28
Traspasaron la puerta abierta cogidos de la mano y accedieron a una sala amplia en la que reinaba un ambiente distendido y jovial, aunque el aire estaba viciado por el humo de las velas y por la cantidad de parroquianos que ocupaban las mesas y charlaban en animosa calma.
Álvaro se preguntó si había hecho bien en llevarla allí, pero Emilia no parecía incómoda, solo un poco agitada.
Se sentaron en una mesa del fondo que permanecía oculta tras un pilar y solo entonces Emilia se atrevió a retirarse la toquilla de la cabeza.
Una profusión de bucles castaños cay ó sobre su pecho y su espalda, y cuando sonrió, sus ojos centellearon bajo la luz de las velas.
Sus labios de aspecto suave pedían silenciosamente ser besados, pero Álvaro se limitó a acariciarle la mejilla con ternura.
—¿Me habrán reconocido? —preguntó ella, cogiendo su mano.
—No lo creo. Jamás se imaginarían aquí a la hija de un terrateniente. Sin embargo…
—¿ Qué?
—Tus modales son demasiado refinados —apuntó él con una sonrisa torcida.
—¿A qué te refieres? No he hecho nada, salvo sentarme.
—Exacto. Es la manera en la que caminas, en la que tomas asiento con la espalda erguida y apoyas las manos en el regazo… Caramba, Emilia, eres muy elegante. —Se rio con suavidad.
—Lo… lo siento.
Álvaro le colocó un bucle tras la oreja.
—No te disculpes. Te han educado así. Además, a mí me gustas mucho. Demasiado.
Ella volvió a sonrojarse y Álvaro se sintió halagado por provocar ese efecto en la muchacha que amaba.
—¿Y cómo se supone que tendría que actuar aquí? —quiso saber.
—Pues… a ver. Coloca los codos sobre la mesa —le propuso.
—¿Los codos sobre la mesa? Eso es de mala educación.
—¡De eso se trata! —volvió a reír—. La gente del pueblo lo hace por comodidad y porque nadie les ha enseñ ado a hacerlo de otra manera.
Emilia hizo justo lo que le decía y se le escapó una risilla nerviosa.
—Aprendes rápido.
—Tengo un buen maestro.
Se les acercó entonces el camarero para preguntarles qué deseaban tomar; un tipo enclenque que, sin disimulo, repasó cada recoveco del rostro, el torso y los brazos de Emilia. Álvaro sintió un repentino temor a que pudieran descubrirla y su instinto protector salió a flote.
—¿Qué miras, rapaz?
—Tranquilo, jefe —respondió el camarero alzando las manos en señal de paz.
Emilia carraspeó, incómoda.
Álvaro trató de relajarse y suavizar el ambiente.
—¿Ten éis el plato estrella?
—Sí, por supuesto.
—Pues que sean dos raciones —pidió, y antes de que el empleado se marchara con la comanda, le encargó algunos entrantes con la esperanza de que a Emilia le apetecieran.
La dama aprovechó el momento a solas para hacerle saber que traía dinero para pagar, a lo que Álvaro, ofendido, se negó rotundamente.
—Los hombres y vuestro orgullo —se quejó ella.
—No es porque sea hombre, sino porque yo te he invitado a venir.
En realidad, tampoco era por eso. Álvaro no quería que la señorita pensara en su pobreza. Quizás no pudiera llevarla a un restaurante lujoso, pero sí podía invitarla a comer en un lugar decente. Era lo menos que podía hacer para demostrarle que una vida a su lado no tenía por qué implicar penurias.
Poco despu és, la mesa estaba repleta de cuencos de barro y Emilia ya había probado de un par de ellos. Las aceitunas verdes estaban en su punto de sal, las tortillitas de camarones le parecieron muy jugosas y ya solo le quedaba el plato principal.
—Necesito un tenedor para sacar la carne de las almejas —pidió ella con la mirada perdida en su cuenco.
—¿Un tenedor? Aquí todo el mundo se las lleva a la boca y sorbe —le explicó el anfitrión haciendo el gesto que acababa de explicar—. Además, no son almejas. Son coquinas . Si te fijas, son más peque ñas y alargadas y su concha es más lisa que la de las almejas.
A Emilia no le quedó más remedio que coger uno de aquellos moluscos con los dedos y llevárselo a la boca. Sorbió, y al oír el ruido que ella misma había provocado, le dio la risa floja.
—Lo siento —dijo sin dejar de reírse.
—No te disculpes má s, mujer. Eso es que te ha gustado. ¿A que sí? —quiso saber él, expectante.
La dama se pasó la lengua por los labios, misteriosa.
Distinguió el sabor salado y terroso de la carne y, después, el de la salsa —una mezcla de cebolla, ajo, perejil, pimentón, laurel, aceite de oliva y, por supuesto, vino manzanilla—.
Álvaro tení a razón: aquel plato estaba muy sabroso, bastante más que muchos de los suculentos manjares que Honoria le servía en las delicadas piezas de porcelana de la Cartuja de Sevilla, de ese empresario inglés llamado Pickman.
—Está delicioso —coincidió.
El muchacho le mostró los dientes blancos y los hoyuelos de las mejillas.
—Pues venga, no te cortes. Moja pan.
Emilia arrancó un pedacito de pan moreno con las manos, lo restregó por el fondo del cuenco y se lo llev ó a la boca. A la tía Augusta le habría dado un infarto de ver sus modales, pero ella se lo estaba pasando en grande.
—Otro día te invitaré a caballa con babetas —comentó él entre sorbo y sorbo—. La siguen cocinando de la misma manera desde los tiempos del asedio de Cádiz.
—¿De verdad? —se interesó ella.
—Sí, o eso dicen. Tendremos que preguntarle a Rosalí a.
Álvaro no dejaba de hacer planes de futuro y, aunque fuera por unas horas, Emilia se dejó llevar.
La pareja de enamorados se quedó charlando en el salón comedor hasta que todas las mesas se quedaron vacías y el camarero empezó a carraspear y a hacer ruido arrastrando sillas y apilando cuencos y platos.
El tiempo pasaba volando cuando estaban juntos.
Emilia se cubrió de nuevo con la toquilla y salieron al aire frío de la calle.
Álvaro la llevaba cogida de los hombros mientras caminaban de vuelta.
Ahora avanzaban a paso lento. No quer ían que la noche terminara.
—¡Eh, Álvaro! ¿Adónde vas tan bien acompañado? —preguntó de repente una voz ronca de mujer a sus espaldas.
Solo el muchacho se giró, mientras que Emilia permaneció de espaldas y cubierta con la toquilla. Temblaba.
* **
Álvaro enseguida la reconoció. Era Candela, que salía de una taberna de baja estofa acompañada de un tipo con aspecto de hombre de las cavernas: frente amplia, boca abultada y cuello para dos cabezas.
El tipo la agarraba de la cintura de manera posesiva y ella tuvo que hacer un esfuerzo para librarse de su agarre.
—Preséntame a tu novia, ¿no? —le pidió la sobrina del capataz con rabia en la voz.
Llevaba los cabellos rizados alborotados y vestía una breve camisola que dejaba al descubierto sus hombros morenos y una saya parda raída por los bordes. Parec ía ebria cuando le clavó los ojos oscuros.
—Vamos, no te cortes. Estamos entre amigos —insistió.
—Que pases una buena noche, Candela —se despidió él. Se dio la vuelta y siguió su camino.
—¡He dicho que me presentes a tu novia! —gritó más fuerte.
Álvaro la ignoró . Sin embargo, algo lo hizo detenerse y girarse de nuevo. Había oído un golpe. El tipo de las cavernas estaba zarandeando a la joven.
—¡Serás ramera! ¡Estando conmigo piensas en otro!
—Eh, déjala, amigo —intervino.
El hombre lo miró con el estrabismo que le provocaba el alcohol.
—Anda, pero si es el cura. Ven aquí, curita, que te parta la cara de figurín —lo ret ó, al tiempo que se remangaba la camisa sobre los brazos nervudos.
—No, Blas, para. —Candela le puso una mano en el pecho y el tipo la apartó de un empujón.
—¿Qué pasa, curita, tienes miedo? —inquirió el tipo de las cavernas acercándose con paso parsimonioso—. ¿Le vas a pedir a los ángeles que bajen a socorrerte? Tengo para todos, hasta para el de la cruz.
Álvaro segu ía clavado en el sitio. No avanzaba, pero tampoco huía.
—No quiero peleas. Deja que la señorita se vaya a casa —contestó.
Emilia se había dado la vuelta, pero permanecía oculta tras la toca.
—¿Señorita? ¡La puta esta! ¡Har é lo que me dé la gana! —dijo antes de propinar un derechazo al aire.
Candela gritó. Emilia gritó. El tal Blas repitió el gesto, pero Álvaro volvió a esquivar el puñetazo.
—¡Vámonos, Á lvaro! —dijo Emilia sin poder evitarlo.
Candela la examinó, pero no logró vislumbrar su rostro bajo la tela. Después, el puño de Álvaro acertó de lleno en la nariz de Blas. El tipo cayó al suelo, en parte por el golpe y en parte por el alcohol. Le sangraba la nariz.
—¡Hijo de puta! —bramó desde el adoquinado, tratando de incorporarse.
Varios parroquianos salieron entonces de la taberna para ver qué pasaba.
—Candela, vete a casa —pidió Á lvaro.
La joven, avergonzada, salió corriendo.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó el tabernero, que se limpiaba las manos en el delantal.
—Este imbécil estaba acosando a una muchacha, pero creo que ya se va a dormir la mona —respondió Álvaro.
—Está bien. Tengamos la fiesta en paz.
Varios conocidos de Blas lo ayudaron a levantarse y se lo llevaron a rastras mientras maldecía e insultaba a quien lo había dejado en ridículo. Álvaro le dio la mano a Emilia y se marcharon a paso ligero.
13 . Actual calle Constitución.