Tierra de vino y sal 20
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Emilia escribió durante horas para sacar toda la ira que llevaba dentro después de aquel guantazo que le había provocado más dolor emocional que físico.

Cada vez ten ía más que contar sobre una familia a la que, en lugar de Espinosa, llamaría «Estrada», y de una protagonista que, en lugar de Emilia, se llamaría «Elisa».

En su obra intentaría plasmar no solo las costumbres de una época, sino tambi én la injusticia social, las diferencias entre mujeres y hombres, entre ricos y pobres, así como tantos otros temas que le apetecía denunciar. Sería su vía de escape.

Al día siguiente, por descontado, se negó a acompañar a Juliana y a su padre a Cádiz. Ni le apetecí a asistir a esa reunión en la que se decidiría el destino de su hermana, ni mucho menos encontrarse con la tía Augusta.

Cayó la tarde, cerró el cuaderno que le había regalado Álvaro y en vez de pedirle a Purita que la acompañara a la calle, se escabulló de la casa por la parte de atr ás y se fue sola a pasear por la huerta de las Delicias.

Algunos transeúntes se detuvieron a observarla con extrañeza, preguntándose adónde iría una señorita como ella sin compañía, pero los ignoró, ofuscada.

¿Dó nde viviría el muchacho? Lo desconocía, pero sí sabía a quién podía preguntar.

A duras penas llegó hasta la choza de doña Rosalía y, en cuanto oyó su voz, la anciana la recibió de muy buena gana.

Emilia se disculpó enseguida por haberse presentado con las manos vacías, pero la señora le contó que Manuela, la tía de Álvaro, ya le había llevado potaje y frutas.

—Ahora lo que me apetece es la compañí a —le confesó—. Estoy siempre tan sola… ¿Sabe? A veces Álvaro me lee un poco. ¿No traerá usted algún libro consigo, verdad?

Lo cierto era que sí. Emilia rara vez salía de su casa sin papel para escribir y un libro para leer.

En la soledad de la choza, la señorita se sintió en confianza y le habl ó a la anciana de su secreta afición por la escritura, y aunque se negó a leerle alguno de sus textos, sí accedió a entretenerla con las palabras de un autor de renombre como Benito Pérez Galdós.

Llevaba unos días leyendo Cádiz , el octavo episodio nacional, y esperaba que a Rosal ía le resultase tan ameno como a ella.

Un buen rato después, alguien abrió la puerta a su espalda.

—« La vida consiste en mil mudanzas dolorosas» —leía Emilia, a pesar de que las pisadas se aproximaban a ella—, « y el que confía en la perpetuidad de los sentimientos que le halagan es como el iluso que, viendo las nubes en el horizonte, las cree montañas, hasta que un rayo de luz las desfigura o un soplo de viento las desbarata».

—Ay, qué bien escribe ese Galdó s y qué bien lee usted, señorita —comentó la anciana, que de sobra sabía que alguien más acababa de unírseles a la reunión.

Álvaro carraspeó para hacerse notar.

—Con qué facilidad me ha sustituido, doña Rosalía —comentó en tono jocoso.

Emilia y él se miraron y se perdieron el uno en el otro durante unos segundos.

—Emilia —susurró a modo de saludo.

—Álvaro —le contestó ella.

—Nada de sustituir — negó la anciana—. ¡Qué alegría teneros a los dos aquí! ¿Por qué no me leéis un poco cada uno?

Los jóvenes se sonrieron ante la expectativa de compartir un rato juntos, as í estuviera la señora de por medio, y Emilia le cedió el libro a Álvaro con un asentimiento. Como no había más sillas que la de Rosalía, ella estaba apoyada en la mesa y él se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.

—« …con estas palabras, que encerraban profundad verdad, la Condesa me estaba matando» —leía él un rato después, con voz suave y cadenciosa—. « Parecíame que mi alma era una hermosa tela, y que ella, con sus finas tijeras, la cortaba en pedacitos para arrojarla al viento».

Emilia estaba absorta en el relato. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto escuchando a alguien leer y podría haber permanecido en la misma incómoda postura durante horas.

Fue Rosalía quien rompi ó ese momento tan especial al evocar sus vivencias en la época del asedio de Cádiz, el tema del que trataba el libro.

—Hace sesenta y seis años de aquello y nunca podré olvidar la entrada del ejército de Napoleón en Chiclana.

Venían a caballo, con sus uniformes brillantes y sus sables, creyéndose los dueños de todo esto.

Enseguida instalaron su fuerte en el cerro de Santa Ana y convirtieron la Iglesia Mayor en caballeriza.

Una terrible profanaci ón —dijo besando un rosario que extrajo del bolsillo de su saya—.

Yo por entonces apenas era una chiquilla, pero Anita, una de mis hermanas mayores, que trabajaba como criada en la casa de doña Frasquita Larrea, lo vivió todo de primera mano.

¡Allí alojaron al mismísimo general Villate!

Menos mal que ese caballero nunca se condujo mal con ellas.

—No me diga. ¿Entonces su hermana conoció a doña Frasquita, la escritora? —Emilia estaba emocionada. Frasquita Larrea fue la madre de Fernán Caballero, y hablar con alguien que la hubiera conocido en persona le resultaba incre íble—. ¿Usted la vio alguna vez?

—Sí, alguna vez. A pesar de su posición, era una señora muy campechana. Me caía bien.

Emilia le habría hecho mil preguntas más, pero de repente la anciana parecía agotada. Les pidió que la acompañasen al camastro, en una esquina de la choza, y cuando ya se iban, a Álvaro se le ocurrió poner a la anciana en un aprieto pidiéndole que confesara qué narrador le había gustado más.

—¡Esto no se hace! —se quejó la mujer, ya recostada—. Uno iba para orador y la otra es escritora… ¡Los dos sois muy buenos!

Los dos contestaron a la vez:

—Yo no iba para orador…

—Yo no soy escritora…

Soltaron una carcajada cómplice y se despidieron de ella hasta la pr óxima ocasión. Álvaro se ofreció a acompañar a la señorita un trecho y, esta vez, ella aceptó.

—Doña Rosalía es una caja de sorpresas, ¿verdad? —coment ó él por el camino—. Además, su memoria es asombrosa. Es de las pocas personas que quedan en Chiclana que aún recuerdan los tiempos de la ocupación francesa.

—Es fascinante —coincidió Emilia—. Siento predilección por todo lo que tiene que ver con aquella época.

Se hizo el silencio entre los dos. Sus brazos se rozaban al caminar.

—Entonces, ¿qu é? ¿Me vas a dejar leer algo tuyo? —le preguntó el jornalero, que se había detenido bajo la sombra de una de las incontables moreras de la huerta de las Delicias—. Lo digo porque mi tío ha salido y podría aprovechar para enseñarte a vendimiar en su campo.

—¿Iba en serio lo de enseñarme a vendimiar? —dudó ella, riéndose.

—Pues claro; siempre hablo en serio, Emilia. —La mir ó con intensidad y luego le hizo un gesto con la mano—. Venga, déjame el cuaderno.

Y sin saber cómo ni por qué, la joven dama lo extrajo del bolso y se lo tendió. Dejarle un texto suyo a alguien era como abrirle las puertas de su mente. Se sintió vulnerable. Era como permitir que la observase mientras dormía con el riesgo de decir algo indebido en sueños.

Él lo tomó, lo abrió con delicadeza —casi como si abriera una biblia— y comenzó a leer en silencio.

Al principio su rostro reflejaba serenidad, pero después de pasar varias páginas se dedicó a hacer morisquetas con la cara.

Alzó las cejas, estrechó los ojos, abrió la boca, la cerró.

Emilia se dio cuenta de que estaba bromeando.

—Vamos, no seas tonto. ¿ Qué te parece? Habla.

—Pues, a ver, no soy ningún crítico literario —reconoció él—, pero he leído lo bastante como para emitir una opinión fundamentada y estoy seguro de que tu relato es muy prometedor.

—¿De verdad? ¿No son extravagancias de una jovencita tonta? —Enrique había calificado sus relatos de « estrafalarios».

—No. Me gusta cómo retratas el paisaje de Chiclana y cómo estas descripciones reflejan el estado de ánimo de la protagonista. Me gustan tus frases breves, que te dejan con ganas de más. Creo que tienes talento, Emilia. Lo digo en serio.

—Solo estoy aprendiendo —declaró ella, ruborizada.

¿Por qué con él era todo tan fácil? ¿Por qué podía ser ella misma?

—No te infravalores. Lo haces muy bien. —Le tendió el cuaderno y le rozó los dedos—: Gracias por dejarme leerlo.

Ella tomó el cuaderno de vuelta y sonrió.

—Ahora me toca a mí cumplir con mi parte del trato —determinó él—. Ven conmigo.

Álvaro la cogi ó de la mano y ella se dejó llevar muerta de la risa mientras decía: «estás loco».

Se detuvieron a la altura de la calle Luna y se adentraron en un terreno privado cercado por un murete.

Emilia sintió un escalofrío. ¿Se atrevería a estar a solas con un hombre en el interior de una finca desconocida?

«No puedes hacerlo, eres una señorita de bien», le dijo su propia voz con un tono angelical y recriminatorio.

«Déjate llevar. Es ahora o nunca», se animó a sí misma con una inflexión más ser áfica.

Y no supo a cuál de las dos voces haría caso hasta que cruzó la puerta de entrada.

Porque sí, entró.

Sería su manera de rebelarse contra el destino que querían imponerle. Merecía tomar sus decisiones en libertad; porque cre ía en la igualdad entre hombres y mujeres, igual que esa Mary Wollstonecraft, que había sido capaz de vivir de la escritura y sola en el Londres de finales del siglo xviii .

«¿Por qué no? Si ella pudo elegir su vida, tú también puedes», seguía diciendo su lado más rebelde.

Precisamente de la escritora inglesa habí a aprendido que las mujeres no eran inferiores a los hombres por naturaleza, sino porque recibían menos formación.

Emilia lo había comprobado en su día a día, puesto que mientras a su primo le habían costeado la carrera de Medicina, a ella solo la habían enseñado a bordar y a relacionarse en sociedad.

Y aunque su padre viera con buenos ojos su afición a la escritura, no dejaba de considerarla un pasatiempo.

Cu ántas veces se había preguntado si, aun sin la instrucción adecuada, sería capaz de escribir algo tan impactante como Frankenstein, de Mary Shelley.