20 #3
El beso era la prueba de fuego. De un fuego que los abrasaría y terminar ía por consumirlos, porque, una vez que habían probado el néctar de sus bocas, no podían dejar de tomar más y más el uno del otro.
Las manos de Álvaro le ciñeron la cintura con fuerza y a Emilia se le clavaron las ballenas del corsé bajo los pechos.
La dama emitió un breve quejido que el muchacho confundi ó con un suspiro de anhelo y descendió de su boca a su mandíbula y a su cuello, totalmente arrebatado.
Sus manos grandes treparon por la espalda estrecha de ella y pegó su cuerpo al suyo como nadie lo había hecho jamás.
Emilia deseó entonces liberarse de las corazas que la cubrían: de la polonesa, del polisón, de ese insoportable corsé, del canc án, de las enaguas; de todos esos artificios que impedían que Álvaro acariciara su piel como a ella le apetecía.
Él pareció pensar lo mismo, porque susurró con voz ronca:
—Llevas demasiada ropa, Emilia.
Con los ojos entornados, el muchacho empezó a respirar más fuerte de lo normal y Emilia se asustó.
Nunca habí a visto a un hombre tan falto de aire, salvo, quizás, después de una larga cabalgada o de una carrera, y temió por la vida de Álvaro.
A lo mejor tenía una de esas afecciones respiratorias que causaban la muerte si no se intervenía a tiempo.
—Álvaro, Álvaro… —Él no la oía; solo tenía el raciocinio suficiente para devorarla—. Álvaro, para.
Al sonido de la palabra «para», él se separó de ella y la miró a los ojos. Su pecho subía y bajaba al compás de sus inhalaciones aceleradas.
—Álvaro, ¿estás bien? —preguntó la dama con la preocupaci ón reflejada en el rostro.
Él, que recuperaba el resuello poco a poco, sonrió de medio lado mostrando sus hoyuelos.
—¿Que si estoy bien? Emilia… estoy estupendamente.
Ella se sonrojó y agachó la mirada.
—Estabas respirando muy fuerte. Creí que ibas a ahogarte —confesó.
Él soltó una carcajada.
—Sí, puede que me estuviera ahogando —reconoció—, pero te prometo que no estaba mal, sino todo lo contrario. No he estado mejor en mi vida.
Su sonrisa era franca y contagiosa y Emilia se relaj ó. Se dio cuenta de que le había dejado el pelo revuelto con sus caricias y supuso que ella no debía de ofrecer mucho mejor aspecto.
—Me gustas mucho, Emilia —repitió él, tomándola de las manos con ternura—. Qué demonios. Me vuelves loco. Es algo que no puedo controlar.
—Un hombre de Dios no debería mencionar a los demonios —se permitió bromear ella; quizás porque no sabí a cómo responder a su efusividad. Nunca había creído que una mujer recatada como ella pudiera despertar esos sentimientos tan intensos en un hombre del atractivo de Álvaro.
—Ya no soy un hombre de Dios, Emilia. Soy… tuyo —le susurró en respuesta llevándose la mano de ella a los labios para besarla. Luego se la colocó sobre el pecho, un gesto que otro hombre había hecho no hacía mucho, pero que provoc ó en ella sensaciones muy diferentes.
La joven cerró los ojos unos instantes en los que le pareció oír sus latidos acompasándose poco a poco y se sintió correspondida, feliz, dichosa.
—¿Esto está mal? —cuestionó él, más para sí mismo que para ella—. ¿Está mal lo que siento por ti?
—No lo sé, Álvaro. No sé si está bien, pero yo siento lo mismo —admitió ella como si le doliera decirlo—.
Pienso en ti a todas horas. Eres ingenioso, divertido, me haces reír, me ves de verdad, me ves a mí bajo todas las capas que me cubren.
Y no me refiero a la tela… Me refiero a esta coraza que las jóvenes debemos mantener frente a los demás para ocultar nuestra personalidad y nuestros anhelos.
Él volvió a pegar su frente a la de ella.
—Entonces no puede estar mal, Emilia —susurró.
¿Que no podía estar mal? Que se lo preguntaran a su padre, el gran don Bernardo Espinosa, que estaba obsesionado con pertenecer a la nobleza.
O a su tía Augusta, que no veía un mejor partido para ella que no fuera Enrique.
Que se lo preguntaran a sus amigos y conocidos, a todos esos burgueses que se creían los amos del mundo.
No, no estaba mal. Estaba terriblemente mal. Era un pecado capital. Una vergüenza. Un sinsentido.
—Creo que deber ía volver a casa —anunció ella—. No deberíamos estar aquí solos.
«A buenas horas lo reconoces», casi le gritó su parte más candorosa.
—Lo sé , esta maldita sociedad y sus prejuicios —aceptó él.
—Es la sociedad en la que nos ha tocado vivir.
Emilia se alisó la falda del vestido, cogió los guantes y el sombrero del suelo y se colocó este último sobre la maraña en la que se había convertido su peinado de bucles.
Después, se ató el barboquejo debajo de la barbilla con una lazada.
Álvaro, por su parte, se lanzó una breve mirada a la entrepierna para comprobar que su cuerpo estuviera volviendo a la normalidad, lo que sonrojó terriblemente a la dama.
Emilia no sabía qué era lo que les sucedía a los hombres cuando se excitaban, pero ahora estaba segura de que tenía que ver con aquella zona concreta.
—¿Qué vamos a hacer a partir de ahora, Emilia? —preguntó él con afectació n mientras caminaban de la mano dentro del recinto amurallado.
—No lo sé. Pero no lo pensemos en este momento, por favor —le pidió—. Ya tendremos tiempo de preocuparnos.
Al abandonar la parcela privada se soltaron las manos y mientras él la acompañaba hasta la plaza de la Escalereta, solo se atrevieron a rozarse los dedos meñiques cuando nadie miraba.
Se despidieron casi sin decirse adiós y Emilia pensó que, en el fondo, ella era como las uvas.
El escobajo de su corazón había cambiado de color y se habí a rendido al amor.