Tierra de vino y sal 15
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A la mañana siguiente, la carretela con el equipaje de Marga e Isabelita esperaba en la puerta del palacete mientras las señoritas se despedían de sus primas con abrazos apretados y alguna que otra lagrimilla.

—¡Dejad de lloriquear, si os vais a ver pasado mañana! —les regañó la tí a Augusta, que no soportaba los sentimentalismos—. ¿O es que no os acordáis de que tenemos una boda que preparar entre todas?

Poco después, y con ayuda del mayordomo, la tía Prestola y su marido se acomodaron en uno de los asientos y la tía Augusta, Marga e Isabelita en el otro.

Las mujeres no dejaron de decir adiós con la mano hasta que el carruaje se perdió en la lejanía.

Luego, los empleados se perdieron en el interior de la vivienda y las hermanas Espinosa se quedaron a solas en la puerta.

—Voy a hablar con padre —comunicó Emilia sin mirar a Juliana.

A don Bernardo no le gustaban las despedidas y se había quedado en la biblioteca, completando ese inmenso árbol genealógico de raíces tan profundas que acabarían por resquebrajar los cimientos del palacete de los Espinosa.

—Si vas a interceder por mí, ahórratelo —le espetó Juliana, sorprendiéndola.

—Tranquila, no es de ti de quien voy a hablar con padre. Si no te quieres dejar ayudar, allá tú. Ya me he cansado de luchar por tu causa —contestó con pena—. Pero que sepas que no estoy de acuerdo con lo que vas a hacer.

Juliana la tomó del brazo con fuerza. No había enfado en su voz, pero sí resolución.

—Para ti es muy fácil juzgarme, ¿ verdad, Emilia?

Pero, por desgracia, no todas somos tan bellas e inteligentes como tú.

No todas levantamos pasiones a nuestro paso…

Soy una enferma y una tullida, así que me toca ser práctica.

Desde niña deseo formar mi propia familia, gobernar mi propia casa, ser una mujer respetada en la sociedad.

Y si para ello tengo que casarme con don Marcos, que así sea.

No te pido que lo comprendas, sino que lo aceptes.

Emilia se quedó sin palabras. Puede que su hermana tuviera razón. ¿Quién era ella para opinar sobre lo que le convení a o no? Ya no eran niñas, sino mujeres, y cada una tenía que elegir su camino.

—Comprendo, Juliana. No te molestaré más —aceptó con resignación, y entró en la casa.

Esta vez no encontró a su padre sentado al escritorio, sino junto al gran globo terr áqueo, observando un pequeño punto en el sur de España. Estaba en ropa de dormir, con la bata de seda azul sobre el pijama, y ni siquiera se había recortado la barba. Ese día no tenía ganas de acicalarse.

—¿Ya se han marchado? —preguntó al oírla entrar.

—Sí… —dijo ella reunié ndose con él.

—No estés triste, hija. Las verás muy a menudo.

—No es eso lo que me apena, padre —lo informó ella posando la cabeza en su hombro, como cuando era niña y se sentaba en su regazo—. Me apena el paso del tiempo; me apena que nos hagamos mayores, que nos tengamos que separar, que la vida que hemos llevado hasta ahora deje de existir.

—Es ley de vida, hija. —La rodeó por los hombros y la besó en la frente—. Lo único que tenemos asegurado es la mutabilidad. Todo cambia. Nada permanece. Nada es eterno. Tú , por ejemplo, no eres la misma hoy que ayer.

—Lo sé, padre.

—Ven, siéntate conmigo. —Se separaron y la llevó hasta el mullido borne circular que presidía el rincón de lectura—. ¿Qué te preocupa? ¿Es tu hermana, verdad?

Tomaron asiento el uno junto al otro y don Bernardo sostuvo las manos de su hija.

—Sí, pero respeto su decisión, padre. He comprendido que, si ella así lo desea, yo no soy quién para juzgarla. Cada cual tiene sus motivaciones y anhelos. Hemos venido al mundo a hacer lo que tenemos que hacer —dijo, parafraseando a Álvaro sin darse cuenta.

—¿Entonces? ¿Qué tienes, hija?

Emilia no dilató más el momento.

—¿ Qué piensa usted de la idea de tía Augusta de que Enrique y yo nos casemos?

Su padre le soltó las manos para acariciarse las puntas del bigote. No parecía sorprendido, así que, sin duda, estaba enterado de los planes de su hermana.

—Pienso que es bueno para la familia. Mis abuelos eran primos y siempre se llevaron muy bien. Además, llevo años observándoos y a Enrique y a ti os encanta estar juntos. No obstante, no adelantes acontecimientos. Esperaremos a que él regrese de su viaje y ya veremos qué sucede.

—Pero la tía Augusta…

—La tía Augusta siempre ha sido una mandona —reconoció—. Ya desde niños intentaba que Prestola y yo hiciéramos siempre lo que ella decía, pero sé cómo torearla sin que se d é cuenta. Hay que dejarle creer que ella es la que manda y luego salirse por la tangente. —Rio su propia reflexión.

—Entonces, ¿no me va a presionar usted para que acepte a su sobrino?

—No, hija. No lo haré.

Emilia volvió a apoyar la cabeza en el hombro de su padre y se sintió reconfortada.

Siempre había sido un hombre distante y sabía que le costaba demostrar sus sentimientos.

Ni siquiera lo había visto llorar tras la muerte de su madre en el parto de su malogrado hermano, hací a ya demasiado tiempo, y nunca sabía lo que le pasaba por la cabeza.

¿Sería feliz? A veces le daba la impresión de que era desdichado y otras parecía de buen humor.

Solo en los escasos momentos en los que estaban así sentía que su padre la quería y que el mundo era un lugar un poco más amable.

—Y dime, hija, ¿ qué estás escribiendo ahora? —se interesó, aunque no mencionó el altercado con Coquito el día de la fiesta.

—Nada en particular. Lo que me viene a la cabeza —reconoció ella.

—¿No empezaste una novela? —le recordó él.

—Sí… pero la he dejado en espera. Creo que necesito vivir un poco m ás para darle la profundidad que me gustaría.

—Te entiendo, a veces las ideas necesitan madurar. Ya verás que cuando estés lista para escribirla, será como si te la susurraran al oído. ¡Ah! Mi hija acabará siendo como la alemana, esa tal Cecilia Böhl que vivió en Chiclana y que firmaba con el pseudónimo de Fernán Caballero.

Su padre había puesto de ejemplo a una escritora conservadora que a menudo había renegado de sus textos diciendo aquello de que «la pluma, como la espada, se hicieron para la mano del hombre y no de la mujer», pero ella tenía otra en mente. Y de nuevo pensó en Álvaro.

—¿Y si fuera como Concepción Arenal? —se atrevió a preguntar.

—¿La liberal y republicana? No, hija; como esa no. Tengo entendido que hasta se disfrazó de hombre para ir a la universidad. ¡Bastante tenemos en la familia con la lunática de tu madrina!

Emilia chasqueó la lengua. No deseaba discutir con su padre —y menos si salía a colación su querida madrina, la mejor amiga de su madre— pero se vio obligada a responder:

—No es republicana, padre. Solo considera que la repú blica es una forma de organización más justa que la monarquía.

—Pues ahí lo tienes… republicana —zanjó—. Tú serás mejor que ella, tesoro. Estoy seguro.

«Mejor que ella… ¿por qué? ¿Porque nunca firmar é con mi nombre? ¿Porque nunca seré nadie?».

Emilia se puso en pie.

—No se preocupe, padre. A mí me da vergüenza publicar y sé que la tía Augusta pondría el grito en el cielo solo de imaginarlo. Escribir es algo que hago solo para entretenerme.

Su padre, un amante de las artes, la animó:

—No digas eso, hija. Cuando llevas la literatura dentro, como es tu caso, al final siempre quieres dar un paso m ás.

Y eso es lo bueno, querer hacer sentir a los demás algo semejante a lo que sientes tú escribiendo.

¡Ah, a mí me hubiera gustado componer! El negocio del vino me trae de cabeza.

Nunca se me han dado bien los números, ni las vides ni las bodegas.

Los hijos no son sus padres y, evidentemente, yo no me parezco al respetable y afamado don Bernardo Espinosa I —terminó con sorna.

—Tiene usted razón. Los hijos no son sus padres. Por cierto, ¿puedo ir a dar un paseo por la finca?

Emilia no supo de dó nde salió aquella pregunta ni en qué momento la había pensado; la petición, simplemente, se escapó de sus labios.

—¿Con Juliana? Creo que me dijo esta mañana que quería ir a la iglesia a hablar con el padre Quintero.

—No, con Juliana, no. Que me acompañ e Paca.

Él torció el gesto.

—Pero hija, ¿qué quieres hacer allí? Si el campo apesta a estiércol.

—Pasear, padre. Ya se lo dijo Marga. El campo es el único lugar donde las señoritas de bien nos podemos sentir un poco má s libres.

—Está bien, está bien —concedió.

Un rato después, Pascual puso en marcha la carretela en la que viajaban el ama de llaves y la menor de las niñas Espinosa.

«¿Haces todo esto para verlo, Emilia? No seas boba», se reprochó.

Y en varias ocasiones estuvo a punto de pedirle a Pascual que diera la vuelta argumentando una indisposici ón repentina, el olvido de un asunto urgente…

Pero, al final, se dejó llevar. Como había empezado a hacer desde que conoció a Álvaro.

Los eucaliptos les dieron la bienvenida a la finca y las dos mujeres se apearon del carruaje y dejaron a Pascual dándole de beber a los caballos.

—Sé para qué ha venido —le dijo Francisca, muy seria.

—Yo… pues yo… —titubeó ella.

—Ha venido para perderse por los campos y ponerse a escribir a solas —siguió diciendo—. ¡Ah, ese espíritu romántico que tienen ahora las muchachas es muy peligroso! Pero no la dejaré alejarse mucho, niña. Su padre no me perdonaría si algo le sucediera.

Emilia le agradeció la confianza y no la sacó de su error. A la postre, ¿para qué había ido allí, si no? Además, era cierto que llevaba su cuadernillo y su lápiz para escribir.

Don Diego Saucedo, el administrador, salió a recibirlas en cuanto las oyó llegar.

—Señorita Espinosa —la saludó d ándole un beso en el dorso de la mano—. Señora Gómez —añadió mirando al ama de llaves—. ¿Qué las trae de nuevo por aquí? ¿Desean ver cómo va la vendimia? ¡Juan! ¡Acércate, Juan! —llamó al capataz.

El encargado, un hombre de talla grande, barriga tan prominente como su nariz y aspecto desaliñado, se acercó a ellos con pasos pesados y la fusta entre los dedos. Tenía la camisa empapada por el sudor.

—Señorita —la saludó con una leve inclinaci ón de la cabeza—. ¿En qué puedo ayudarla? Le aseguro que estos holgazanes están trabajando bien. A golpe de vara, claro.

Emilia frunció el ceño.

—¿A golpe… de vara? ¿Acaso mi padre le ha ordenado que les pegue? —preguntó, mostrándose má s atrevida que de costumbre.

—Bueno… —dudó el hombre—. No, pero es lo que se ha hecho siempre, señorita. Un varazo a tiempo quita todas las tonterías.

La muchacha se sintió terriblemente molesta de repente.

—Dudo mucho que mi abuelo obrase así cuando vivía.

La gente lo respetaba porque lo apreciaba, no porque lo temía —hizo notar—.

Me consta que ni siquiera en nuestras colonias americanas los españoles tratamos a los trabajadores de ese modo.

Así que, por favor, no lo haga. Si tiene alg ún problema con alguno de los jornaleros, háblelo con el señor Saucedo.

Francisca la miró estupefacta. ¿Desde cuándo le importaban a la señorita Emilia los vendimiadores, si nunca les había prestado ni la más mí nima atención?

—Sí, claro, señorita —aceptó el capataz, aunque por su arrogancia no parecía que le fuera a hacer ningún caso.

Se acercaron al viñedo. Los hombres, agachados frente a las cepas en aquellas incómodas posturas, cortaban los racimos uno a uno y los depositaban en las cestas.

Todos la observaron de soslayo, pero uno de ellos en especial.

Álvaro no le quitaba la vista de encima y le pareció que le sonreía desde la distancia.

Emilia notó un ligero temblor. Hacía mucho calor, así que sacó el abanico y se aireó el rostro haciendo bailar los tirabuzones que le escapaban de las sienes.

—Ya queda poco para terminar con las palomino —comentó el capataz—.

Y en octubre comenzaremos con la recogida de las uvas rey, que está n más allá —señaló hacia unas vides que esperaban pacientes la maduración—.

Cuando su abuelo vivía teníamos también uvas tintas, pero ahora, como ve, solo contamos con las blancas.

De todas formas, aquí el trabajo no para nunca.

Tras la recogida tocará bajar y limpiar las cepas, podarlas, recoger y quemar los sarmientos, arreglar las espalderas…

en fin, no me gustaría aburrirla —explicó con aire de superioridad.

Emilia puso los ojos en blanco.

En esos momentos una joven salió de la casa de campo y se dirigió a los trabajadores con un botijo de agua fresca. No era guapa, pero resultaba llamativa, con los ojos negros muy grandes, la piel tostada y unas caderas muy anchas. El capataz la llamó a voz en grito:

—¡Candela! ¡Candela, ven a saludar a tu ama!

La moza pareció reticente. Emilia la había visto alguna que otra vez por allí, pero nunca la habí a tenido en cuenta hasta entonces.

La tal Candela le hizo una breve reverencia con cara de hastío y se marchó a dar de beber a los hombres.

Emilia la vio acercarse a Álvaro con coquetería y sintió una inesperada punzada de celos que disimuló como pudo.

—Y bien, ¿desea algo más la señorita? — inquirió el capataz.

—No, gracias, señor Morales. Puede volver a su trabajo. Si no les importa, me gustaría pasear por los alrededores —explicó, aunque no tenía por qué. Las niñas Espinosa nunca daban explicaciones sobre sus planes; al menos, no a los trabajadores.

—Muy bien, señorita. En ese caso, me ocuparé de que no la molesten.

Emilia se despidi ó de ellos y, cuaderno en mano, se fue a dar un paseo. El día era espléndido, con un cielo azul limpio de nubes y el suave trino de los pájaros como melodía. Puede que Álvaro tuviera una admiradora, pero era a ella a quien no le quitaba los ojos de encima.