Tierra de vino y sal 19
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Emilia llevaba un buen rato encerrada en su habitación cuando su tía Augusta abrió la puerta de golpe y la sobresaltó.

—Márchate —orden ó la viuda a Marcela de malos modos.

La doncella personal, que guardaba las medias limpias en los cajones de la cómoda, obedeció en el acto y abandonó la habitación cerrando la puerta con sigilo.

—¿Se puede saber qué le has hecho a tu primo para que ni siquiera desee quedarse a almorzar? —preguntó con las venas de su cuello delgado y nervudo inflamadas—. Ha tenido que ser muy grave porque…

Emilia, tumbada en la cama mientras se pasaba la figurita de Minerva de una mano a otra, confesó con hastío:

—Lo he besado en los labios.

El desconcierto se apoderó de doña Augusta. Ningún enamorado se hubiera puesto así de furioso al ser besado por el objeto de su amor, más bien al contrario. Tenía que haber ocurrido algo más.

—¿Y me lo dices así, tan fresca? —inquirió la gran dama alzando las cejas, lo que provocó que su frente se arrugara como un acordeón.

Doña Augusta no era, en realidad, una mujer mayor, pero al verla daba la impresión de que le sobraba piel, o de que había perdido peso de manera abrupta, cosa que nunca había sucedido—.

Besarse aprovechando que no hay carabina es un comportamiento indecente, jovencita.

No debimos dejaros a solas —siguió diciendo como para sí—.

¿Y se puede saber por qué está molesto mi hijo? ¿Tan espantoso fue el beso?

Emilia no apartó la mirada de la diosa de la sabiduría.

—Digamos que no fue lo que esperábamos y así se lo hice saber —explicó—. Si no puedo ni darle un beso a mi futuro esposo, evidentemente no debería casarme con él.

Doña Augusta se llevó una mano enguantada a la frente, exasperada.

—¡Habrase visto cosa más ridícula! ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza? Mi difunto marido padecía de halitosis y no por eso lo rechacé.

Por fin, Emilia se incorporó y quedó sentada en la cama para enfrentar a la dama desde la distancia.

—Compréndalo, tía. Yo no soy usted.

—¡Está claro que no! —le espetó.

La joven observó entonces el rostro de la mujer en el espejo ovalado del tocador y, por un instante, le pareció que había dos tí as Augustas en la habitación. Dos gemelas atosigándola desde ángulos distintos para acorralarla.

—¡Esas ideas románticas que te meten en la cabeza todos esos libros que lees acabarán contigo, Emilia!

—siguieron diciendo la mujer real y su reflejo—.

Porque, déjame decirte que si esperas a enamorarte para casarte, te quedarás para vestir santos.

Con toda la gente que hay en el mundo, ¿crees que vas a tener la suerte de cruzarte con el amor de tu vida?

No es tan fácil, por no decir imposible.

Ademá s, aunque lo encontraras, ese hombre tendría que reunir una serie de requisitos para convertirse en tu esposo: ser un caballero, gozar de una holgada posición económica y social, poseer una reputación respetable que encumbre el nombre de la familia… ¿Quieres que siga?

Emilia dejó la figura de escayola sobre la cama, se puso de pie y caminó hacia doña Augusta, lo que hizo desaparecer a su reflejo. Su tía volvió a ser una. Se evaluaron con la mirada.

—No. No hace falta. A lo mejor yo no deseo casarme, tía —contestó la joven.

Pero la gran dama todavía tenía más frases lapidarias en su repertorio y no pensaba marcharse sin decírselas todas.

—Eso crees ahora que eres joven, pero los años caerán sobre ti en tromba —sentenció— . Cuando te des cuenta estarás arrugada, vieja y fea habrás perdido lo único que tenías para ofrecer y entonces ningún hombre te querrá y ya ni hijos podrás concebir.

«Lo único que tenías para ofrecer» , se repitió Emilia. Como si su intelecto, su sentido del humor, su personalidad y su forma de ver el mundo no contaran en absoluto. Como si solo fuera una cáscara vacía con un vientre para fabricar hijos.

—¡Pues que no me quieran! —gritó más fuerte de lo que le habría gustado.

La tía Augusta hizo lo que llevaba tiempo deseando hacer: le propinó un guantazo con su mano huesuda que le dejó a Emilia la red del guante marcada en la mejilla.

—Muy bien. No te insistiré más —dijo después con indiferencia—.

Pero recuerda mis palabras, Emilia, porque llegará un día en que lamentarás la decisión que has tomado.

Y, por supuesto, Enrique no se va a quedar soltero.

Ya le buscaremos una esposa a su altura y te tocará compartir con ella todo esto que ahora crees tuyo.

Emilia, con la mano cubriéndose el rostro, abandonó la habitación y bajó corriendo a refugiarse en la biblioteca, vacía en aquel momento.

Su abuelo la miró desde el cuadro y ella deseó que estuviera vivo para que le diera la razón.

¿O acaso aprobaría su matrimonio con Enrique?

«Mis abuelos eran primos» , había dicho su padre.

Se llevó la mano al cuello y abrió el relicario de oro para contemplar el retrato en miniatura de uno de los óvalos.

La bella Catalina le devolvía una sonrisa melancólica.

«Y usted, madre, ¿qué pensaría de todo esto?

», se preguntó. Era absurdo. Nunca sabría la respuesta, pero tenía clara una cosa: si su progenitora y su hermano no hubieran muerto en el parto, no se vería en la tesitura de tener que aceptar a su primo como esposo.

Su padre contaría con un heredero varón y su madre…

su madre intercedería por ella para procurar su felicidad, como siempre había hecho.

Se dejó caer en la silla del abuelo y poco despu és oyó los cascos de los caballos de un carruaje que se alejaba a toda prisa. Tía Augusta y Enrique abandonaban Chiclana.