29
Llegaron a la verja del jardín poco después. Emilia todavía temblaba y é l no sabía cómo tranquilizarla.
—Siento que hayas tenido que presenciar una escena tan vergonzosa, pero no soporto a los hombres que pegan a las mujeres.
—Has hecho bien en defenderla. Es solo que… que me he asustado. Pensé que ese bruto te haría daño.
—Lo siento, Emilia.
La dama introdujo la llave en el candado y abrió con sumo cuidado. Álvaro se quedó donde estaba. No se atrevía a traspasar el umbral si ella no lo invitaba. Se miraron.
—Esa muchacha… Candela, tiene mucho interé s en ti. ¿No es así? —indagó ella.
¿Sería posible que Emilia estuviera celosa? Álvaro no daba crédito. ¿Es que no veía que solo tenía ojos, o ídos y corazón para ella?
—Eso parece, pero siempre le he dejado claro que no me interesa.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—Es guapa y, además, es de tu… —Emilia se calló de golpe.
—¿De mi clase social? ¿Es eso lo que ibas a decir?
—No… Yo… Perdóname.
—Sí, Emilia. Pertenece a mi clase social y todo sería más fácil si la amara a ella, pero resulta que me he enamorado de ti como un completo idiota.
¿Qué hago? ¿Me saco el corazón? —Le cogió las manos y se las llevó al pecho.
Ella sintió sus latidos, el fluir de la sangre bombeando su cuerpo grande y joven, lleno de vida.
—No quise decir eso, de verdad. No lo pienso. Lo de las clases sociales es un invento humano para que unos se aprovechen de otros…
—¿Estás segura, Emilia? —Se acercó un paso a ella en actitud intimidante, observándola con la cabeza ladeada—. Piénsalo bien antes de que me siga enamorando más de ti. No me hagas daño. No juegues conmigo. No me partas el corazón. —Sin pretenderlo, su discurso termin ó en súplica.
Estaba mostrando más vulnerabilidad de la que nunca había dejado ver a nadie y eso lo aterraba. A veces parecía un niño pequeño cuando estaba con ella. O un reverendo imbécil. El amor que sentía era tan grande que lo llenaba de temores.
—Yo te amo, Álvaro —aseveró.
El muchacho, encendido ante sus palabras, traspasó el umbral imaginario que los separaba y la besó con ardor. Sus cuerpos, sin las corazas del corsé ni del cancán estaban demasiado juntos. Los pechos de ella rozando los pectorales de él. La entrepierna de él entre los muslos de ella.
—Ven. —Emilia tiró de su mano y lo guio hacia el invernadero.
Abri ó la puerta de hierro forjado y vidrio y lo empujó hacia el interior, donde una intensa fragancia, mezcla de decenas de flores —damas de noche, jazmines, rosas, claveles, petunias, gardenias— le inundó las fosas nasales.
Sin previo aviso, Emilia le dio un mordisco en la barbilla, justo en el hoyuelo que dividía en dos su mandíbula y él la pegó con fuerza a una de las paredes de cristal para seguir besándola.
La estructura del invernadero se tambaleó, a pique de hacerse añicos, y los dos se rieron.
— Shhh… Nos van a pillar —lo regañó ella en voz baja.
—Solo a ti se te ocurre encerrarme en una habitación de cristal y darme un mordisco —bromeó—. ¿No ves que soy un peón sin modales?
—Un peón sin modales que vale más que todos los caballeros de España puestos en fila.
Á lvaro le besó la base del cuello y ella se encendió de deseo ante el gesto. Acto seguido, enredó los dedos en el pelo de su nuca, atrayéndolo.
—Álvaro… —le susurró al oído.
Él recorrió la lí nea de su mandíbula a besos. Su respiración se aceleraba por momentos.
—Emilia, por favor, pídeme que pare. Dime que pare, porque yo no tengo voluntad.
—No quiero que pares… Álvaro. Yo también te deseo.
Las palabras de ella lo arrebataron. El anhelo lo consumía.
Deseaba tanto unir su cuerpo al de ella de todas las maneras posibles que hasta se imaginó una prole de niños con rostros que eran diferentes combinaciones de los suyos.
Hoyuelos y ojos grises; piel de porcelana y ojos castaños.
Niños y niñ as hermosos que crecerían sanos para convertirse en hombres y mujeres inteligentes y orgullosos, igual que ellos.
Su descendencia. Su estirpe. Los frutos de su amor.
—Emilia… quiero que seas mi mujer, mi esposa, mi compañera, mi amiga, mi alma gemela, la madre de mis hijos… Quiero que lo seas todo para mí.
Y, de repente, ella detuvo sus caricias.
* **
Emilia ardía de pasión. La cercanía de Á lvaro la embriagaba más que el perfume de las flores.
No le importaba nada más que ese hombre que tenía pegado a ella.
Estaba dispuesta a dejarse llevar, a perder su honra, a entregarle lo más preciado que tenía una señorita de bien.
Y, sin embargo, ante el sonido de la palabra «madre», se quedó quieta, como si fuera otra de las estatuas de alabastro que decoraban aquel vergel artificial en medio de la ciudad.
Álvaro lo not ó y paró en seco.
—¿Qué te pasa, amor mío? ¿He dicho algo malo?
—No, es solo que…
—¿Qué? Si no estás segura, dímelo. No quiero que hagas nada que no desees —manifest ó él, que hacía un esfuerzo titánico por volver a la calma.
—Deseo hacerlo, Álvaro, es solo que… que tengo miedo. Nunca he estado con un hombre y bueno… Me asusta quedarme embarazada. Mis costumbres pesan demasiado y me gustaría que nuestros hijos nacieran dentro del matrimonio. Respetemos al menos eso. ¿No crees?
Álvaro tragó saliva, tratando de serenarse.
—Lo… lo comprendo —dijo al fin—. Esperaré lo que haga falta. Quiero que seas mi esposa —repitió .
—¿De verdad que no te importa?
—No. —El sudor le perlaba la frente—. Pero, por favor…
—¿Sí?
—Dame un poco de agua fresca, mujer, que ahora sí que creo que me estoy ahogando.
Ella soltó una carcajada. Miró alrededor y localizó la regadera de latón con la que había estado regando las plantas aquella mañana.
Estaba en la mesita de mimbre, junto a la maceta de peon ías que había abandonado allí su primo muchos días atrás.
Acordarse de Enrique en aquellos momentos le produjo una extraña inquietud.
—¿Te servirá esto? —le ofreció mostrándole la regadera.
—¿Es agua o matarratas? —brome ó él para relajar el ambiente.
—Es agua, tonto.
—Entonces, sí.
Álvaro la cogió del asa, se acercó la roseta a la boca y bebió con avidez de los finos chorros que salieron disparados de los múltiples orificios, impregnándose el chaleco y la camisa, que se le pegó al cuerpo.
A Emilia le provocó risa verlo tan descompuesto, pero hizo lo posible por aguantarse para que no creyera que se estaba burlando de él.
—¿Te lo estás pasando muy bien, no? —comentó en el mismo tono de broma, cuando terminó de beber.
—Discúlpame. Te compensaré por todo esto.
—Yo sí que te compensaré. Te daré mil besos al día y tendr ás que contarlos.
Ella lo abrazó con ternura y él le olió el cabello y le besó la cabeza.
—Debería marcharme —murmuró él.
—Sí, lo s é. Pero no quiero.
—Ni yo.
Se dieron un beso fugaz en los labios y Emilia lo acompañó hasta la verja. Cerró con cuidado y colocó el candado.
—Te quiero, Emilia.
—Te quiero, Álvaro.
La noche se tragó a su amado y la señorita Espinosa regresó a su habitación.