18
Cuando Emilia se quedó dormida por fin , soñó que Álvaro venía a visitarla de noche, que se agarraba a los barrotes de la verja del jardín y que el hierro se derretía como la cera para que no hubiera barreras entre ellos.
Sin embargo, antes de que pudieran siquiera tocarse, unas manos grotescas salieron de la oscuridad y se llevaron al muchacho a rastras.
—¡No! —gritó, y se incorporó de golpe, sudando.
Juliana, sentada sobre el borde de su cama, se frotaba los ojos.
—Iba a despertarte. ¿ Qué estabas soñando? Tenía que ser espantoso.
Emilia, que no podía revelar su sueño, optó por una verdad a medias.
—Pues… naderías. Había un monstruo en el jardín.
—T ú y esa imaginación tuya —dijo la primogénita levantándose. Se dirigía al tocador cuando se volvió en seco—. Oye, ¿y tus bigudíes? —preguntó se ñalándole la cabeza.
—Me… me molestaban —improvisó la otra.
Su hermana le dedicó una mirada de extrañeza puesto que nunca, en años, le habían molestado los rizadores de tela, pero no añadió nada má s.
Se lavaron la cara en sus respectivos palanganeros.
Marcela las ayudó a vestirse y desayunaron en el comedor en compañía de don Bernardo.
La casa se sentía extrañamente silenciosa sin sus primas, por lo habitual, mucho más ruidosas que ellas.
Juliana pidió consejo a su padre para escoger el regalo de compromiso para su futuro marido y Emilia no abrió la boca, ausente de la conversación.
Después del desayuno, Juliana se retir ó a bordar unas sábanas para el ajuar, Don Bernardo se confinó en la biblioteca y Emilia decidió ir a pasear por los alrededores con su nuevo cuadernillo.
—¿Me acompañas a dar un paseo, Puri? —pidió a una de las criadas después de asomarse a la cocina.
Antes era Marcela quien la acompañaba, pero la doncella personal se negaba en redondo a hacer de carabina desde que la tía Augusta un día la abroncara por perder de vista a su ama.
—Se… se ñorita, por supuesto. Justo tengo que ir al mercado a por algunos alimentos que me ha mandado comprar la señora Francisca —contestó la muchacha, de ojos diminutos y grandes dientes incisivos que le conferían aspecto de roedor.
—Gracias, Puri.
Poco después, las dos muchachas cruzaron el Puente Chico y se dirigieron a la calle Magistral Cabrera, 9 llena de gente que iba y venía a esas horas de la mañana; sobre todo, de sirvientas que hací an los recados de sus señores.
Emilia le pidió a Puri que se marchase tranquila a comprar las viandas, mientras ella paseaba por la plaza de Jesús Nazareno.
La criada aceptó reticente, pues todos en el palacete sabían de la afición de la señorita Espinosa a «perderse ».
Y eso fue justo lo que pasó.
Los pies, pero sobre todo la mente de Emilia, la llevaron sin querer a la empinada calle Hormaza y siguió subiendo más allá, hasta que los adoquines fueron sustituidos por tierra y las residencias por vegetación.
Pinos piñoneros, olmos, encinas, chopos y gigantescas pitas jalonaban el camino.
Las voces quedaron atrás y ya solo se oía el canto de los pájaros y la brisa susurrando entre las hojas.
Se detuvo al llegar a la ermita de Santa Ana, que coronaba el cerro de su mismo nombre, y permaneci ó allí un buen rato, contemplando la visión de Chiclana desde las alturas y haciendo anotaciones.
Le parecía un sacrilegio que a principios de siglo el ejército francés de Napoleón hubiera instalado sus cañones en aquel lugar sagrado, pero lo comprendía.
Al fin y al cabo, desde esa altura se controlaba toda la bahía.
Pensar en aquellos tiempos le provocaba escalofr íos, y, sin embargo, era uno de sus episodios históricos favoritos.
Absorta en los laberintos de su propia mente, no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que fue demasiado tarde. El mercado público ya debía de haber cerrado y seguramente Puri había vuelto a casa dando la voz de alarma: la señorita se había perdido. Otra vez.
Emilia corrió cuesta abajo todo lo deprisa que le permitió su vestido, atravesó el centro del pueblo y una media hora después entró en la casapuerta del palacete con las mejillas sonrosadas y los botines manchados de tierra.
En el salón principal, junto a la chimenea apagada, Juliana, don Bernardo y doña Augusta bebían sorbitos de sus copas de anís mientras conversaban.
Se callaron de golpe en cuanto la muchacha apareció por la puerta.
Emilia se estremeció. Se suponí a que al día siguiente su padre y su hermana irían a Cádiz a reunirse con las tías para asistir a la reunión de «tratos» donde se negociarían las condiciones del matrimonio de Juliana.
Entonces, ¿qué hacía allí doña Augusta? La mirada se le fue a un moderno sombrero masculino tipo hongo que no pertenecía a su padre y que alguien había dejado olvidado sobre una silla.
—Emilia, por fin llegas —la saludó su tía.
Sin darle tiempo a responder, la dama se puso de pie y se le acercó para quitarle el sombrero, el bolso y la sombrilla, al tiempo que le susurraba con disimulo:
—Querida, espero que entres en razó n.
A lo que la joven respondió en voz alta:
—Si está usted aquí por el asunto de mi primo, pierde el tiempo, tía Augusta.
La viuda se llevó la mano libre al doble collar de perlas naturales y torció el gesto.
—¿Quieres que te repita que, cuando tu padre fallezca sin herederos masculinos, Enrique va a heredar todo el patrimonio familiar? Palacetes, fincas, viñas y ese campo por el que tanto te gusta pasear. ¿Te da igual que otra mujer sea la dueñ a y señora de todo esto? Una extraña…
Emilia la miró solo a ella.
—¡Se trata de su hijo, tía! ¡Un hermano para mí! —argumentó.
—¿Volvemos a lo mismo? —se sulfuró la viuda tratando de mantener los nervios bajo control—. ¿ Tu amiga Adela no se casó el pasado mes de marzo con su primo? ¿Acaso te pareció mal? No, ¿verdad? Pues no te creas tú más especial que el resto.
Emilia negó con la cabeza.
—No es lo mismo, Ricardo es un primo lejano de Adela y apenas lo conocía. Yo prácticamente me he criado con Enrique.
—Qu é hija más terca tienes, Bernardo. —La mujer se volvió hacia su hermano buscando apoyo, pero él se encogió de hombros. O era una táctica del terrateniente para que Augusta se relajara o, como Emilia temía, había decidido dejar el asunto en manos de las dos mujeres.
Doña Augusta hizo sonar la campanilla e inmediatamente se presentó en el sal ón Purita, que suspiró aliviada al ver a su ama sana y salva, aunque parecía temer una regañina. Doña Augusta se limitó a entregarle las prendas de Emilia para que se hiciera cargo de ellas.
—Tía, no sé qué opina Enrique de todo esto, pero… —siguió la joven Espinosa.
La gran dama no la dej ó terminar.
—¿No sabes qué opina Enrique? Eso tiene fácil solución. Te está esperando en el invernadero.
Por el sombrero masculino, Emilia ya había intuido que su primo estaba de vuelta, no obstante, su corazón aceleró los latidos. Hacía meses que no veí a a su compañero de charlas, paseos y partidas de ajedrez y lo cierto era que lo echaba de menos, pero ahora no sabía cómo comportarse con él.
—¿En… en el invernadero? —preguntó. Le resultaba raro el lugar escogido, puesto que las flores le provocaban tantas molestias que solía evitar los espacios cerrados y atestados de macetas.
—Sí, quiere hablar contigo a solas. No lo hagas esperar más, por favor.
—Está bien —concedió Emilia.
De día, la entrada al jardín le pareció un portal hacia el bosque encantado de Titania y las estatuas le resultaron entonces menos siniestras que por la noche.
Las ninfas, los angelotes y hasta el gran Hércules con su capa de piel de león se le antojaron divertidos.
Esta vez, sus pasos no la llevaron hacia la verja, sino hacia el hermoso invernadero francé s construido en hierro forjado y vidrio que se situaba a la derecha.
Enrique sabía que era uno de sus lugares favoritos de la casa.
¿Lo habría elegido para su cita por esa misma razón?
«El primo está loco por ti». La voz de Marga la atormentaba y ella la apartó de su mente una vez más.
«No. No puede ser» .
La quietud del ambiente la ponía aún más nerviosa y ni siquiera Piti se atrevía a piar en su jaulón.
En otros tiempos, habría corrido al encuentro de su primo y se habría arrojado a sus brazos para que él la asiera de la cintura y la hiciera dar vueltas a su alrededor.
Ahora caminaba despacio y dubitativa. Imaginar sábanas bordadas con una doble « E» le producía rechazo.
Ojalá Enrique estuviera de acuerdo con ella y considerara su compromiso una completa insensatez.
Abrió la puerta de cristal y lo halló sentado en el exquisito sofá de mimbre con cojines a rayas rosadas y blancas; sostenía entre las manos un tiesto de cerámica con peoní as y las estaba oliendo.
Al verla, se puso en pie cuan alto era y dejó las peonías en la mesita de té reprimiendo un estornudo.
Los dos hablaron a la vez.
—Emilia…
—Enrique…
La joven tenía que reconocer que su primo era un hombre muy apuesto.
Más alto que la mayoría, con un cuerpo firme y el cabello trigueño a juego con el bigote y las patillas.
Lucía un impecable traje de chaqueta gris claro que combinaba con chaleco y corbatí n en tonos más oscuros.
Un conjunto que resaltaba el color de sus ojos; exactamente el mismo que el del abuelo Bernardo…
y el mismo que los suyos. Una señal más de que eran familia, de que un matrimonio entre ellos no auguraba nada bueno.