Tierra de vino y sal 20 #2
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Su versión díscola había ganado la batalla y, sin embargo, las piernas le temblaban mientras caminaba detrás del muchacho. Su t ía Augusta tenía razón al decir que no le iba a la zaga a Marga en cuanto a indocilidad, pues, cada una a su manera, las dos se resistían a las imposiciones sociales.

—Tranquila, mi tío ha ido a la bodega a hacer una entrega y mi tía está planchando la ropa de los Vega-González —dijo al verla dubitativa—. Tardarán en volver.

Emilia no sabí a qué le provocaba más intranquilidad, si el hecho de que sus tíos estuvieran en el domicilio o que no. No obstante, se dejó guiar por Álvaro, así la estuviese llevando al infierno.

La casa era pequeña y las tierras ni de lejos poseían las dimensiones de las de la finca Espinosa, pero se notaba que quien las trabajaba entendí a de viticultura.

Los campos se veían cuidados, las vides vigorosas, los aperos de labranza recogidos y bien organizados.

Álvaro la llevó hasta las hileras de cepas y la animó a agacharse junto a él, advirtiéndole que no se acercara demasiado a la planta para que no sufriera arañazos.

—No puedo creer que vaya a hacer esto —reía ella. Él parec ía concentrado.

Emilia se deshizo de los guantes de redecilla y del sombrero y los dejó a un lado, en la tierra.

Los dos tomaron posiciones junto a la cepa y Álvaro le cogió las manos.

Ella se estremeció con el contacto. Sentía las suyas demasiado suaves en comparación con las de él, más toscas y morenas, pero el roce de los dedos le resultaba c álido y agradable, casi sensual.

Su piel, siempre protegida del sol, se veía pálida y tan fina que las venas de las muñecas se le transparentaban.

Se preguntó qué pensaría Álvaro de ella.

¿La consideraría fr ágil y torpe? El vendimiador se inclinó sobre la vid y fue guiando sus manos a la par que explicaba:

—Esta parte gruesa que brota de la tierra es el tronco, que se abre en estas dos partes más estrechas que son los brazos.

Esto de aquí es un pulgar —explicó, haciendo que rodeara una especie de rama corta y gruesa, que, en efecto, parecía un dedo pulgar—.

Del pulgar salen los brotes y de los brotes, las yemas.

—Hizo que palpara unas pequeñas protuberancias—.

Y esto de aquí —señaló tocando con ella un racimo que no había sido arrancado— son los gajos, es decir, los grupos de uvas que componen el racimo.

Emilia se sintió voluptuosa dentro del corsé, que, de repente, le apretaba más que nunca. Los latidos de su corazón se habían acelerado y la sangre circulaba a toda velocidad por sus venas.

—Y… ¿cómo se sabe que la uva está lista para recoger? —pregunt ó por cortar la tensión del ambiente—. Oigo mucho aquello de que «la uva ya está en su punto», pero no sé a qué se refieren.

—Ah, sí, claro. —El muchacho arrancó unas cuantas uvas y señ aló la raspa que quedaba en medio—. Esto es el escobajo. Hacia principios del mes de septiembre se vuelve oscuro y la uva se rinde. Eso nos indica que es el momento de vendimiar.

Emilia, exaltada, soltó una carcajada nerviosa.

—¿Qué quiere decir eso de que la uva «se rinde»? Es una expresión muy divertida.

Álvaro sonrió de medio lado, con cierta malicia.

—Significa que la uva se vuelve… blanda y dulce; que se deja coger.

Los dos se miraron. Sus respiraciones se entremezclaban. No se sabía dó nde terminaba el aliento de uno y empezaba el del otro. Sin previo aviso, él inclinó la cabeza y pegó su frente a la de ella con suavidad.

—Emilia, sé que no debería decírtelo, pero… me gustas mucho —confesó.

Ella sintió que las mejillas se le incendiaban. Se puso de pie en el acto y le dio la espalda sin decir nada.

—Lo siento —siguió é l—. Sé qué lugar ocupo en el mundo.

No tengo nada que ofrecerte, salvo estas manos para trabajar la tierra.

Pero no puedo callarlo más. Cada día me levanto pensando en si me encontraré contigo, en si podremos hablar, aunque solo sean…

unos minutos. Es una especie de obsesión.

Y cuando estamos juntos, el tiempo pasa muy deprisa, y entonces, te vas.

—No sigas, Álvaro —le pidió ella sin mirarlo.

—A veces te noto cerca de mí y creo que sientes lo mismo que yo; pero otras veces te percibo distante y lejana y no s é qué pensar. —Él también se puso de pie y estiró una mano hacia su hombro sin llegar a tocarlo—. Dime algo, Emilia. Por favor, no me dejes así.

La joven dama se volvió y lo miró largamente. Sus ojos se centraron en su boca; en esa boca que parecía dibujada sobre la mandíbula de l íneas rectas. En esa boca que atesoraba una dentadura radiante con la que soñarían muchos caballeros de abolengo.

Tomó la iniciativa y recorrió la distancia que los separaba.

Ya no quería reprimirse más. El anhelo la consumía y tenía que hacer la «prueba del beso » con él. Tal vez eso la hiciera desistir de la absurda idea de buscar al vendimiador todos los días, de considerarlo una posibilidad.

Lo besó.

Y cuando sus labios se unieron, un estallido de sensaciones invadió su cuerpo: calor, placer, alivio, regocijo, hambre, ansia, calma.

Álvaro la tomó de la cintura para atraerla y ella colocó las manos en la nuca de é l, enredando los dedos en su cabello castaño.

Los labios se sincronizaron a la perfección, húmedos, tímidos al principio, pero luego osados, briosos.

Profundizaron el beso y sus respiraciones se aceleraron a la par que los pulsos cardíacos.

Marga tenía razón. O su criada Teresa. Quien fuera.