Tierra de vino y sal 22
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La organización, tanto de la fiesta de compromiso como de la boda de Juliana, iba viento en popa; no obstante, Emilia apenas participaba en las compras, en las pruebas y en las reuniones con el párroco.

Rehusaba ir a Cádiz y se pasaba los días escribiendo y buscando excusas para encontrarse con Álvaro.

La casa de doña Rosalí a se convirtió en el lugar idóneo para verse con él y ambos sabían que la anciana, aunque ciega, se había dado cuenta de lo que se traían entre manos.

Sin embargo, la señora jamás les había llamado la atenció n al respecto.

Al fin y al cabo, sus visitas le agradaban: los jóvenes le llevaban comida, le leían a Galdós, despotricaban contra Napoleón y le hacían compañía.

Durante días no volvieron a quedarse a solas y solo se atrevían a darse un tímido beso en la comisura de los labios al despedirse.

Algunas noches, Álvaro había ido a verla por la parte de atrás del palacete, pero ella nunca le abrió la verja; primero, porque no tenía la llave, y segundo, porque las imposiciones sociales pesaban demasiado como para dejarse ver con un hombre en el jardín.

Una de aquellas noches, Emilia quiso hacerle un obsequio al que se había convertido en su novio secreto y a través de los barrotes le entregó un sobre que había recibido aquella misma ma ñana.

—Es verdad eso de que las cámaras fotográficas capturan el alma de las personas —afirmó el muchacho, contemplando la fotografía largamente—. Tu mirada melancólica me provoca deseos de comerte, liebrecilla. —Abrió la boca y la cerró de golpe, como un lobo que da una dentellada al aire.

—¡ Tonto! —lo reprendió ella, que de haber podido le habría dado un tortazo en el hombro.

Álvaro le dio la vuelta al cartón y leyó el reverso:

—« Rafael Rocafull, calle ancha, veinticuatro» . ¿Es el retratista?

—Sí, es un caballero muy peculiar y algunos no lo soportan, pero a mi padre le agrada —lo informó con una sonrisa—. Te encantar ía ver su estudio.

Él asintió.

—Es el mejor regalo que me podrías haber hecho. Así se me hará más corta la espera para verte. —La tomó de la barbilla y la atrajo para besarla entre los barrotes. Cuando se separaron, su rostro reflejaba preocupación—. ¿La echarán en falta?

—No, mi padre me ha dicho que pod ía quedármela.

Él parecía pensativo.

—¿Sabes? Este es otro aspecto más que distingue a los ricos de los pobres.

Vosotros podéis pagar el precio de la inmortalidad, al menos en cierta manera.

Tenéis la capacidad de encargar un retrato al óleo o una fotografía y así ser recordados durante añ os o siglos.

—Emilia visualizó el cuadro a tamaño real del abuelo Bernardo en la biblioteca—.

Nosotros, en cambio, desaparecemos cuando morimos.

Yo ya casi no recuerdo el rostro de mi madre.

Emilia se sintió mal. Tal vez no había sido buena idea regalarle la imagen. Él no tenía ningún retrato de su madre, mientras que ella solía llevar a la suya colgada del cuello, en el interior del relicario.

—H áblame más de ella —le pidió.

Álvaro agradeció el interés con una sonrisa triste y le contó que fue una joven alegre, cariñosa y de facciones delicadas y armónicas, y que probablemente por eso el señorito se fij ó en ella.

«En este mundo, más vale ser feo, hijo», le decía a menudo.

«La belleza solo trae problemas: te impide pasar desapercibido y despierta envidias, celos y deseos».

—Recuerdo que sus manos estaban ásperas de tanto fregar los suelos, pero a mí me resultaban suaves y dulces. ¿Tiene sentido? —termin ó diciendo.

—Sí, claro que lo tiene —coincidió Emilia, puesto que a ella le sucedía lo mismo con las de Álvaro—.

Porque lo importante no es el aspecto de esas manos, sino las buenas acciones que se llevan a cabo con ellas.

Cocinar, construir una casa, coser ropa de abrigo, arrancar frutos de la tierra, escribir un poema de amor, acariciar el rostro de un hijo…

Álvaro se emocionó.

—¿Lo ves? Y luego dices que no eres escritora —dijo.

Emilia se ruborizó y él le acarició la mejilla con infinita dulzura para luego deslizar las yemas de los dedos por sus labios.

—Te quiero, Emilia.

Los ojos de la muchacha se abrieron de par en par por la inesperada declaraci ón de amor. Una cosa era que alguien te gustara, y otra, que lo amaras. Ella tampoco podía ocultar más sus sentimientos.

—Yo… yo también te quiero, Álvaro —confesó por fin.

La conversación terminó cuando gruesos goterones de agua barrosa empezaron a caer sobre ellos. Septiembre terminaba y se llevaba con él los días de sol y las noches cálidas .

Emilia echó a correr bajo la lluvia y se perdió en el interior del palacete.

Tiritando de frío, subió las escaleras pensando en lo bien que estaría en unos minutos, cuando se acostara, se cubriera con su manta de lana y pudiera rememorar en silencio las palabras de Álvaro.

«Te quiero…». Sin embargo, cuando abrió la puerta con el sigilo con el que solía hacerlo, se encontró a su hermana sentada en la cama con un candelero de bronce en la mano. La estaba esperando.

—¿De dónde vienes, Emilia Espinosa? —preguntó muy seria. Solo decía su apellido cuando estaba enfadada.

—De… —empezó, mientras su mente creativa fraguaba mil escenarios distintos. «Del excusado», «De la biblioteca», «De beber agua en la cocina» .

—No mientas —ordenó la mayor con severidad.

Emilia sabía que cuando Juliana se ponía en su faceta de Guardia Civil, era imposible engañarla.

—De acuerdo. Estaba con alguien —admitió.

Juliana alzó las cejas. Resultó evidente que no había barajado la posibilidad de que su hermana menor mantuviera citas a escondidas.

—¿ Con alguien ? ¿Con quién? —exigió saber.

—Con un hombre.

—¡Emilia, por Jesucristo! —exclamó santiguándose con la mano libre—. ¡Y me lo dices así!

—Estoy… enamorada —reveló.

Emilia se sentía tan embriagada de amor, que en aquellos momentos no le hubiera importado gritarlo a los cuatro vientos. Juliana negó con la cabeza, visiblemente alterada.

—¿Y quién es el indeseable que se presenta aquí a estas horas? Desde luego, un caballero no es.

La menor admitió que no se trataba de un señor de su clase social, pero se negó a reconocer que era un vendimiador de la finca. Se dirigió a su cama bajo la atenta mirada de Juliana, se quit ó la bata y se tapó, al fin, con la manta.

—¿Es que no vas a decir nada más? —inquirió la mayor.

—No.

—No seas descarada. ¡Pero cómo puedes estar viéndote con un donnadie! — Juliana se levantó, caminó hacia ella y la destapó con brusquedad.

Emilia la enfrentó.

—¡Y tú cómo vas a casarte con ese señor tan desagradable!

—¡Don Marcos es un caballero instruido y cortés!

—Sí, un caballero instruido y cort és, pero añoso, horrendo y, encima, flatulento.

Juliana la ignoró, como llevaba haciendo desde que aceptara la propuesta de matrimonio de su único pretendiente.

—Dime la verdad, ¿le has entregado tu honra a ese ganapán con el que te ves? ¿No habrás mancillado el nombre de la familia?

—¡No he mancillado nada! —gritó la otra volviendo a taparse y dá ndole la espalda sobre el colchón.

—¡Emilia! Con tu actitud pones en peligro no solo mi reputación, sino también la de Marga e Isabelita. Si esto llega a saberse, don Marcos podría anular nuestro compromiso y…

—Tranquila, que te casarás con tu odioso marqués —musitó bajo la lana.

No les dio tiempo a más. Francisca abrió la puerta sin llamar. Llevaba su larga trenza de pelo canoso por encima del hombro y aquel ridí culo gorrito que se ponía para dormir.

—He oído gritos. ¿Qué está pasando aquí? —preguntó antes de bostezar.

Juliana fue la má s rápida a la hora de inventar una excusa.

—No te preocupes, Paca. Mi hermana ha tenido una de sus terribles pesadillas y la estaba despertando.

La mujer, más lúcida por momentos, dio un paso hacia el interior de la habitación y observó de manera intermitente a Juliana, de pie con el candelero en la mano, y a Emilia, acostada en la cama.

—Está bien. Pues ahora a dormir, muchachas.

Las dos jóvenes dijeron que «sí» al mismo tiempo y el ama de llaves abandonó la habitación.

Ninguna se atrevió a pronunciar una palabra en lo que restó de noche, y, aun así, apenas durmieron.