Tierra de vino y sal 23
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A la mañana siguiente, Juliana amaneció muy débil.

Apenas pod ía mover las piernas y se sentía extenuada, como si acabara de llegar de un largo viaje.

Estaba sufriendo otra de sus recaídas y todos en la casa se volcaron con ella.

Marcela le trajo el desayuno a la cama, y ella y Francisca la visitaron por turnos durante todo el día.

No obstante, la que no se separó de su lado en ningún momento fue Emilia.

La más joven de las Espinosa se sentía culpable porque sabía que su discusión de la noche anterior hab ía alterado demasiado a su hermana y era la causa de su estado.

—Lo siento, Juliana —se disculpó cuando por fin estuvieron a solas.

—No seas boba, tú no tienes la culpa de mi enfermedad —dijo la otra, que dio un pequeño bocado al piñonate que le habían llevado para la merienda.

El aroma que emanaba del dulce era delicioso: a canela, ajonjolí, clavo, anís, cá scara de naranja y, por supuesto, a piñones. Y, sin embargo, la muchacha no tenía apetito.

—Sí que la tengo. Te llevaste un buen disgusto por lo que te conté —insistió la menor.

—Sí —reconoció la otra—, pero no es solo eso. Estoy fatigada con el asunto de la boda. Son demasiados detalles a tener en cuenta.

—Lo sé, y yo no he cooperado en nada, pero eso cambiar á a partir de ahora. Iré contigo de compras; te ayudaré a bordar, a hacer esos aburridos centros florales, lo que haga falta —le prometió.

Juliana sonrió después de muchos días sin hacerlo y pareció que mejoraría pronto, pero no fue así.

Los d ías pasaron y la joven seguía sin fuerzas, por lo que las tías Augusta y Prestola decidieron retrasar la fiesta de compromiso hasta mediados de octubre.

El cumpleaños de Emilia y de Enrique sería el día dos y tampoco celebrarían el convite acostumbrado, aunque don Bernardo insistió en organizar una pequeña merienda familiar en el palacete y le dio permiso a Emilia para que invitara a algunas de sus amigas má s íntimas.

A fin de cuentas, no todos los días se cumplían veinte años.

—Solo quiero que vengan las primas —le dijo ella—, aunque… también me gustaría invitar a mi madrina.

—Está bien, hija. Invítala. Aunque no sé si en su vida de recién casada con un jovencito tendrá tiempo para venir a tu cumpleaños —contestó con retintín.

La madrina de Emilia era una inglesa afincada en Huelva que procedía de una familia burguesa dedicada a la exportación de vinos, pero que, además, descendía de duques.

Todos la conoc ían como lady Elliot y fue la mejor amiga de su difunta madre —de ahí que la hubieran escogido como madrina de bautizo de Emilia—.

Siempre había sido una mujer un tanto extravagante; para unos, una adelantada a su época, y para otros, una demente; sobre todo desde que en los últimos tiempos sus excentricidades se habían vuelto más alarmantes.

A veces vestía faldas pantalón 11 y se había casado con un muchacho dieciocho años menor que ella.

Según palabras de la tía Augusta, «un abogaducho que se aprovecharía de su buena posición económica y la dejar ía en la estacada para huir con una mujer más joven».

Si su familia la toleraba era porque, quisieran o no, seguía perteneciendo a la clase alta y, también, por respeto a la memoria de su madre.

«Seguro que vendrá», se dijo Emilia.

Pero ni siquiera la perspectiva de encontrarse con su madrina la animaba.

Llevaba días sin ver a Álvaro. Ni lo había buscado en casa de doña Rosal ía ni había acudido a sus llamadas al oír las piedrecitas chocar contra el cristal de la puerta del balcón.

Lo echaba de menos, pero la culpa por lo de Juliana la atenazaba y no sabía cómo revertir la situación.

Precisamente por eso deseaba que lady Elliot —una mujer como pocas— la aconsejara.

Estaba convencida de que ella, una aventurera y una romántica, la motivar ía a continuar su relación con Álvaro; le diría que las mujeres, al igual que los hombres, tenían derecho a hacer lo que quisieran con sus vidas; a disfrutar de sus cuerpos, a seguir los dictados de su corazón. ¿Por qué no?

Y, sin embargo, la inglesa no tardó en declinar la invitació n con una carta que Emilia leyó una decena de veces.

Mi querida ahijada:

Me encantaría asistir a tu fiesta de cumpleaños, pero en lo personal estoy atravesando unos momentos muy duros y me resulta imposible viajar hasta Chiclana. Cuando esté más recuperada iré a veros. Más que amigos sois familia para mí .

Saluda de mi parte a Juliana, a don Bernardo y a la señora Paca y a Sebastián.

Yours affectionately ,

Mary Anne Elliot.

¿Qué le habría sucedido a su madrina, una de las personas más alegres y optimistas que conocía?

¿La habrí a abandonado su joven esposo para huir con su fortuna, tal y como había vaticinado doña Augusta?

En todo caso, esa no fue la única respuesta negativa que recibió la muchacha aquellos días.

Desde Cádiz le llegó la segunda, que decía así:

Querida sobrina:

Lamento comunicarte que ni tu tía Prestola, ni tus primas ni yo podremos asistir a la merienda del día dos de octubre.

Como sabes, es también el cumpleaños de tu primo, y lo vamos a celebrar aquí, en Cádiz, con unos amigos suyos de la facultad.

Espero que tu hermana Juliana esté mejor.

La semana que viene iremos a verla y le llevaremos ropa de cama, cortinas y manteles para su nueva casa.

Con cariño,

Augusta Espinosa, viuda de Lara Vallejo.

Esta última misiva se la esperaba. Era una venganza por sus calabazas.

Otros años habían celebrado los dos cumpleaños juntos, o, en caso contrario, sus primas siempre habían acudido al suyo, pero ya nunca más sería así.

Estaba segura de que ni Marga ni Isabelita estaban de acuerdo con la decisión de la t ía Augusta, pero, como siempre, no les había quedado más remedio que acatar sus dictados.

Era tal la melancolía que embargaba a Emilia, que esa noche, cuando sintió los golpecitos de las piedras contra el cristal, bajó al jardín.

Su hermana dormía profundamente gracias a una infusión de raíz de valeriana que la ayudaba a calmar los espasmos de las piernas, y Emilia estaba segura de que no se despertar ía.

Vio a Álvaro desde lejos aferrado a los barrotes y corrió hacia él llorando de emoción y tristeza.

—Álvaro… —colocó sus manos sobre las de él y lo besó.

—Emilia, ¿qu é ha pasado? ¿Estás bien? Estos días sin verte han sido una agonía. Iba a perder la razón. Hasta pensé en llamar a la puerta de tu casa para preguntar por ti, pero en la finca comentaron que tu hermana estaba enferma y supuse que por eso no bajabas a verme.

—Sí —dijo ella sin dejar de llorar—. Mi hermana nos descubrió y del disgusto cayó enferma. Fue por mi culpa…

—Tranquila, amor mío. —Le acarició la mejilla—. ¿Cómo que nos descubrió? ¿Sabe lo nuestro?

—Bueno… No sabe quién eres tú, pero sí que bajo al jard ín para verme con un hombre.

Álvaro no pareció preocupado.

—No me importa que lo sepan todos, Emilia. Estoy enamorado de ti y daré la cara cuando haga falta. No soy un cobarde. No me esconderé. Mientras tú me sigas queriendo, lucharé por ti hasta el final. ¿Te casarías conmigo, Emilia Espinosa?

La pregunta descolocó a la muchacha, que había barajado esa posibilidad solo en su imaginación.

—¿Qué…? ¿Casarnos? ¿Hablas en serio, Álvaro?

—Pues claro. Lo he estado pensando. El padre Quintero nos aprecia a los dos. Podría casarnos en secreto y cuando todos se enterasen, sería demasiado tarde para separarnos.

Ella le solt ó las manos y dio un paso atrás, dubitativa.

—¿Y dónde viviríamos?

«¿Y qué pasaría con mi familia, con mi hermana, con mi padre y hasta con mis tías y primas? ¿Qué pasaría con nuestra reputación?», pensó, pero no lo dijo.

—Nos podríamos ir a Málaga. Mi madre tenía unos buenos amigos en Mijas que nos ayudarían a empezar una nueva vida.

Puedo escribirles. Yo trabajaría en lo que fuera, por supuesto.

Sé que allí también hay viñedos… Podría empezar como peón, aunque con el tiempo seguro que llegaría a administrar alguna finca.

No soy un inculto. Y tú podrías dedicarte a escribir, si es lo que deseas.

—Álvaro…

—No digas nada. Piénsalo. Ya s é que no estoy a tu altura, que no podré darte la vida que mereces; pero te amo y si tú me amas…

—Sí, yo… yo te amo. —Se acercó a él y le besó las manos.

Hablaron un rato más con la luna como testigo, imaginando un futuro brillante en las estrellas; un futuro en el que los dos alcanzarían sus sue ños juntos. Eran jóvenes, tenían toda la vida por delante y a Dios y al padre Quintero de su lado. ¿Qué podría salir mal?

—Descansa, Emilia —le susurró él contra la mejilla.

—Buenas noches, Álvaro —se despidió ella. Y mientras caminaba de vuelta hacia su alcoba, la invadió una extraña desazón.

11 . Precursoras de los «jupe culottes», que se pondrían de moda en 1911.