Tierra de vino y sal 14
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Emilia no sabía qué contestar. ¿Acaso tení a una vida más allá de los dictados de su padre y de sus tías?

Todo parecía estar organizado para ella desde el día en que nació, solo tenía que seguir la senda marcada sin quejarse demasiado.

Así que habló de lo único sobre lo que, de momento, consideraba que tenía cierta libertad.

—Me gusta escribir —admitió con una sonrisa tímida.

Aunque en su familia todos lo sabían, nunca lo había dicho así, tan abiertamente, y sintió que se quitaba un peso de encima.

¿Por qu é se sinceraba con un desconocido?

Con un hombre, que, como ese Fermín Salvochea que tan mal le caía a su padre, tenía ideas heterodoxas y, quizás, anarquistas.

No lo comprendía, pero con Álvaro, solo podía dejarse llevar.

—Sí, lo sé —contest ó él mirándole los dedos manchados de tinta—. He visto que sueles llevar un cuadernillo encima. ¿Algún día me dejarás leer lo que escribes? —se atrevió a preguntar.

—Por supuesto que no —se escandalizó Emilia.

Él sonreía, divertido. Los hoyuelos se marcaban en la sombra oscura de su barba y a Emilia le apeteció acariciarle las mejillas.

—¿No? ¿En serio? ¿Y si te hago una propuesta que no podrás rechazar? —le planteó—. Si me dejas leer algo tuyo, te enseñaré a vendimiar. Apuesto a que no sabes hacerlo.

—Desde luego que no sé —admitió sin ningú n remordimiento.

—Pues eso está fatal, Emilia. ¿No te da vergüenza? Con tantas aranzadas de viñas como tienes.

Ella reía.

—No las tengo yo. Las tiene mi padre.

—Ya… claro. Entonces, ¿qué? ¿Trato hecho?

—¡No! —negó ella sin dejar de reírse.

—Pero, a ver, ¿qué problema tienes con que te lean? ¿No te gustaría publicar tus escritos, como esa Concepción Arenal?

Ella miró hacia otro lado, seria.

—No est á bien visto —masculló.

—¿Y eso quién lo dice?

—La sociedad.

—Ya, pues, ¿sabes qué? ¡Al cuerno la sociedad! ¿Acaso no venimos al mundo a hacer lo que tenemos que hacer? Si tú sientes que tienes que escribir, escribe.

Emilia volvió a posar sus ojos en é l. Aquel joven la tentaba con sus ideas de libertad. Envidiaba su ausencia de cadenas, aunque en el fondo debía de llevarlas, como todo el mundo. Nadie era del todo libre.

—Puede que tengas razón —concedió.

Se sonrieron los dos. De súbito, ella se dio cuenta de que él le miraba los labios de manera insistente, como si sus ojos lo traicionaran y revelaran un deseo oculto: el deseo de besarla.

Él tenía una boca perfecta, en una mandí bula angulosa que le confería un aspecto muy varonil y Emilia sintió deseos de ceder a sus más bajos instintos; de hacer la «prueba del beso» de la que le había hablado Marga.

Álvaro se inclinó con suavidad hacia ella; ella alzó el rostro, y, si nada ni nadie lo imped ía, sus labios se encontrarían de manera inevitable.

—¡Ah! ¡Cuántas cosas tenía por contarme doña Rosalía! Y eso que no sale de casa —salió diciendo el cura—. Lo siento, lo siento. ¡Venga, v ámonos, que se hace tarde y don Bernardo me va a regañar!

Reticente, la pareja abandonó el pozo y se reunieron los tres.

Por el camino fueron charlando de diversos temas: de la pobreza, de la vendimia, de la situación política del país e incluso de botánica; una ciencia sobre la que el padre Quintero poseía amplios conocimientos.

Emilia entendía un poco de plantas gracias a su difunta madre, cuyas enseñ anzas sentía cada vez más lejanas, y se atrevió a mencionar el esplendoroso jardín que los Espinosa tenían en la parte trasera del palacete, dotado de un pequeño pero coqueto invernadero.

A la altura de la calle Luna, Álvaro se despidió de ellos. Emilia intuía que el muchacho no deseaba marcharse tan pronto, pero era lo bastante inteligente como para saber que hubiera resultado inapropiado que los tres llegaran juntos al palacete de la calle Ribera del Rí o.

* **

Después de despedirse del padre Quintero con un beso en el anillo episcopal, Emilia atravesó la entrada, cruzó la casapuerta y se vio arrastrada por una mano salida de la nada.

Alguien la empujó por el pasillo que daba al lavadero, una zona desierta en esos momentos.

En la penumbra distinguió un rostro pecoso enmarcado por bucles de jengibre.

—El marqués de Bermeja está hablando con tu padre —bisbise ó Marga.

—¿Qué? —Emilia empalideció.

—La tía Augusta dice que le está pidiendo formalmente la mano de Juliana.

—¡Ay, no, por Dios! Me resisto a la idea de perder a mi hermana tan pronto —negó Emilia, y una punzada de culpabilidad se apoderó de ella. ¿Cómo había podido estar de paseo por ahí mientras se decidía el destino de su hermana?

Marga pareció leerle la mente.

—¿Y tú adónde fuiste con el padre Quintero? Me podríais haber llevado con vosotros.

Emilia le explic ó de manera somera que habían ido a casa de doña Rosalía, la ancianita ciega, y le aclaró que todo había sido una excusa del sacerdote para hablar con ella a solas sobre el asunto de su enlace con Enrique.

—¿Y qué te aconsejó? —indagó en voz baja.

—Pues que lo hable con nuestro primo; que a lo mejor él tampoco quiere casarse conmigo y podemos convencer a nuestros padres.

—¡Ja! —soltó Marga demasiado alto, y luego se tapó la boca—. Emilia, hazme caso: Enrique bebe los vientos por ti.

—No digas tonterías.

—Siempre has sido su prima favorita. Eso lo sabe hasta la presumida esa de Eugenia Tejada, por eso te tiene tanta inquina. ¿No ves que quiere «cazar» a Enrique sea como sea? Ayer en la velada no dejaba en paz a la tí a Augusta. Fue bochornoso.

—Pues ojalá se gane el favor de nuestra tía y Enrique se enamore de ella —deseó Emilia con un suspiro.

—¡Qué dices! ¡Y tener a esa engreída en la familia, paseando a sus anchas por este palacete, por las viñas! ¡Quita quita!

—Ahora mismo has hablado como la t ía Augusta —se rio Emilia.

—Bueno, en algunas cosas la tía tiene razón.

De pronto se oyeron cortas pisadas que corrían hacia ellas e Isabelita apareció por el recodo del pasillo, exclamando:

—¡Aquí están!

Detrás de ella ven ía resollando el ama de llaves.

—El marqués quiere hablar con la señorita Juliana a solas —articuló— y doña Augusta me ha mandado a buscarlas para que le hagan de carabina.

Marga se santiguó. Emilia abrió los ojos como platos.

—¿Y si nos negamos? —intentó Emilia.

—De eso nada. Es lo menos que pod éis hacer por ella.

—¡Uf! ¡Odio hacer de carabina! —se quejó Marga—. Es de lo más aburrido…

A las muchachas no les quedó más remedio que subir a la habitación de Juliana, donde la encontraron en compañía de la doncella personal, de Prestola y de Augusta.

Entre las tres habían ayudado a la joven a acicalarse para la ocasió n y las damas mayores le habían prestado algunas joyas delicadas que le conferían un aspecto sofisticado pero discreto.

La expresión de la muchacha resultaba indescifrable y el hermetismo que destilaba le puso a Emilia el vello de punta.

Poco después, las jóvenes tomaron asiento en el gran salón.

Las criadas habían recogido los gruesos cortinajes de terciopelo con cordones de raso y borlas y solo los visillos cubrían las ventanas, aportá ndoles algo de intimidad.

En la mesa de centro habían colocado un mantel de croché, un jarrón con flores frescas y un juego de té, aunque nadie había servido ni té ni pastas.

Unos minutos después, las dos hojas de la enorme puerta de caoba se abrieron y por ella se asomó Marcela, que, con una disimulada risilla, anunció:

— Don Marcos, marqués de Bermeja.

El hombre hizo su entrada apoyándose en un bastón y la doncella cerró la puerta tras él con la misma risilla divertida con la que había entrado.

De cejas encanecidas y frondosas, con una nariz de tubérculo de la que colgaba un tupido bigote, el caballero inspiró en Emilia la metáfora «duende irlandés», pues tan solo le faltaba el traje verde y el gorro de pico para parecer un auténtico leprecauno.

Decían que a los hombres nunca dejaban de crecerles las orejas, y las de aquel espécimen debían de ser ya bastante añosas, a juzgar por su tamaño.

Emilia le estaba mirando los zapatos por si tení a dos pies izquierdos justo cuando se acercó a ellas, y, empezando por la que estaba más lejos, las saludó una a una besándoles el dorso de la mano.

«Señorita Emilia», «señorita Margarita» , «señorita Juliana».

Las damas se sentaron en el tresillo casi a la vez, y cuando el marqués fue a hacer lo propio en la silla, un retortijón recorrió sus intestinos y salió de su cuerpo en forma de ventosidad.

El caballero trató de disimularlo con un acceso de tos, pero a las jóvenes no les había pasado inadvertido.

Se hizo el silencio. Un silencio asfixiante.

Nadie se atrevía a pronunciar palabra. Emilia, sentada en el extremo más alejado del sofá, miró a su izquierda y vio que Marga se mordía la cara interna de las mejillas para aguantarse una carcajada; una de esas que, cuando las soltaba, se oían hasta en Madrid.

No le quedó más remedio que desviar la mirada al frente y concentrarse en las figuras geomé tricas del papel de la pared.

De lo contrario, su prima acabaría contagiándole la risa.

—Querida, Juliana —empezó el marqués, tomando a su prometida de la mano—.

Hace ya casi un año que nos conocimos en el balneario de Fuente Amarga, donde los dos vamos a tratar nuestras dolencias, y debo confesarle que, durante estos meses, no he podido dejar de pensar en usted; en sus modales tan educados, en su buena conversación, en su actitud comedida y en su mirada limpia.

Sepa usted que acabo de pedirle su mano a su señor padre, don Bernardo Espinosa, y que este me ha aceptado como yerno.

Lo habitual en estos casos habría sido que mis padres estuvieran presentes y hubieran hablado en mi nombre, pero, por desgracia, ya no viven.

Además, como sabe, soy un hombre viudo. S é que la opinión de la novia casi nunca es requerida, pero yo deseo su consentimiento.

¿Está usted de acuerdo en casarse conmigo, Juliana?

«Vaya, qué detalle», pensó Emilia con ironía. Marga le dio entonces un puntapié en el tobillo, pero ella la ignoró.

—S í… claro que estoy de acuerdo, señor —respondió Juliana con su aguda vocecilla desde el otro extremo del tresillo.

El marqués le besó la mano con excesivo deleite.

—Llámeme Marcos, por favor.

—Marcos —repitió ella con un há lito de voz.

—Sé que la diferencia de edad entre nosotros es bastante importante, pero no creo que sea un impedimento para nuestra unión. ¿Qué opina usted?

—La diferencia no supone ningún problema… Marcos.

Los ojos de Marga lagrimeaban y Emilia ten ía que hacer verdaderos esfuerzos por no reír.

—Quiero que sepa que no la presionaré, ni tendrá que hacer nada que no le apetezca.

Solo deseo que me haga compañía y que sea feliz a mi lado.

Ya tengo cinco hijos, tres de ellos varones, además de algunos nietos, por lo que concebir un heredero no es una de mis preocupaciones.

Como le digo, Juliana, anhelo una esposa amable, tierna y hermosa que me haga sentir menos solo durante los años que me quedan de vida.

«Lo que quieres es un florero para lucirlo en las fiestas y una criada que te vacíe el orinal»; Emilia puso los ojos en blanco.

—Y yo… yo solo deseo un esposo al que cuidar — contestó Juliana, cabizbaja.

¡Cielo santo! ¿Cómo podía ser tan sumisa?

, pensó la menor. Era la representación de la dama perfecta: tímida, dócil, obediente, silenciosa.

¿Es que no ten ía pensamientos ni deseos propios?

Emilia empezaba a considerar que quizá se mereciera lo que le estaba pasando.

Una a veces tenía que rebelarse y luchar sus propias batallas.

«¡Al cuerno la sociedad!», había dicho Álvaro, y en ese momento, más que nunca, le pareció que tenía raz ón.

No obstante, no les correspondía ni a ella ni a Marga interceder por Juliana.

La pareja siguió hablando con suavidad. Comentaron algunos detalles como en qué iglesia les gustaría contraer nupcias o en qué casa les gustaría vivir.

El marqués tenía diversas propiedades en Cádiz, el Puerto de Santa Mar ía, Jerez e incluso Sanlúcar de Barrameda, y Juliana le dijo que lo consultaría con su padre y sus tías.

En cuanto la charla terminó, el marqués abandonó el salón apoyándose en su bastón y la futura novia se reuni ó en la biblioteca con su padre.

Marga y Emilia salieron al jardín riéndose a carcajadas.

Se cogieron de las manos y dieron vueltas y vueltas riéndose sin parar.

—¡Menudas ventosidades! ¡Qué asco! —decía Marga—. Casi me ahogo aguantando la risa.

—¡Sabía que te estabas riendo! ¡Yo no querí a ni mirarte!

El canario empezó a cantar en su jaula al oírlas reír.

—¿Será verdad lo que dicen de que se pone un molde en el bigote antes de irse a dormir? ¡Lo tenía tieso como un zorrillo disecado!

—¡Qué dices, Marga! ¿Un molde?

—Sí . He oído a mi madre decir que hay caballeros que se untan los bigotes con cera y se colocan un molde antes de dormir. ¿No te ha dejado un rastro pringoso en el dorso de la mano? ¡A mí sí!

—¡Sí! ¡Qué desagradable!

Las primas rieron y rieron rememorando la escena, pero habí a un poso amargo en el corazón de Emilia. Le apenaba el excesivo acatamiento de su hermana.