Tierra de vino y sal 24
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A pesar de su formación eclesiástica, Álvaro no era de los que iban a misa a diario.

Sin embargo, a la mañana siguiente acudió a la Misa de Alba má s puntual que nadie.

Escuchó con paciencia las palabras del cura en latín rememorando otros tiempos, cuando él caminaba con sotana y con aquella banda azul de estudiante y se preguntó qué habría sido de su vida si hubiera seguido aquel camino.

Habría sido más sencilla, sin duda. No tendría que estar deslomá ndose en los viñedos a cambio de unas pocas monedas, y sus manos, en lugar de callosas y nervudas, seguirían suaves y con las yemas como pétalos de rosas, acostumbradas como estaban a pasar las páginas de un libro o a sostener la sagrada forma antes de consagrarla.

Le habría gustado acariciar con esas manos a Emilia, y, sin embargo, ella se había enamorado de él tal cual era.

Terminada la homilía, se acercó al padre Quintero.

—¿Qué te aflige, hijo?

—¿Por qué tendría que pasarme algo, padre?

—Porque tú ya no vienes nunca a misa, y menos a la del alba, lo cual me parece lamentable.

—Es cierto, padre. Algo me sucede. —No se anduvo por las ramas—: Estoy enamorado de una muchacha y quiero casarme con ella.

El sacerdote elevó sus cejas negras y sonrió.

—Vaya, vaya. Así que era eso, Álvaro —dijo palmeá ndole la espalda—. Me parece bien, hijo. Con el matrimonio también servirás a Dios.

—Me alegro de que piense así —sonrió—. ¿Nos casaría usted, padre?

—Por supuesto, hijo. No me lo tienes ni que preguntar. Pero dime, ¿quién es la moza? —Antes de que Álvaro contestara, el religioso se le adelanto—: ¿Es Candela, la sobrina del capataz? He oído rumores…

—No —negó con contundencia—. No es Candela.

—¿Y entonces? ¿Alguna de las muchachas del pueblo? ¿Una de las criadas de don Bernardo?

—No. Tampoco. ¿Importa tanto quién sea ella? —inquirió, cortante.

El religioso se acarició la barbilla mientras se alejaban del altar y las feligresas más beatas abandonaban la iglesia de San Juan Bautista con misales bajo el brazo y velos negros sobre la cabeza.

—Bueno, hijo. Yo diría que sí importa. ¿Qué problema tienes en decírmelo? —Lo invitó a pasar a la sacristía, donde tendrí an más privacidad, y volvió a interrogarlo—. ¿Qué me estás ocultando, Alcázar?

Álvaro repasó todos los ornamentos que hasta hacía poco le habí an resultado tan mundanos; los libros rituales, los vasos y copas sagrados y, por supuesto, las vestiduras litúrgicas: sotanas, albas, estolas, casullas…

Intentaba reordenar las ideas de su mente; encontrar las palabras correctas, pero no lo conseguía.

—Estoy enamorado de Emilia —soltó a bocajarro.

—¿Emilia? ¿Qué Emilia? —quiso saber el padre Quintero al tiempo que abría un armario cuya puerta chirrió, quejumbrosa.

—Emilia Espinosa.

El sacerdote se volvió con brusquedad.

—¿ La señorita Espinosa? ¿Has perdido el juicio, muchacho? —preguntó con la expresión descompuesta por el espanto.

—¿Por qué, padre? ¿No somos todos siervos de Dios? ¿No nos ama Dios a todos por igual?

—En la sociedad hay reglas, Álvaro. —De repente, había dureza y frialdad en la mirada del cura, por lo habitual, c álida y acogedora.

—Unas reglas arcaicas y absurdas…

El sacerdote se apoyó en el respaldo de una silla y se pasó la mano por la cara.

—¿Y ella? ¿Qué piensa de todo esto? —quiso saber.

—Ella también me ama, padre. De lo contrario, no le estaría pidiendo que nos casara.

Por la expresión del cura, parecía que hilaba los pensamientos a toda velocidad.

—Claro, por eso me hizo aquella consulta.

—¿Qué consulta, padre?

—No puedo revelártelo. Aunque no me la haya hecho en secreto de confesión, es su secreto. Solo puedo aconsejarte que te olvides de esa dama porque está comprometida con otro.

Álvaro se quedó atónito. El padre Quintero nunca mentía.

Si decía que Emilia estaba prometida, era porque lo estaba, o porque lo estaría pronto.

La sorpresa dio paso a los celos y los celos a la ira y a la desconfianza.

¿ Acaso la que había creído su novia se había burlado de él?

¿Acaso él, un simple jornalero, había sido tan solo una mera distracción?

¿ O el maldito enlace estaba concertado desde hacía años y ella no lo deseaba?

A fin de cuentas, iban a casar a su hermana con un marqués bastante mayor.

Fuera como fuera, se sintió herido en su orgullo.

—¿Quién es él? —ladró.

—¿Qué importa eso? Es un caballero, alguien de su clase social.

—¿Un viejo decrépito con títulos y dinero?

—No. Es joven y apuesto.

—¡¿Quién es, padre?! Hable, por favor. ¡Se lo suplico! —gritó tomando a su buen amigo por la casulla.

—Serénate, Álvaro —pidió el religioso poniendo las manos sobre las de su discípulo—. No olvides que estamos en la casa de Dios.

El chico fue consciente de sus modales y solt ó al sacerdote con suavidad.

—Lo… lo siento, padre —susurró—. Es que… es que no puedo creerlo. Ella me lo habría contado.

El padre Quintero le colocó una mano sobre el hombro, apaciguador.

—Tranquilo, hijo. Sé que eres buena persona, pero el amor a veces nubla el entendimiento de los jóvenes impetuosos como tú.

Solo te pido que reflexiones. Si os caso, ¿dónde vivir íais?

¿Qué tipo de vida tendríais? Ella no es una muchacha común.

Está acostumbrada a lujos que tú no podrás proporcionarle y eso hará mella en la relación.

Por no hablar de las duras cr íticas sociales.

Tal vez a ti no te importen, pero ¿y a ella?

Tiene una hermana, primas… La reputación de la familia quedaría manchada.

—Cada uno es responsable de su propia vida. No podemos sacrificarnos por los demás —espetó con dureza. Su mirada era de granito.

—Hijo, no es eso lo que aprendiste en el colegio sacerdotal. Jesucristo murió por todos nosotros, ¿hay mayor prueba de sacrificio que esa?

Álvaro no dejaba de caminar por la pequeña estancia, desesperado.

—Padre, por favor. Nos amamos. ¿Por qué no puede casarnos?

La mirada del religioso se volvió inquisitiva.

—¿Qué prisa tienes, muchacho? ¿Acaso habéis pecado? ¿Hay algún niño en camino?

El joven neg ó enérgicamente con la cabeza.

—No, padre. Le juro… es decir, le… le prometo que la he respetado —confesó, aunque si su relación no había ido a más, no había sido por falta de ganas, se dijo a sí mismo.

—Entonces piensa, Álvaro. Piensa. Eres inteligente. Sabes que es un imposible. Yo hablaré con Emilia y le aconsejaré lo mismo. Si después de un tiempo seguís empeñados en uniros en matrimonio, yo os ayudaré, te doy mi palabra.

—¿De verdad? ¿Lo dice en serio? —susurró, besándole las manos—. Gracias, padre. Gracias, gracias…

—No me las des todavía. Tal vez yo haya tenido la culpa de todo esto. No debí dejaros a solas jamás. Ya lo dicen, el hombre es fuego, la mujer estopa y llega el diablo y sopla.

Álvaro sonrió. Se le vino a la mente esa obra inglesa tan famosa que habían traducido al español hacía poco. Sintió que el cura era como fray Lorenzo, que casó a Romeo con Julieta para mediar entre los Montesco y los Capuleto. Solo esperaba que lo suyo con Emilia no terminara en desgracia.