17
Emilia pasó el resto de la tarde con la pluma entre los dedos.
Cuando se sentía melancólica, preocupada o decepcionada era cuando más escribía, y aunque suponía que había novelistas alegres que creaban magn íficas obras desde la felicidad, no era su caso.
A menudo, poco podía hacer con la alegría más que disfrutarla cuando llegaba.
Su visita a la finca Espinosa la había dejado peor de lo que estaba, puesto que solo había podido ver a Álvaro de lejos.
¿Qué habría pensado él? Acostada en su cama de la habitación, que volvía a compartir con Juliana, intentaba en vano conciliar el sueño.
Su hermana, sin embargo, hacía un buen rato que dormía profundamente.
—Son las diez y serenooo —decía la voz cansada del vigilante del vecindario—. Viene nublado y serenooo.
«Nublado. Tan gris como mi estado de ánimo», se dijo.
Un rato despué s, unos golpecitos contra el cristal rompieron el silencio en la habitación de las Espinosa.
Emilia se preguntó si serían los primeros goterones de lluvia.
Se levantó con sigilo —aunque para despertar a su hermana haría falta un regimiento tocando el tambor— y se dirigió al balcón.
Apartó la cortina de encajes y pegó el rostro al cristal. Justo debajo de su balc ón estaba él .
Álvaro.
Se echó hacia atrás en el acto, como si un rayo fuera a alcanzarla. ¿Qué hacía allí? ¿ La habría visto? Tenía una pinta terrible, con la cabeza llena de tirabuzones enrollados y atados con lacitos de tela.
Plic, plic, plic.
Las piedrecitas siguieron sonando contra el cristal.
Emilia, nerviosa, se deshizo de los lacitos frente al espejo a toda velocidad y se pasó los dedos entre los bucles. Abrió la puerta del balcón con sumo cuidado y se asomó esperando ver a un fantasma salido de la fase de duermevela para atormentarla. Pero no, allí había alguien de carne y hueso.
Sus ojos se encontraron con los de Álvaro y le hicieron una pregunta silenciosa: «¿ Qué haces aquí?». A lo que el muchacho respondió señalándole con el dedo índice la parte de atrás del palacete.
¿Qué quería? ¿Que se vieran en el jardín, de noche y a solas?
Si la descubrían sería su perdición. No obstante, ¿qué otra cosa podí a hacer?
¿Dejarlo allí plantado, lanzando piedrecitas hasta que alguien se despertara?
Su padre dormía en la habitación contigua, y el ama de llaves, aunque descansaba en la planta del servicio, tenía el sueño muy ligero.
Además, el mayordomo siempre estaba alerta.
Se puso la bata y las zapatillas de seda, cogió el quinqué de la mesilla de noche y, cuando salió al pasillo, prendió la mecha.
El corazón le tamborileaba en el pecho ensordeciendo sus oídos mientras descendía la escalera del servicio.
Dejó atrás varias estancias y se plantó frente a la puerta del jardín.
Flanqueada por dos columnas con jarrones de estilo Médici, en aquel momento le pareció la entrada al reino del Hades.
Sin embargo, el miedo no la frenó y atravesó el umbral sin dudarlo.
Las estatuas de alabastro repartidas por el vergel la siguieron con sus miradas de ojos sin pupilas, pero ella no se amedrentó.
El recinto se cerraba al exterior con una verja de puntas de lanzas y un candado cuya llave tenía únicamente la señora Francisca.
Y entonces lo vio.
Álvaro estaba aferrado a los barrotes, esperándola.
¿Qué se supon ía que tenía que hacer?
Las farolas de aceite apenas iluminaban la calle a esas horas, volviéndola peligrosa y atractiva para los criminales, lo que justificaba los paseos del sereno. Emilia caminó hacia Álvaro con el quinqué en la mano, temblando. Por las noches refrescaba, pero no era eso lo que la hacía tiritar.
—Álvaro…—le susurró mirando a todas partes. Piti era una bolita plumosa que dormía en el interior de su jaula y temió despertarlo y que el p ájaro se pusiera a cantar—. ¿Qué haces aquí?
—Quería devolverte la visita —murmuró él.
—¿Devolverme la visita? Yo no te he visitado. Si lo dices por lo de esta mañana… solo quería pasear por el campo. —Sonó tan pueril que no se lo creyó ni ella.
—Bueno, pues yo solo quiero ver tu palacete desde atrás —bromeó él.
Ella se mordió la cara interna de los carrillos para no sonreír, y respondió:
—Serás grosero.
Se hizo el silencio durante unos interminables segundos. Emilia era consciente de que nunca habí a estado en camisón delante de un hombre. Él pareció consciente de que ella estaba en ropa de dormir.
—¿Tienes frío? —le preguntó.
—No —negó, orgullosa.
—Ojalá pudiera prestarte mi chaqueta.
—No traes chaqueta —apreci ó ella.
El muchacho vestía su camisa blanca de los domingos y, bajo la luz del quinqué, Emilia identificó su colgante: el cordón de cuero del que pendía una humilde cruz de madera, tal vez de sus tiempos en el colegio sacerdotal.
—Por eso he dicho «ojalá pudiera» —contestó .
Ella volvió a fruncir los labios para no sonreír. ¿Por qué delante de ese hombre se sentía tan dichosa? Tenía que mostrarse enfadada, digna, distante. Y, por el contrario, no hacía más que aguantarse la risa.
—Estabas preciosa esta mañana — soltó él a bocajarro, cortando el hilo de sus pensamientos.
Emilia agradeció la oscuridad para que Álvaro no le viera las mejillas sonrojadas.
—Y estás preciosa ahora —añadió.
—¿Para eso has venido en mitad de la noche a mi casa, para lisonjearme? —le recriminó, obligándose a fingir hartazgo.
Él se encogió de hombros.
— No. No podía dormir y mis pasos me trajeron hasta aquí sin querer… —confesó. Estaban demasiado cerca; él estiró una mano y cogió uno de sus tirabuzones—. Te queda muy bien el pelo suelto. Pareces… más tú.
Ella se apartó y le lanz ó una mirada inquisitiva. ¿Qué sabría él sobre quién era ella?
—Está bien, disculpa. Ya paro de «lisonjearte» —murmuró .
Se separó de la verja y se cruzó de brazos estirando la camisa sobre sus vigorosos músculos.
La oscuridad de la noche le confería un aspecto misterioso y enigmático, y la tenue luz de la farola más cercana creaba sombras sobre su rostro y sus ojos—.
Entonces, ¿qué? ¿Me vas a enseñ ar algo de lo que escribes?
Emilia lo tenía claro.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque… —alargó la «e» todo lo que pudo—. Pues porque no tengo nada aquí —improvisó.
—¿Seguro? Siempre llevas ese cuadernillo tuyo.
—Estaba durmiendo — le recordó—. No acostumbro a escribir cuando duermo.
—Invéntate algo ahora —la retó él.
Emilia sonrió abiertamente por fin.
—¿Ahora? Necesito inspiración.
—¿No te inspiro nada yo?
—No.
Él se rio de buena gana y ella lo mandó a callar. Después, se miraron. La frialdad de los barrotes los separaba, pero ellos ya no ten ían frío.
—Te he traído un regalo —dijo él acercándose de nuevo, y se sacó del bolsillo un pequeño cuaderno de cuero atado con una cuerda, similar al que tenía ella, pero menos coqueto y más masculino —. Para cuando se te acabe el tuyo —explicó.
Lo asomó por entre los barrotes y Emilia rozó su mano al cogerlo. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo.
—No sé si debo aceptarlo —susurró ella sin apartar la mirada del cuaderno.
—Tú le darás mejor uso que yo. Es de cuando estudiaba en el seminario.
Emilia volvió a ser consciente de que el hombre que tení a en frente no era ningún campesino analfabeto, sino alguien que había estudiado y al que parecían gustarle las letras tanto como a ella.
—Gracias —aceptó al fin.
Él posó los ojos sobre sus labios; repasó la cascada de tirabuzones que caía sobre sus pechos, la bata bajo la que se entrevía el camisón y emiti ó un leve suspiro.
—Ve a dormir, Emilia. Siento haberte molestado.
—Buenas noches, Álvaro —susurró ella.
—Buenas noches, liebrecilla —se despidió él, guiñándole un ojo.
Y la oscuridad se lo tragó.