32
Román estaba agotado después de una intensa jornada.
Su pequeña vendimia particular ya había terminado, pero ahora trabajaba en su huerta recogiendo cebollas, berenjenas y tomates.
Estaba bebiendo agua de un botijo cuando su mujer se acercó a él y, con cara de extrañeza, le comunicó que ten ía una visita.
En la casa lo esperaba Juan Morales. ¿Querría preguntarle sobre algún aspecto técnico del trabajo en la finca?
Nunca se habían llevado bien, principalmente porque aquel hombre era un envidioso.
Un escalador y un ambicioso, hasta que no se había hecho con su puesto de trabajo, no se había quedado tranquilo.
¿Qué querría ahora? Y se presentaba en su casa , el muy descarado.
Fuera lo que fuera, aprovecharía para exigirle que dejara de molestar a su sobrino.
Le dio encuentro en la estancia que hacía las veces de cocina y de comedor y fue directo al meollo de la cuestión.
—Buenos días, Morales. ¿Qué se te ofrece por aquí? —pregunt ó en tono seco.
El capataz, más orondo de lo que lo recordaba, con sus abundantes patillas rizadas y la enorme nariz quemada por el sol, dio un paso hacia él.
—Buenos días, Alcázar. El asunto que me trae a tu casa es muy delicado. ¿Podríamos hablar a solas? —Lanzó una mirada a doñ a Manuela, que se había situado junto a su marido.
—Claro, ya me retiro —dijo ella poniendo rumbo a la puerta.
Su marido la detuvo.
—No. Lo que tengas que decirme, puedes hacerlo en presencia de mi esposa.
El otro chasqueó la lengua. No era lo que había pensado, pero confiaba en la discreción de la mujer. A la postre, a ellos les interesaba aún más que a él guardar el secreto.
—De acuerdo, pero, por el bien de todos, espero que lo que voy a contarte no salga de aquí.
El matrimonio se miró sin comprender.
—Habla, pues — apremió Román con cara de pocos amigos. Tanta parafernalia lo ponía nervioso.
El capataz sostenía su sombrero entre las manos y le retorcía el ala como si quisiera estrangular a alguien.
—Sé, sin lugar a dudas —comenzó—, aunque no revelaré la fuente, que ese canalla que tienes por sobrino ha seducido a la hija de mi señor don Bernardo: la señ orita Emilia Espinosa.
Los han visto paseando juntos por el pueblo a altas horas de la noche, e incluso en el jardín del palacio de la calle Ribera del Río, en una actitud de lo más bochornosa.
Como comprenderás, el comportamiento de ese golfo es del todo inaceptable.
O deja en paz a la señorita o me encargaré personalmente de que lo pague caro.
—Se permitió coger aire, antes de amenazar—: Si es necesario, lo acusaré ante las autoridades de robo, o peor, de intento de asesinato, y acabar á sus días en la cárcel.
Haré lo que se me ocurra, con tal de salvaguardar el honor y la dignidad de la familia para la que trabajo y a la que tanto le debo.
Román, que se había llevado una mano al pecho, estaba mortalmente pálido.
—Eso… eso no puede ser.
—Román, ¿est ás bien? —le preguntó su mujer, sujetándolo por el codo.
—Si no me crees, pregúntale a él, a ver si tiene la desfachatez de negarlo.
—Eso es imposible —seguía Román—. ¡Tú, cerdo despreciable, le tienes inquina y te lo est ás inventando todo! ¿Por qué lo odias tanto, eh? Porque es mi sobrino, ¿no es así? ¿Qué más quieres? ¿Acaso no tienes ya mi puesto de trabajo?
—El curita nunca me ha caído bien — confesó—, pero esto no tiene nada que ver con mis simpatías hacia él.
Te repito que es un asunto muy serio. Hoy he tenido que soportar su presencia en la finca sin abrir la boca por no armar un escándalo delante de todos, pero a partir de ahora no lo quiero volver a ver por allí.
Así que ya sabes, Román, o le dices a tu sobrino que abandone el trabajo y se largue de Chiclana o haré que no vuelva a ver la luz del sol.
Sin que nadie lo viera venir, Román le propinó al capataz un fuerte empujón que lo desestabilizó y casi lo hizo caer al suelo.
—¡Largo de mi casa, miserable! ¡Fuera de aquí! —Siguió empujándolo.
—Sí, sí. Yo ya me voy —coincidió el otro mientras caminaba a trompicones hacia la puerta—, pero atente a las consecuencias si no haces lo que te digo. —Abrió y cerró de un portazo.
Cuando se quedaron a solas, Román volvió a llevarse la mano al pecho. Le faltaba el aire, tenía ganas de vomitar, las piernas le temblaban.
—Manuela, dime que el Gorrino no ha dicho lo que ha dicho. ¡Dime que se lo ha inventado todo!
—Tranquilo, Román, por favor. ¿Es que quieres que te dé otro infarto? Ven, siéntate. Cuando regrese Álvaro lo aclararemos todo. Ahora, relájate.
La esposa lo ayudó a sentarse a la mesa y le ofreció un vaso de agua que sirvió de una alcarraza.
El ritmo cardíaco de Román Alcázar se fue acompasando conforme bebí a del vaso de barro cocido.
Su mujer tenía razón. Cuando Álvaro regresara, lo aclararían todo.
Ese condenado envidioso no podía estar hablando en serio.
* **
Álvaro llegó a casa de su tío como sol ía, en la tartana renqueante de Bartolomé.
Ese día el cielo tenía un color gris plomizo que le recordaba a los ojos de Emilia.
Soplaba el viento del norte y parecía que iba a llover de un momento a otro.
Después de un verano tan caluroso, era lo que más le apetecía: escuchar la lluvia tras las ventanas, leer tumbado en su camastro y pensar en Emilia y en la vida que construirían juntos.
Ya se veía escalando posiciones poco a poco, e incluso con su propio despacho.
Las leyes le gustaban. Quiz á pudiera convertirse en abogado.
No obstante, la prioridad ahora era volver a hablar con el padre Quintero para pedirle que los casara.
Había sido un día atípico en el viñedo. Juan Morales apenas le había prestado atención y se había marchado temprano y con prisas. ¿Qué le pasar ía al Gorrino?
—¡Hasta mañana, Bartolomé! —se despidió de buen humor.
—Qué remedio, compadre —respondió el otro, cansado—. ¡Hasta mañana!
La tartana enfiló la calle y Álvaro caminó arrastrando los pies hasta la puerta de su casa. ¿Qué guiso habría preparado su tía Manuela aquel día? ¿Alcauciles con chí charos?, ¿bacalao con papas?, ¿puchero gaditano? Fuera lo que fuera, estaría delicioso y él tenía un hambre atroz.
Nada más traspasar la puerta, se dio cuenta de que algo no iba bien. Sus tíos, cabizbajos, estaban sentados a la mesa. No olía a guiso ni había hogaza de pan moreno para compartir.
Silencio.
La quietud reinaba en la casa.
—Buenas tardes, tí os. ¿Va todo bien? —preguntó, y se deshizo de la capacha de esparto trenzado y la colgó sobre el respaldo de una silla.
—¿Cómo has podido hacerme esto, Álvaro? —murmuró Román con una mirada de decepción infinita.
—Rom án, por favor. Dijiste que lo escucharías antes de juzgarlo —intervino Manuela, conciliadora.
—Hacerle a usted … ¿a qué se refiere, tío? —quiso saber el muchacho tomando asiento junto a ellos.
Román respiró hondo, tratando de sosegarse.
—Dime una cosa, solo una. Y contéstame con la verdad. No quiero mentiras, Á lvaro. ¿Andas de amoríos con la señorita Emilia Espinosa?
Así que era eso. Candela había reconocido a Emilia y le había ido con el cuento a su tío. Álvaro agachó la mirada hacia las vetas de la madera de la mesa y guardó silencio.
—¡Por un demonio, contesta! —gritó su tío dando un puñetazo en la mesa.
Álvaro alzó la mirada.
—¡Sí! ¡Estoy viéndome con Emilia!
—Yo lo mato.
El patriarca de la familia se levantó con el puño en alto. Manuela lo aguantó del brazo suplicándole que se tranquilizara. El muchacho se puso en pie para plantarle cara. Era valiente y no había hecho nada de lo que arrepentirse. Amar a alguien no podía ser censurable.
—¿Quién le ha ido con el chisme, tío? —preguntó sin achantarse.
—¿ Chisme? ¡Pero qué chisme, si es verdad! ¡Si la llamas Emilia , por todos los santos!
—Se llama Emilia.
Don Román hizo otro amago de golpearlo. Manuela, colgada de su brazo, no lo dejaba actuar.
—¡ Señorita Espinosa para ti, sinvergüenza! Así que para eso dejaste el seminario, para dedicarte a seducir a señ oritas de la clase alta.
—Yo no he seducido a nadie. El amor es cosa de dos, tío.
Con cada nueva confesión de Álvaro, su tío se ponía peor.
El muchacho nunca lo había visto tan alterado.
Román siempre había sido un hombre cabal, educado, cariñoso.
¿Tanto le afectaba su relación? Le resultaba casi ofensivo que su único familiar lo considerase tan poca cosa en comparación con la dama.
—Escúchame bien, desagradecido. Si necesitas desfogarte, ¡te vas a lo de doña Rosa y te pagas a una chica! ¡¿Me has oído?! Pero como vuelvas a acercarte a la se ñorita Espinosa, te mato con mis propias manos.
Su tío no lo comprendía. No era solo un deseo carnal, que también.
Él estaba enamorado de Emilia. La amaba y la deseaba a partes iguales.
Le gustaba todo de ella y la quería siempre a su lado; no durante una noche, sino durante una vida.
¿Por qué no podían estar juntos? ¿Acaso no pertenecían a la misma especie, la humana?
¿Acaso él no era un hombre como cualquier otro y ella una mujer?
—No —dijo solamente.
—¿No, qué? ¡Mira, Álvaro, que te parto la cara!
—Román, por favor. —Manuela lloraba, mediando con su cuerpo entre los dos hombres.
—No voy a dejar a Emilia mientras ella no me lo pida. ¡No lo har é! —se envalentonó Álvaro.
—¿Tú has oído a este pánfilo, Manuela? ¡Que me va a matar de un disgusto!
—¡La amo, tío! ¿Es que no lo comprende? La amo y ella me ama a mí. Y mientras eso sea así , no me apartaré de su lado, así se opongan usted y medio mundo.
—¡Sal de mi casa, que no te quiero ni ver! ¡Sal de aquí ahora mismo!
Román apartó a Manuela y consiguió darle un empellón a su sobrino.
Y luego otro, y otro. Álvaro resistió los envites sin responder a ellos.
Jamás le pegaría a su tío, pero tampoco podía ceder a sus mandatos.
Él ya no era ningún niño. Se había convertido en un hombre, en el dueño de su propia vida.
Y sí , les debía mucho a Román y a Manuela, todo cuanto tenía y todo cuanto era, pero no por ello iba a doblegarse a sus intereses.
—Si usted quiere que me vaya de su casa, me iré, tío —aceptó con los ojos vidriosos—. Pero no me pida que deje de ver a Emilia porque sería como pedirme que dejara de respirar.
Por un momento, todo el mundo se quedó quieto. Román y Manuela parecieron conmovidos ante la sinceridad y la profundidad de los sentimientos del muchacho, a quien querí an como a un hijo.
—¿Es que no lo entiendes, Álvaro? —Su tío bajó por fin el tono de voz—.
Te has quedado sin trabajo. Juan Morales irá a por ti.
Te destrozará. Pretende que te metan en la cárcel inventándose alguna excusa.
Y eso es lo menos que puede pasarte. Está en juego el honor de una señ orita.
Si llega a oídos de la familia Espinosa, date por muerto.
A la mención del nombre del capataz, los ojos de Álvaro pasaron de las lágrimas al fuego.
—Lo sabía. Sabía que había sido ese malnacido de Juan Morales. Maldito hijo de puta. Se va a enterar. Además, me tiene que pagar el sueldo. ¿O qu é se cree? ¿Qué me voy a marchar así como así después de tantos días trabajando a destajo?
—No lo busques, Álvaro —le suplicó su tía—. Tengo ahorros. Nosotros te ayudaremos para que vayas a otro sitio. A M álaga, a Madrid, al norte, donde tú quieras. Así podrás empezar de nuevo.
—¡No empezaré de nuevo sin mi novia, tía!
—¡ Mi novia ! ¡Ay, por el Señor y la Virgen! Deja que se vaya este insensato, Manuela. Que le pase lo que le tenga que pasar, que merecido lo tiene, por terco —aceptó Román, resignado.
Álvaro cogió su capacha del respaldo de la silla, abrió la puerta y observó el cielo gris de aquel día de otoño. Su vida acababa de cambiar para siempre.