Tierra de vino y sal 25
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En el saloncito de las mujeres, la mesa camilla estaba repleta de los dulces que Honoria hab ía preparado: pan de higo, carne de membrillo con nueces y queso, buñuelos de boniato y, en el centro, una suculenta tarta de chocolate.

El cumpleaños de Emilia se estaba celebrando en la más completa intimidad, y el semblante de la agasajada no podía ser más mustio.

La joven dama llevaba varias noches sin oír las piedrecitas de Á lvaro contra el cristal del balcón, y aunque en alguna ocasión había bajado al jardín después de que pasara el sereno, no lo había hallado esperándola entre los barrotes, como solía.

¿Qué le sucedería? Ahora era él quien se ausentaba y ella quien vivía en un eterno desconsuelo.

Se preguntaba si el muchacho se habría asustado al saber que Juliana estaba al tanto de su relación, pero en el fondo, no lo creía.

Su novio no era ningún pusilánime y le había dicho que estaba dispuesto a enfrentarse al mundo por ella.

La ú nica explicación posible a sus ausencias era que le hubiera ocurrido algo, pero ¿qué?

—Vamos, ¿es que no va a soplar las velas, chiquilla? —la animó Francisca.

Juliana, sentada en una mecedora con una toca cubriéndole las piernas, estaba absorta en sus propios pensamientos; al igual que don Bernardo, que bebía de su copita de vino dulce como un autómata.

—No s é qué deseo pedir —contestó Emilia.

La mayor de las hermanas reaccionó por fin.

—Soplar velas sobre los dulces es una tradición pagana. La Iglesia no lo aprueba.

Francisca no veía que se hiciera ningún mal a Dios por soplar unas velas y Juliana le explicó que eran los antiguos griegos quienes ofrecían a Artemisa dulces de forma redonda con velas encima.

—¿ Artemisa? ¿Y quién es esa? ¿Alguna emperatriz?

Emilia sonrió por primera vez en días y fue ella quien terminó el relato. Artemisa era la diosa griega de la luna y, al apagar las velas de un soplido, se decía que el humo llegaba hasta la divinidad para que esta cumpliera los deseos de los mortales.

—¿Lo ves, Paca? Una diosa pagana —insistió Juliana.

Francisca fue a protestar, pero el único hombre presente se vio obligado a intervenir.

—Qué más da cuál sea el origen de la costumbre. Tus deseos llegarán al único Dios. Y ahora sopla las velas, Emilia, que me muero de ganas de probar las exquisiteces de Honoria.

La muchacha se acercó al pastel, cerró los ojos y pensó: «Quiero saber qué le pasa a Álvaro». Después, sopló con fuerza y el fuego de las velas se extinguió dejando una leve humareda en el aire.

Emilia nunca supo si fue Artemisa o Dios quien recibió su deseo, pero no tardó en cumplirse. Apenas habían empezado a degustar los dulces cuando Marcela anunci ó la visita del padre Quintero.

—¡Ah, los curas huelen el vino desde lejos! —se permitió bromear don Bernardo—. Hazlo pasar, por favor.

El hombre hizo su entrada en el saloncito y se quitó el sombrero.

Saludó a los presentes, felicitó a Emilia y degustó una copa de vino dulce mientras charlaba con don Bernardo sobre asuntos superfluos.

Después de que Juliana se retirase a su alcoba a descansar y el ama de llaves ordenase recoger la mesa, el padre Quintero anunció que se tení a que marchar y le pidió a Emilia que lo acompañase a la salida.

Don Bernardo no puso objeción y la muchacha se marchó con él.

—Emilia, hija, me gustaría hablar contigo un momento —bisbiseó una vez a solas en la casapuerta.

—Dígame, padre.

—Hace unos d ías Álvaro me lo contó todo —reveló sin rodeos.

Emilia agradeció la escasa iluminación de la casapuerta porque sintió que las mejillas se le incendiaban.

— ¿Todo? ¿ A qué se refiere, padre? —preguntó para ganar tiempo. De sobra sabía a qué se refería. El atrevido de Álvaro ya le había hablado de sus deseos de matrimonio.

—Ya lo sabes, hija. ¿Tú qué piensas de su propuesta? ¿Tanto amor le profesas a ese joven como para cambiar todo esto por él? —Hizo un gesto con las manos como si abarcara no solo el pasillo de la casapuerta, sino todo el palacete.

A Emilia, en aquel momento, los lujos le parecían prescindibles.

Su hermana le resultaba la víctima y el verdugo de su propio destino.

Su padre, un iluso perdido en sus añoranzas de grandeza.

La tía Augusta, una insufrible dictadora, y Prestola, una mujer medrosa y apocada que ahogaba sus frustraciones comiendo a espuertas.

Solo añoraba a sus primas, a las que también casar ían pronto.

Maldecía el mundo en el que le había tocado vivir.

—Lo amo, padre —confesó, tomando al cura de las manos—.

Ya sé que no está bien que me exprese en estos términos sobre un hombre que ni siquiera es mi prometido, pero es la verdad.

Aunque vengamos de mundos muy diferentes, siento que somos iguales.

No sé c ómo explicarlo. A los dos nos gusta luchar contra las injusticias.

Los dos nos rebelamos contra el destino que nos quieren imponer.

Nos satisface ayudar a los demás. Tenemos el mismo sentido del humor.

Podríamos pasar horas en el campo, imaginando mil formas en las nubes.

Somos dos románticos. Nuestras almas han sido cortadas siguiendo el mismo patrón. —Terminó, emocionada.

—Vaya, hija. Pues sí que lo quieres. —El sacerdote también se había emocionado y le brillaban los ojos—. Los dos ten éis un corazón noble e impetuoso. Reconozco que haríais muy buena pareja, si las circunstancias fueran otras. Dime, ¿cómo empezó todo?

Emilia le contó que lo conoció en la finca de su padre una mañana de verano y que luego vinieron má s encuentros, no solo en la fiesta de la vendimia o en casa de Rosalía. Incluso mencionó las citas furtivas a través de la verja del jardín.

—Le juro que no hemos hecho nada reprochable —terminó diciendo. Aunque sentía que no era verdad. Al menos, no del todo. El recuerdo de los besos encendidos que se dieron en las viñas de don Román todavía la hací a enrojecer.

—Comprendo, comprendo. Sin embargo, hija, tú estás prometida o lo estarás pronto. Así me lo hiciste saber.

Ella se apresuró en sacarlo de su error.

—No, padre. Nada de eso. Me he negado rotundamente a casarme con Enrique y ahora su madre y él me aborrecen —admitió.

—¿Cómo te van a aborrecer, muchacha? Son tu familia. Estará n molestos, o decepcionados, pero ya se les pasará. De todas formas, Álvaro debía saberlo.

La inquietud se apoderó de Emilia.

—¿Usted le ha hablado a Álvaro de… de mi primo ?

—Le mencioné un posible compromiso tuyo con un caballero, pero no le especifiqué de quién se trataba.

De repente todas las piezas encajaron en la mente de la joven dama. As í que era eso lo que había apartado a su novio: los celos, o el enfado al sentirse engañado. Pero ella no quería a nadie que no fuera él. Debía hacérselo saber cuanto antes.

—Hija, piénsalo bien —le pidió el sacerdote—. No s é si el amor será suficiente para compensar una vida de carencias, como sin duda tendrás si decides casarte en secreto. No obstante, te prometo que os casaré si eso es lo que de verdad queréis.

—¿Lo haría? Que Dios lo bendiga, padre —dijo besándole las manos del mismo modo que hiciera antes Álvaro.

En ese instante se abrió la puerta que comunicaba el palacete con la casapuerta.

D on Bernardo, ricamente ataviado con frac negro, sombrero de copa y bastón, se dirigía al teatro de la calle García Gutiérrez, como solía hacer a las seis y media de la tarde.

Le sorprendió encontrar al religioso todavía allí.

—Lo hacía ya en la iglesia, padre. ¿ Va todo bien? —preguntó alternando la mirada entre él y su hija.

—¡Ay, perdone, don Bernardo! Tiene usted una hija muy curiosa y sagaz. Cuando nos ponemos a hablar sobre algunos capítulos de la Biblia, se nos va el tiempo volando. Deje que lo acompañe hasta el otro lado del río, que necesito mover las piernas.

Los hombres abandonaron la gran casa y Emilia se quedó en la puerta hasta que los vio cruzar el Puente Grande. El aire frío le rozó los antebrazos y se dio cuenta de que ya era hora de cambiar la manga tres cuartos por la manga larga.