de que yo ocupara su puesto.

La dama asintió; ahora lo recordaba. Román les había servido bien hasta que el muy osado decidió convertirse en mayeto y tener sus propias tierras. Pero si algo tenía claro, era que los sobrinos no tenían por qué parecerse a sus tíos.

—¿Quiere que lo mande a matar? — se anticipó Juan Morales.

—¿A matar? ¡Está loco! —La señora se mostró ofendida, aunque la misma idea se le había pasado por la cabeza—.

En esta familia no somos asesinos, por Dios, hombre.

Quiero que lo despida y que le dé un buen escarmiento.

Reú na a unos pocos hombres y denle de palos.

Con amenazarlo de muerte bastará. Si vuelve a pisar nuestras tierras o a rondar el palacete, lo mandaremos a la cárcel con alguna excusa.

—En eso había pensado yo, señora.

—Bien. Confío en su discreción. Lo recompensaré bien —lo sobornó—. Cuando cumpla con el encargo, le daré una buena suma a usted y a todos lo que le echen una mano. Si preguntan por el motivo del escarmiento, invéntese algo, pero jamás nombre a mi sobrina.

—Claro, señora. Eso, por descontado.

—Y ahora, váyase —lo despachó de malas maneras.

—Sí, señora.

El hombre pasó por su lado con lentitud. Olí a a sudor, a cuero y a tierra. Abrió la puerta y se marchó.

Augusta permaneció inmóvil en medio de la estancia, sopesando qué hacer. Conocía bien a su sobrina y sabía que un enfrentamiento directo solo conseguiría el efecto contrario al deseado. Si la ponía al tanto de lo que habí a descubierto, la muchacha se rebelaría contra ella.

—Maldita romántica empedernida —musitó con la mirada clavada en el rostro de óleo del antiguo dueño del palacio—. ¿Qué hago con ella, padre?

Ahora lo comprendía. Emilia habí a rechazado a su hijo —un caballero, un hombre de carrera, educado, de buenos modales y de más que generosas riquezas— por un ganapán muerto de hambre que se la pasaba arrancando uvas de las cepas.

Y todo por esas locas ideas que tenía en la cabeza. Y por llevarle la contraria, claro.

Pero no sería ella quien convirtiera a ese jornalero en un Romeo ante su Julieta.

Los amores prohibidos se volvían obsesivos y febriles, así que haría lo posible para que fuera la propia muchacha quien lo dejara.

Se le ocurría una persona que podría convencerla; una por la que su sobrina sentí a devoción, a pesar de ser una atolondrada.

«Niña descarada y casquivana, te crees muy lista, pero el diablo sabe más por viejo que por diablo», razonó.

La tentaba encerrarla en un convento, e incluso en uno de esos horribles manicomios alejados de todo y de todos, pero vendrían las habladurías y, además, sabí a que su hermano se negaría en redondo.

No. Jugaría con las cartas que tenía y, con suerte, sería como si ese tal Álvaro Alcázar nunca hubiera existido.