21
«Pecadora».
«Eres una pecadora», se repetía una y otra vez.
Desde que llegó a su casa, Emilia no dejaba de revivir en su mente la escena que había protagonizado con Álvaro en el viñedo de don Rom án y, entonces, la vergüenza y la culpabilidad se apoderaban de ella.
¿Cómo había podido ser tan descarada? Porque había sido ella quien lo había buscado a él y, después, quien había pegado sus labios a los suyos.
¿Y si sus actos tenían consecuencias? ¿Y si Álvaro la había dejado embarazada?
A fin de cuentas, no tenía ni idea de lo que un hombre y una mujer tenían que hacer para traer hijos al mundo.
A las jovencitas de su clase jamás les hablaban de lo que sucedía en las alcobas, y ella no tenía una madre a quie n preguntarle.
Seguro que Marga habría sabido informarla, pero estaba lejos y, en el fondo, Emilia no se sentía preparada para contarle que había hecho «la prueba de fuego» con uno de los peones de la finca.
«Las criadas hablan de estos temas con más libertad, sobre todo las casadas», le había dicho su prima.
Y entonces se acordó de Purita. La empleada se hab ía casado hacía unos meses y su doncella personal le había ido con el chisme de que quería encargar pronto un bebé, por lo que debía de estar poniendo en práctica toda suerte de artes amatorias.
Emilia esperó a que Francisca se marchara a ocuparse de otros menesteres para entrar en la cocina.
Honoria cortaba cebollas para la cena y Puri fregaba el suelo de rodillas mientras tarareaba una coplilla propia de su tierra: «Para alcarrazas, Chiclana.
Para trigo, Trebujena. Y para niñas bonitas, Sanl úcar de Barrameda», 10 decía a viva voz.
—Purita…
—¿Sí, señorita? ¿Necesita algo? —preguntó la sirvienta, poniéndose de pie de inmediato—. ¿ Quiere que busque a Marcela? Está… está arriba, en el cuarto de la costura, arreglando los bajos de un vestido de la señorita Juliana.
—No. No, es… No es con Marcela con quien quiero hablar, sino contigo.
La muchacha se retorció las manos.
—¿Hablar? ¿Es por lo del otro día? Lo lamento, señorita. Regresé a casa porque pensé que la encontraría aquí… Debí haberla esperado donde quedamos.
Honoria se las quedó mirando con suspicacia.
—No te preocupes… no es por eso. Mejor vamos a dar un paseo a solas . ¿Me acompañas?
—Por supuesto, señorita.
La criada dejó sus quehaceres, esperó a que Emilia se colocara el sombrero y los guantes y salieron juntas a la calle.
El sol todavía brillaba. Bajaron por la cuesta de la Ribera del Río, dejaron atrás el Puente Grande y se detuvieron junto a la pasarela de madera, por la que en ese momento no cruzaba nadie.
Las dos muchachas empezaron a hablar a la vez.
—Puri…
—Señorita…
La criada guardó silencio para que su ama iniciara la conversación.
—Puri. —Carraspeó— . ¿Cómo… cómo está siendo tu vida de casada? ¿Es lo que imaginabas?
El rostro de la sirvienta reflejó extrañeza cuando contestó:
—Sí, señ orita. No me quejo. Me gustaría ver más a mi Joaquín, porque los dos nos pasamos el día trabajando, ¿sabe usted? Pero aprovechamos los pocos ratos que estamos juntos, ya me entiende —añadió, ruborizándose—. ¿Por qué lo dice?
Emilia asintió, pero lo cierto es que no entendía nada.
—Sé… sé que lo que voy a preguntarte es delicado, pero ¿podrías hablarme de cómo es la vida conyugal?
La sanluqueña se mordió la u ña del pulgar.
—Ay, señorita, ¿a qué se refiere?
—Ya sabes, a lo que hacen un hombre y una mujer en la alcoba. A las señoritas nunca nos hablan de ese asunto y yo me casaré pronto. Además, a mi hermana también le interesa saber, pero es demasiado tímida como para preguntarte.
—Señ orita, es que no sé qué decirle.
Emilia se acercó un poco más a ella y bajó el tono de voz.
—Seré más concreta. Para que una mujer se quede embarazada… ¿Basta con un beso en los labios y el roce de los cuerpos? —quiso saber.
La criada empezó a reírse a carcajadas, mostrando sin pudor sus paletas grandes y separadas.
—No, señ orita. Para quedarse embarazada hay que hacer algo más que eso.
Puri se acercó entonces a su ama y le susurró al oído unas cuantas frases que provocaron el azoramiento de la dama, quien se separó con cara de espanto.
—¡Dios mío, Purificación! Jamás lo hubiera imaginado.
Emilia sacó su abanico del bolso y se echó aire en el rostro. La otra no podía dejar de reírse, lo que atrajo la mirada de unas damas que, en compañía de sus criadas, salían del palacete de los Aguilar-Falcó, en el número 18.
—Perdóneme, señorita, por favor. No me rí o de usted, no piense mal. Es que estos asuntos me dan la risa.
—Tranquila, a mí también me parece cómico.
Las encopetadas damas y su séquito continuaron su camino calle arriba en dirección a la plaza de la Escalereta, y la señorita siguió reflexionando en voz muy baja.
—Nunca pensé que un hombre y una mujer pudieran encajar de esa manera sus cuerpos —reconoció con las mejillas encendidas.
La empleada reía y reía con una risa contagiosa.
—¿Es que nunca ha visto usted a los perros de su finca cuando están en celo? ¿O a los caballos y a las yeguas? Es lo mismo.
Emilia se persignó igual que hubiera hecho su hermana Juliana. Lo cierto era que nunca había prestado demasiada atención al apareamiento de los animales, tal vez porque consideraba a las personas muy diferentes de aquellos. Ahora no estaba tan segura de las diferencias.
—Ya veo… Somos iguales a las bestias… —murmuró.
—Bueno, señorita … iguales iguales, tampoco. Nosotros le ponemos amor.
La dama no terminaba de asimilar la revelación de su empleada, pero se la agradecía con todo su ser.
Aunque el miedo y el bochorno no habían desaparecido después de sus actos impúdicos, ahora sabía que era imposible que Álvaro la hubiera dejado embarazada porque, a pesar de los besos apasionados y de los abrazos encendidos, ella seguía siendo tan doncella como el día en que nació .
Su honra estaba intacta.
10 . Copla recogida por Cecilia Böhl de Faber en sus Cuentos y poesías populares andaluces .