Tierra de vino y sal 16
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Álvaro no podí a creerse que Emilia se hubiera presentado en el viñedo aquella mañana. ¿Lo habría hecho para verlo a él ? En otras circunstancias se hubiera acercado a saludarla, pero no habría sido apropiado, así que se limitó a observarla desde lejos.

La encontró esplendorosa con aquel vestido de color rosa p álido y su coqueto sombrero de paja con lazo de raso a juego.

¿Estaría usando su abanico para mandarle un mensaje codificado?

«¿Mi corazón es tuyo?», «¿Te envío un beso?

», «¿S ígueme?». Con cada movimiento de muñeca se imaginó un recado a la medida de sus deseos.

Tanto así, que él mismo sonrió ante sus propias ocurrencias.

Se preguntó una vez más qué ten ía esa dama que lo cautivaba.

¿Tal vez el hecho de que fuera un fruto prohibido para él, o había algo más; una atracción que sobrepasaba los límites de lo físico?

Era consciente de que no podía apartar la mirada de ella, y tampoco le importaba. Los ojos todavía eran libres.

Candela se acercó hasta la vid que compartía con Miguel, alcarraza en mano.

—Menudos aires se da la riquilla esa —masculló—. ¿Qué querrá?

—¿Y a ti qué te importa, Candela? Son sus tierras, puede hacer lo que le dé la gana —respondió Á lvaro con sequedad.

—Vaya, Álvaro, cualquiera diría que te gusta la señorita. No le has quitado ojo.

Álvaro la silenció con una mirada que no admitía chanzas.

—Cállate.

La joven se puso en pie, enfurruñada, y se alejó hundiendo sus zapatillas de esparto en la tierra con fuerza.

A mitad de la jornada, llegó el ansiado descanso y Álvaro, en lugar de aprovecharlo para refrescarse y llevarse algo de comer al buche, prefirió alejarse de sus compañeros y dar un breve paseo por el campo, a pesar de que el capataz les había ordenado que no lo hicieran.

Por fortuna, el Gorrino andaba en las cocinas de la casa zampándose las mejores morcillas y chorizos, como solía, y, si era rápido, no se daría cuenta de su ausencia.

El muchacho localizó a Emilia desde la distancia y no se atrevió a acercarse, más por posibles represalias hacia ella que por lo que le pudiera suceder a él.

La dama estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en el tronco de una higuera, bajo la sombra que arrojaban sus ramas cargadas de frutos.

Tenía un cuaderno en el regazo y un lápiz en la mano derecha y apuraba las últimas páginas escribiendo a toda velocidad.

Parecía de lo más entretenida. Sonreía, arrugaba el ce ño, abría los ojos como platos o se mordía las uñas.

¿Qué estaría escribiendo? Desde luego, lo vivía.

Y Álvaro deseó por un instante estar dentro de aquella historia para que ella lo mirase con tanta devoci ón.

Los minutos pasaron y tuvo que volver al trabajo, pero lo hizo de mala gana y preguntándose por qué las obligaciones consumían tanto tiempo de la vida de las personas.

¿Qué había de malo en que él se sentara bajo la higuera y acompañara a esa mujer tan especial, si era eso lo que le apetecía hacer?

«Solo una vez fuimos libres, en el jardín del Edén, y aun entonces había reglas que obedecer», se dijo.

Como cada vez que pensaba en el Altísimo, se llevó la mano al cuello y tocó la pequeña cruz de madera que llevaba oculta bajo la camisa.

Había sido un regalo de su madre; el único recuerdo que le quedaba de ella, y tenía para él un valor más sentimental que religioso.

Aun así, a veces se encomendaba al Todopoderoso, por si acaso, en su magnificencia, no le importaban sus dudas y todavía amaba a un alma tan vulgar como la suya.

* **

Álvaro llegó a casa cansado y somnoliento en la tartana de Bartolomé .

Ese día los había acompañado Candela, que oportunamente les había pedido el favor de que la acercaran hasta su casa del centro del pueblo, porque su tío se iba a quedar a dormir en la finca y, sin embargo, los jóvenes no habían cruzado ni una sola palabra en todo el camino.

Cuando llegaron a la calle Luna y Álvaro se apeó de la carreta, la muchacha le gritó :

—¡Adiós, mozo! Si prestaras más atención a lo que tienes al lado, te darías cuenta de lo que te estás perdiendo.

El muchacho negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír de medio lado.

La joven era insistente, además de lozana y de buenas hechuras.

Muchos en el pueblo iban detrás de ella y, en cambio, é l no sentía ningún interés en conocerla más.

En su mente y en su corazón, desde hacía días, solo había espacio para otra mujer a la que la sociedad juzgaría como má s puritana, más encorsetada y de difícil acceso.

Pero uno no mandaba en los sentimientos.

—¡Álvaro, por fin llegas! —lo saludó Román desde la puerta de su casa—. Tu tía va a tener que volver a calentar el puchero.

Él asintió con una sonrisa y le dio encuentro.

—Sí, hoy hemos terminado la faena más tarde y encima la carreta ha tardado más en llegar —explicó .

—Lo sé, he visto a la nueva pasajera. Parece buena chica, aunque sea familia del Gorrino. ¿Te gusta?

Álvaro alzó las cejas como si su tío hubiera hecho un comentario absurdo.

—¿Qué? No, tío…

—Vamos, que ya no vas a ser cura. Te gustará alguna moza del pueblo, ¿no? A tu edad yo ya estaba casado y, aunque Dios no ha querido darme hijos, he sido muy feliz. El matrimonio es el mejor sacramento.

—Me gusta una muchacha —reconoci ó para que su tío dejara de asediarlo con sus preguntas—, pero lo nuestro es imposible. Además, no sé si yo le gusto a ella.

Román soltó una carcajada y le palmeó el hombro.

—¡Que no sabes si le gustas! Con lo bien plantado que eres, hombre. Dile algo, no seas tímido. A las mujeres las enseñan a hacerse de rogar, es lo normal. ¿Qui én es ella?

—Da igual, tío. Anda, vamos a comer, que estoy hambriento.

Entraron en la casa y después de que Álvaro se lavara las manos y el rostro, se sentaron a comer los tres.

Durante unos minutos de silencio compartido, el joven se sintió reconfortado.

El puchero estaba delicioso, como todo lo que cocinaba Manuela, y mientras mojaba pan en el caldo se acordó de un objeto que atesoraba en una vieja bolsa de tela bajo su cama.

Quizás la manera de llamar la atención de la señorita que le gustaba era tocando su corazón y su mente.