Tierra de vino y sal 27
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Álvaro leyó tres veces la nota de Emilia, que, con una caligrafía elegante, le dec ía:

No estoy prometida. Solo te quiero a ti. Ven al jardín.

E. E.

—¿Y dice usted que se la trajo una de las criadas de la casa de don Bernardo Espinosa?

—Que sí, que sí —le repitió la anciana—. Pero ten cuidado, hijo. No quiero que te pase nada. Los ricos pueden ser muy crueles con los de nuestra clase. Si se enteran…

—Nada me va a pasar, doña Rosalía.

—La amas, ¿verdad? —preguntó la señora, tomándole una mano—.

No puedo verte, pero oigo tu respiración acelerada cuando estás con ella.

Tu voz se dulcifica, tus modales se vuelven más elegantes, tus maneras más delicadas.

Estoy segura de que te brillan los ojos y tienes la sonrisa dibujada en la cara.

Él rio con suavidad. Ni a una mujer ciega había podido ocultar sus sentimientos.

—Así es, doña Rosalía. La quiero como no he querido a nadie y no es algo que esté en mi mano dejar de sentir.

Esa noche Álvaro se aseó con esmero, se puso su mejor camisa, sus mejores pantalones y su único chaleco. Lanzó piedrecitas al balcón de Emilia y luego la esperó en la verja del jardí n.

—Álvaro.

—Emilia.

Se dijeron sus nombres antes de besarse con ardor a través de los barrotes.

—¿De verdad que no te vas a casar? —le preguntó él, aliviado—. ¿No me estás engañando?

—No, mi amor. Querían fraguarme una boda, pero me negu é. No me voy a casar, te lo prometo.

Él se separó de ella unos centímetros sin soltarle las manos.

—Siento haberme alejado de ti estos días. No soy Dios… solo un hombre, y los celos me corroían. ¿Quién es él?

—Qu é más da. No lo amo. Solo te quiero a ti.

Se besaban en los labios, en los párpados, en las manos.

—Está bien. Te creo.

Emilia le enseñó entonces el manojo de llaves que la empleada principal de la casa solía llevar colgado del cinturón.

—Mira lo que traigo —anunció—. Se las he robado al ama de llaves. Estoy cansada de que nos veamos entre rejas. Quiero que demos un paseo tú y yo; que vayamos a cenar y a tomar un vino; a caminar bajo la luz de la luna. Quiero que esta noche solo seamos un hombre y una mujer del pueblo.

—¿ Estás… estás segura? —preguntó él. Las dudas con respecto al amor de la señorita se habían esfumado y de repente no podía dejar de sonreír.

—Sí, bobo. ¿Crees que me reconocer án?

Álvaro se fijó entonces en que Emilia vestía ropas humildes. Ella le explicó que se las había pedido prestadas a Puri, la criada en quien más confiaba y la que le guardaba todos sus secretos.

—Es usted muy astuta, señorita Espinosa —reconoció él.

Emilia frunció el ceño, como si las palabras de Álvaro hubieran traído a su mente un mal recuerdo.

—A lo mejor te molesta que piense por mí misma. ¿Crees que soy una marisabidilla? —quiso saber.

Él sonrió y, a través de las rejas, apoyó su frente sobre la de ella y le sostuvo el rostro con ambas manos. Le acariciaba las mejillas con los pulgares cuando dijo:

—¿Có mo me va a molestar, Emilia? Tu inteligencia es lo que más me gusta de ti.

Emilia agachó la mirada, ruborizada, como si nunca nadie le hubiera dicho un piropo que no tuviera que ver con su físico.

—Bien, en ese caso —dijo ella, recuperando la compostura—, apártese, caballero, que voy a salir de mi prisión.

La muchacha introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta con sumo cuidado para que no chirriara.

Sin barreras que los separasen, los jóvenes se fundieron en un abrazo reconfortante.

Ella apoyó la cabeza sobre los músculos de su pecho y él aspiró el aroma de su cabello.

El inconfundible perfume a jazmín y azahar le nublaba a Álvaro el entendimiento.

Sintió a la muchacha trémula y tibia entre sus brazos y la imaginó desnuda, como una ninfa recién salida de un arroyo.

Deseó cogerla en brazos y llev ársela a un lugar secreto y precioso para cubrir su cuerpo de besos.

Sin embargo, se conformó con darle la mano.

—¿Adónde me vas a llevar? —quiso saber Emilia mientras caminaban bajo la luz mortecina de las farolas de aceite.

—Hay una fonda sencilla donde nadie te presta demasiada atención y se come muy bien —explicó él—. Allí cocinan mi plato favorito.

—En ese caso, tendré que probarlo.

Él la observó de reojo, embelesado. Todavía no pod ía creer que una dama como Emilia caminara de su mano con tanta naturalidad.

Se sentía como si un hada lo hubiera tocado con su varita para convertirlo en príncipe.

Pero la vida no le iba a poner las cosas fáciles.

Al girar la esquina de la calle detectó en la oscuridad el fuego del cigarrillo del sereno y se dio cuenta de que el vigilante nocturno descansaba sobre una pared.

—¡Eh, quién va! —gritó el hombre, apuntándoles con el chuzo.

El joven tiró de Emilia y salieron corriendo sin soltarse las manos.

—¡ Alto! ¡Quién va! —insistió el guardián de la noche, que empezó a caminar a paso ligero tras ellos.

La campanilla del chuzo alertó a unos cuantos vecinos somnolientos que se asomaron a los balcones, pero la pareja de enamorados no dejó de correr.

«¡Alto ahí !», seguía gritando el sereno.

Álvaro y Emilia se refugiaron tras un carruaje con el corazón latiéndoles a toda velocidad y riéndose a carcajadas.

—«En dando las diez, dejad la calle para quien es: los rincones para los gatos y las esquinas para los guapos» 12 —susurró ella muy cerca de su boca.

—¿Es un refrán? —preguntó él en voz baja.

—Sí, se lo he oído decir a las criadas.

—Me gusta. ¿Y qué somos nosotros, gatos o guapos?

Emilia rio como solo podían hacerlo las personas felices y Álvaro se sintió eterno, invencible. Nada ni nadie podría separarlos.

12 . Refrán recogido por Cecilia Böhl en su obra No transige la conciencia (1857).