Tierra de vino y sal 18 #2
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Y no solo coincidían en eso. Para colmo, y como si los astros hubieran estado al corriente de los deseos de la tía Augusta desde tiempos ancestrales, los dos habían nacido el mismo día de octubre, pero con cuatro años de diferencia, lo que había favorecido que en la infancia y adolescencia compartieran juegos, risas y peleas.

Como aquella vez que Enrique la arrastr ó de las trenzas por la alfombra de la casa de tía Augusta y ella, en venganza, le propinó una fuerte patada en la entrepierna que lo dejó indispuesto durante varios días.

Emilia guardó silencio para cederle la palabra y él la invitó a sentarse.

Ella tomó asiento en un extremo del sofá de tres plazas, esperando que él lo hiciera en el otro, sin embargo, el joven médico se situó demasiado cerca; tanto que la muchacha podía percibir su aroma a jabón de afeitar de almendras.

Durante unos segundos, ninguno de los dos supo qué decir.

Enrique alzó la mano hacia uno de los bucles castaños que caía sobre el hombro de la joven.

—Tení as una hoja enredada en el pelo —se excusó ante la mirada fría de su prima.

—Gracias —contestó ella y bajó la cabeza.

—Vienes de pasear por la arboleda de Santa Ana, ¿verdad? Te encanta desde que eras una niña…

Ella fingió una sonrisa.

—Las musas me susurran entre los árboles.

—Sí, lo sé.

De nuevo el silencio tendió un tupido velo sobre ambos.

—Te… te he traído un pequeño obsequio de Roma —anunció él sacando una figurita del bolsillo interior de la chaqueta.

Emilia la aceptó; era una representació n de Minerva, la diosa romana de la sabiduría y de la guerra, con casco, escudo y lanza—.

Me he acordado mucho de ti durante el viaje, Emilia.

Te habrían encantado las capitales europeas, especialmente la Ciudad Eterna.

—Supongo que sí… —coincidió ella—. Lástima que a las mujeres no se nos permita estudiar en la universidad, y menos, hacer un viaje de fin de curso con las amigas.

Él frunció el ceño ante el comentario, pero no dijo nada al respecto. Cambió de tema.

—Mañana he de partir hacia Sevilla —la informó— .

Tengo que gestionar un asunto relativo a las propiedades que mi padre me legó en la ciudad y que me mantendrá ocupado durante varios días.

—Con un suspiro dejó entrever que el asunto le provocara hartazgo—.

Y a la vuelta tendré que comenzar con la especialización en cirugía médica.

Estaré muy atareado. Por eso… —vacil ó; su nariz cada vez se percibía más roja e irritada—.

Por eso, antes de mi marcha, quería decirte que…

que nuestro compromiso no es algo a lo que me sienta obligado.

Mi corazón late por ti desde hace años, querida prima.

Mis sentimientos no solo son nobles, sino ardientes.

Algo en su tono arrebatado la convenció de que era cierto, de que lo del matrimonio no había sido tanto idea de su tía como de él; igual que cuando se encaprichaba de alguna de aquellas peonzas de madera cuando era niño y no paraba de berrear hasta que su madre se la compraba.

—Enrique, por favor —le pidió ella con la mirada clavada en las peonías.

Visualizaba sin pretenderlo aquel día del verano pasado, cuando, paseando a caballo por la finca se cayó y se lastimó el hombro.

Con qué facilidad se había deshecho entonces del corpiñ o y con qué delicadeza él le había sostenido el brazo para examinarla.

Imaginarse en ropa interior y corsé delante de su primo, ahora la ruborizaba sobremanera. ¿Cómo había podido estar tan ciega?

—Por favor, ¿qué?

—Somos primos —dijo enfrent ándolo.

Los ojos de Enrique mostraban un aspecto vidrioso y su nariz parecía a punto de estallar en llamas. Emilia no sabía si se debía a la emoción, al deseo contenido o al polen.

—Qué importa eso, Emilia —respondió tomando sus manos, que bes ó repetidas veces antes de llevárselas al corazón—. Estoy enamorado de ti. ¿Es que no te habías dado cuenta? Te complaceré en todo, lo prometo. Seré el mejor esposo que puedas imaginar.

Sentir el latido fuerte y frenético de aquel hombre al que parecía ver por primera vez, la turbó.

¿Y si le daba una oportunidad? Ambos tenían gustos parecidos, una sensibilidad especial.

Gozaban de los juegos de mesa, de las charlas, de los paseos por el campo, de la lectura…

Compartirían una gran biblioteca y la harían crecer. Tendrían hijos hermosos de ojos grises.

—Bésame —le pidió ella de repente.

Nunca se le hubiera pasado por la cabeza que su primer beso se lo daría él.

A Emilia se le ocurr ía otra opción mucho más apetecible, pero la vida era caprichosa y ahora se encontraba en esta tesitura.

Tenía que hacer la prueba de fuego; debía concederle al menos eso, aunque solo fuera por hacerle caso a Marga.

Enrique no se lo pensó dos veces: se inclinó hacia ella, acunó su rostro entre las manos y la besó con fogosidad.

Al roce de sus labios, un sentimiento de intensa repulsa se apoderó de Emilia.

Era como besar a su tía Augusta. Abrió los ojos en mitad del beso y vio la nariz, la misma nariz del abuelo, pero hinchada y enrojecida, demasiado cerca de ella.

El bigote rubio, aunque pulcramente recortado, le hacía cosquillas y le provocaba ganas de reírse.

Cuando Enrique trató de profundizar el beso, la dama apretó los labios.

Él intentó forzar la situación, pero al fin, desistió .

—Has apretado los labios —hizo notar, jadeante.

Emilia se puso de pie y el heredero de los Espinosa estiró una mano hacia su falda para retenerla, pero la tela resbaló como el agua bajo su contacto.

—¿Es que no has sentido asco? —le preguntó ella.

—¿Asco? —La ofensa contrajo el rostro del joven médico—. ¿Cómo puedes decirme semejante cosa, Emilia?

—Esto no tiene razón de ser, Enrique. ¿ No lo ves?

La joven se dirigió a la puerta del invernadero, que, por decoro, había dejado abierta al entrar, y su primo se incorporó con ademanes marciales para hablarle con el tono de quien está acostumbrado a mandar y a ser obedecido.

—No te irás, Emilia. ¡No me dejarás!

Ella se giró un momento.

—No te dejaré porque nunca hemos estado juntos, Enrique.

Él cambió su expresión severa por una cargada de rencor.

—Pensaba satisfacerte en todo, mi hermosa prima. Ibas a pasear a tus anchas; sola, si era lo que querías. No te iba a imponer damas de compañía. Incluso te iba a dejar escribir esos relatos tuyos tan estrafalarios…

Quien mostró severidad entonces fue Emilia, que antes de abandonar el invernadero, manifestó:

—No sabía que necesitara tu permiso para seguir haciendo lo que siempre he hecho y siempre haré, ya sea soltera o casada. Que te vaya bien por Sevilla, Enrique.

Comenzaba a soplar un viento del norte que auguraba el fin del verano y la muchacha echó de menos un chal sobre los hombros. Camin ó a paso ligero hacia la casa, de fondo, la acompañaban los sonoros estornudos de su primo.

9 . Actual calle de la Plaza, donde se ubicaba la antigua plaza de abastos.