Tierra de vino y sal 30
37%

30

Candela corrió por la calle de la Vega a toda velocidad antes de que a Blas se le ocurriera reclamarla a su lado.

Su última conquista era un tipo rudo, tosco; un orangután, y, sin embargo, ella había estado coqueteando con él toda la noche porque no había nada que le gustara más en el mundo que sentirse deseada.

En el pueblo eran muchos quienes la adulaban y estaba tan acostumbrada a ser el centro de atención que le molestaba cuando un hombre no la miraba. Hab ía uno en concreto que la ignoraba con tanta contundencia que provocaba sus desvelos nocturnos y la traía por la calle de la amargura.

Álvaro.

Ese cura arrepentido era tan buen mozo que despertaba sus más bajos instintos y la hacía suspirar a todas horas.

Tenía unas hechuras de actor que ella nunca había visto entre los jornaleros; una mirada que te traspasaba hasta el alma y una voz profunda y calmada que estaba hecha para actuar en el teatro y susurrar palabras de amor al oído.

«Maldito seas, curita», renegaba ella una y otra vez. Ella , Candela Morales, que, a su corta edad, había yacido ya con varios hombres y sabía cómo volverlos locos de deseo. La misma que resultaba invisible para Álvaro.

«¿Quién será la sirvienta que acompaña al muchacho?

», se pregunt ó. Su voz le había resultado familiar; sus manos, bajo la toquilla, blancas y suaves en exceso; incluso juraría que llevaba un anillo de oro en el meñique.

No, ni las criadas ni las campesinas tenían esa clase de alhajas.

¿Y si…? No, no podía ser. Era imposible. Y de ser cierto, sería un escándalo.

¿C ómo podía averiguarlo?

Candela se agazapó en una esquina de la calle y esperó a verlos pasar.

Iban tan acaramelados que ni siquiera se percataron de su presencia.

La forma en la que él le pasaba el brazo por los hombros, como si ella fuera su tesoro más valioso, la enfureció.

Los siguió desde lejos y, para su horror, vio có mo cruzaban el Puente Chico y se dirigían a la parte trasera del palacete de los Espinosa de los Monteros. ¿Sería posible que…?

Abrieron la verja. Se detuvieron un momento en la entrada y luego la señorita lo arrastró dentro.

Los vio internarse en una casa de cristal llena de plantas y percibió con nitidez las siluetas de ambos pegándose contra la pared y besándose con frenesí .

¡Maldita, maldita fuera mil veces esa señoritinga que se creía mejor que ella! ¡No era más que una ramera como tantas!

Esperó en su escondite hasta que, un rato después, los dos salieron de la pequeña edificació n. La joven ya no llevaba pañoleta y, a la luz de la farola más cercana, distinguió su rostro pálido y sus inconfundibles ojos claros.

—Que caigan sobre ti todas las desgracias de este mundo, Emilia Espinosa —sentenció a la oscuridad.