Tierra de vino y sal 26
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A Emilia no se le ocurría cómo volver a ver a Álvaro.

El muy obstinado no había vuelto a aparecer por su casa y ella necesitaba saber qué estaba rumiando.

Quizás su novio esperaba que ella fuera la siguiente en mover ficha, y eso haría.

Después de explicarle mil veces d ónde estaba la casa de doña Rosalía, Emilia le pidió a su fiel Purita que le llevara una nota para Álvaro.

Se quedó en la calle hasta ver cómo la criada se perdía en dirección a la plaza de la Escalereta.

Cuando desapareció de su vista, no obstante, vio venir una carretela que conoc ía bien.

Poco después, la tía Augusta hizo su entrada en el palacete con su nariz respingona alzada, como si percibiera un perfume desagradable.

Saludó a Emilia, al mayordomo y al ama de llaves y pidió que la llevaran con Juliana, a quien había venido a ver.

—¡Qué alegría, querida! Ya caminando y con tan buen color…

—dijo al encontrarla paseando por el jardín—.

¿ Qué te parece si mañana enviamos una nota a la prensa con el anuncio de la fiesta de compromiso?

El marqués me ha dado vía libre para elegir el día y para que lo organicemos todo a nuestro gusto.

Ese «nuestro» quería decir más bien «su » gusto, pensó Emilia, pero guardó silencio. No quería discutir con su tía, y menos, volver a disgustar a su hermana.

—Me parece bien, tía —accedió la futura novia.

—Entonces no podemos demorar más el envío de las invitaciones. Es una suerte que haya traí do conmigo las tarjetas de papel de porcelana que compramos el otro día.

Juliana amagó una sonrisa.

—Que nos ayude Emilia, que tiene letra de escritora —se atrevió a sugerir.

La tía Augusta estuvo conforme, a pesar de la tirantez que mostraba con su sobrina, y a Emilia no le quedó más remedio que aceptar, puesto que había prometido ayudar a su hermana en todo lo que pudiera.

Así, un rato después, las tres damas se recluyeron en la biblioteca de don Bernardo; Emilia se sentó en el sillón de cuero del patriarca y se arrimó al escritorio mientras que las otras dos se acomodaron en frente, en las respectivas sillas a juego.

La joven sabía cómo escribir una invitación para una celebración de ese tipo, pero, aun así, doña Augusta le dio las indicaciones oportunas.

—Las tarjetas se escriben en nombre de los padres de los novios, pero como el marqués es ya mayor y viudo, se pondrá n solo a nombre de tu padre.

Emilia estiró y movió los dedos frente a la escribanía de plata igual que hacía antes de tocar una pieza al piano. Tomó la pluma, la mojó en el tintero y llevó la punta a la parte central del papel, enmarcada por una orla de guirnaldas. Después, empezó a escribir con trazo delicado y sinuoso:

Don Bernardo Espinosa de los Monteros, viudo de doña Catalina Robles del Haro, se complace en invitarles a la fiesta de compromiso de su hija, la señorita Juliana Espinosa de los Monteros, con el señor marqués don Marcos Herrera de Bermeja, que tendrá lugar en el palacete de la familia Espinosa, en la calle Ribera del Río, número 6, en Chiclana de la Frontera, Cádiz, el próximo jueves 17 de octubre a las nueve de la noche.

Se ruega confirmació n.

Chiclana, a 7 octubre de 1878.

A pesar de que no fueron muchas tarjetas, puesto que invitarían solo a los familiares más allegados, Emilia terminó con dolor de muñeca. La matriarca había accedido a que invitara a su madrina, lady Elliot, aunque la consideraba una estrafalaria y una invitada «poco apropiada».

Escrita la fecha en la ú ltima de las cartulinas, la muchacha tomó la salvadera de plata del conjunto y espolvoreó arenilla sobre el papel para secar la tinta. Le habían quedado preciosas.

—Muchas gracias, hermana —le dijo Juliana, absorta en el resultado.

Doña Augusta alargó una mano hacia la campanilla y la hizo sonar. Llegó la criada y la mandó a por su sombrero, sus guantes y su sombrilla.

—¿No se quedará a almorzar, tía? —le pregunt ó Juliana.

—No, querida. En otra ocasión será. ¿Por qué no te vienes mañana a Cádiz y pasas la mañana conmigo? Esta tarde concertaré una cita con el modisto para que le dé los últimos retoques a tu vestido de compromiso. Estás más delgada.

—¿Puedo ir yo también? —pidió Emilia—. Echo mucho de menos a las primas.

—Anda, pero si por fin te dignas a ayudarnos. —La viuda soltó la primera flecha envenenada del día.

—Llevo ayudá ndoos toda la mañana —recordó la joven—. Y si no he ido a Cádiz antes ha sido porque no me gusta ir de compras.

Doña Augusta hizo un mohín de disgusto.

—Eres rara hasta en eso. ¿A qué muchacha no le gusta ir de compras?

Seguro que si en vez de cintas, botones y encajes hubi éramos ido a por libros, cuadernos o plumas habrías venido encantada.

—Emilia tenía que reconocer que la hermana de su padre la conocía bien, así que pegó la barbilla al pecho en un gesto de sumisión impropio de ella—.

Pero ¿sabes qué? A los hombres no les gustan las mujeres marisabidillas.

Emilia alzó la mirada. Una cosa era no discutir con su tía para no atormentar a Juliana y otra dejar que la insultara.

—A los hombres no les gustan las mujeres inteligentes porque les dan miedo. Están acostumbrados a ser los amos y señores del mundo y temen que cambie el status quo —respondió.

—¿Y qué más da el motivo? No les gustan, y punto.

—Solo dígame si podré acompañarlas y no la molestaré más —cortó.

—Claro que puedes —concedió la gran dama por fin—. Necesitaremos ayuda y no solo con tu hermana. Después de todo, quizás esta no sea la única boda que tengamos que preparar —terminó ; segunda flecha envenenada.

Emilia y Juliana intercambiaron una mirada de incomprensión. Fue la última quien preguntó.

—¿A qué otra boda se refiere, tía?

—Bueno, de momento, a ninguna —respondió haciéndose la interesante—, pero todas las jóvenes casaderas gaditanas andan detr ás de tu primo Enrique.

La señorita Eugenia Tejada, por ejemplo; la señorita Petronila Ruiz, la señorita Inés del Valle…

Yo diría, sin temor a equivocarme, que en estos momentos mi hijo es el mejor partido de la provincia.

Y está claro que tarde o temprano tendrá que elegir a una de ellas como esposa.

Emilia lo intentó, pero no pudo morderse la lengua.

—¿El mejor partido de la provincia, tía? Pens é que lo sería de toda Andalucía —comentó con sorna.

—Muchachita insolente —musitó Augusta—. Juliana, acompáñame a la puerta, que ya me voy.

La mayor de las hijas de don Bernardo la siguió y Augusta se despidió de ella con dos besos en el aire antes de subirse al carruaje que la llevarí a de vuelta a su hogar.

* **

—¿Le diste la nota a doña Rosalía o no? —preguntó Emilia en voz baja.

—Por supuesto, señorita —respondió Purita mientras colocaba los cubiertos sobre la mesa del comedor—. No quise buscarla cuando llegué porque me dijo la señora Francisca que estaban ustedes reunidas con doña Augusta en la biblioteca.

—Hiciste bien. ¿Y qué te dijo doña Rosalía?

—Dijo que se la entregaría a Álvaro en cuanto se pasase por su casa, pero que debí a de tener usted cuidado; que los suyos podrían ser muy duros con el muchacho si los descubrían.

Emilia lo sabía bien: su familia podría ser implacable; pero en ese momento nada le importaba más que aclarar las cosas con el hombre al que amaba.