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Juan Morales abandonó la casa de citas a la una y media de la noche y lo hizo con la misma sensación de vací o de siempre.
Reconocía que las muchachas de doña Rosita eran muy complacientes, pero las mujeres lo satisfacían solo en parte.
A fin de cuentas, quienes lo encendían de verdad eran los de su propio sexo.
Era una certeza que lo atormentaba desde que se dio cuenta en la adolescencia, pero que jamás se atrevería a revelar por el alboroto que provocaría en un pueblo tan atrasado como Chiclana.
Sí, atrasado. Porque por mucho que ahora fuera una ciudad, aquel rincón del sur seguí a siendo una villa anclada en la Edad Media.
¿Qué iban a pensar de él? Era capataz de una finca muy importante.
Tenía una reputación que mantener. Desde «desviado» hasta «maricón» , se imaginaba una docena de insultos que lo hundirían en la más grande de las miserias.
Por eso tenía que aguantarse con las mujeres y anhelar, en secreto, a ciertos ejemplares masculinos, como a Álvaro, del que se confesaba enamorado hasta el tuétano.
¿Sería posible que, por caprichos del destino, sobrina y tío estuvieran interesados en la misma persona? Maldito fuera el muchacho. ¿Por qué no se había quedado en el dichoso seminario y se había ordenado sacerdote? Hasta imaginarlo con la sotana le resultaba tentador.
Llegó a casa un rato después y más ebrio de lo que solía. Encontró a su sobrina sentada en una silla de enea, con los brazos y la cabeza apoyados sobre la mesa. Lo estaba esperando.
—Otra vez de juerga por ahí, ¿verdad, mala pé cora? —la regañó en cuanto la vio.
Ella alzó la cabeza. Tenía el pelo alborotado y parecía que había estado llorando.
—Hoy ha llegado usted más tarde que yo —le respondió altanera.
—Me vas a convertir en el hazmerreír del pueblo, acost ándote con todos como una puta —siguió, más por pagar con alguien su insatisfacción que porque estuviera, en realidad, enfadado con su sobrina—. Debí darte de palos cuando eras más joven, ahora ya no tienes remedio.
—Calle ya, tío —lo cortó—, y escúcheme, que la que le voy a soltar es gorda.
El capataz se quit ó la chaqueta que apestaba a tabaco y luego se deshizo de las botas. Se sentó en otra de las sillas que había junto a la mesa y la miró expectante.
—¿Qué chisme te traes ahora?
—No es ningún chisme, tío, puesto que yo lo he presenciado todo.
Juan se pasó las manos por la cara, tratando de despejarse.
—Su éltalo ya, que tengo sueño.
Candela se mordió el labio. Sabía que la noticia no lo dejaría indiferente.
—¿A que no sabe con quién anda de amoríos Álvaro Alcázar?
A la mención del nombre, puso toda su atención en su sobrina. Ya no existía nada en su casa desvencijada que no fuera aquella joven rebelde y lo que le tenía que contar.
—¿El curita? —preguntó por centrarse, pues de sobra sabía que era el único Álvaro Alcázar que hab ía en Chiclana.
—El mismo.
—¿Con quién? ¿Con quién anda de amoríos? ¡Habla de una vez! —exigió dando un golpe en la mesa con la palma de la mano abierta.
La muchacha respiró hondo.
—Pues con una de las hijas del amo. Esa que se llama Emilia, que tiene ojos de gato y piel de porcelana —explicó—. Se cree muy refinada y distinguida y solo es una mujer con anhelos de mujer, ¡como todas!
La sangre comenzó a circular a toda velocidad por el cuerpo de Juan Morales mientras su cerebro intentaba procesar la información.
¿Era posible que uno de los jornaleros a su cargo hubiera enamorado a una damita de la crema y nata gaditana y que ella le correspondiera?
Sí, claro que era posible. La belleza atraía a la belleza, y Álvaro, además de tener un físico envidiable, era un chico culto e inteligente.
Lo había escuchado cuando hablaba a los dem ás trabajadores de sus pensamientos de libertad y no le cabía duda de que, si se lo propusiera, podría llegar a ser un líder de masas.
De ideas nuevas y mente abierta, representaba el futuro: ese nuevo país en el que no habría abusos por parte de los terratenientes, ni tan siquiera clases sociales; esa España en la que nadie se burlaría de los hombres como él: como Juan Morales.
Pero ¿c ómo había sucedido? ¿Cuándo se habían visto? ¿Dónde? Era prácticamente imposible que una joven dama coincidiera con un simple peón en m ás de una ocasión. Recordó entonces la inesperada y extraña visita de la señorita al viñedo unas semanas atrás.
—¡Con la señorita! ¡Qué dices! ¿Estás segura, Candela?
El capataz se levantó de la silla, la tomó del brazo y la zarandeó.
—¡Que sí! Iban paseando por el pueblo. Ella vestía ropas de criada y llevaba una toquilla sobre la cabeza, pero le reconocí la voz y las manos.
Luego los seguí. Él la acompañó al palacio de los Espinosa y allí, en los jardines de atrás, se pusieron a retozar como dos conejos en celo.
¡Fue asqueroso! —exclamó con un amago de llanto.
El rostro del señor Morales ardía de rabia e indignación. Candela, aunque triste, parecía satisfecha con lo que acababa de hacer; hab ía conseguido lo que quería.
—¿Qué va a hacer, tío? Se lo va a decir a don Bernardo, ¿verdad?
El capataz daba vueltas alrededor de la mesa.
—¡No! —determinó—. Ni una palabra a don Bernardo ni a nadie, ¿me has entendido?
¿ O es que quieres que nos despidan? Este asunto es muy serio.
Si se corre el rumor de que la hija del amo anda de amoríos con un peón, la familia caerá en desgracia y nosotros seremos los primeros a los que pondrán de patitas en la calle.
Déjame actuar a mí. Yo sé cómo tengo que proceder.
—¡Pero tío…!
—¡Que te calles, Candela! Como te vayas de la lengua, te mato —amenazó, señalándola con el dedo índice.
Ella también se puso en pie, arrastrando sonoramente la silla hacia atrás.
—Entonces, ¿qué? ¿No piensa hacer nada? ¿Va a dejar que esos dos sigan por ahí, paseando y fornicando?
El capataz le dio un guantazo y la muchacha se llevó la mano a la mejilla, justo donde le había pegado.
—Te he dicho que yo sé lo que tengo que hacer —le repitió—. Y ahora, vete a tu cuarto.
Candela se marchó de la estancia hecha una energúmena dando un portazo.
Juan Morales se acarició la barbilla. Debí a pensar muy bien sus próximos movimientos, pero tenía muy claro que solo dos personas debían conocer la información que Candela acababa de revelarle.
Con suerte, muy pronto Álvaro y Emilia estarían separados para siempre.
Solo en una cosa estaba de acuerdo con su sobrina: si el amor de Álvaro no era para él, no sería para nadie.