13
Álvaro se preguntó si olía bien. Era de los que se bañaban a diario, pero con el calor sudaba, como cualquier otro.
Emilia, sin embargo, desprendía un aroma a perfume de jazmín con notas de azahar que lo había hechizado.
Habían estado tan cerca que uno de sus tirabuzones le había hecho cosquillas en el mentón, sobre la barba incipiente, y solo podía pensar en esa caricia inesperada.
¿La habría asustado con su reacción? La dama le inspiraba un fuerte deseo de protección y tal vez se excedió.
Dejaron atrás las huertas y salieron al campo abierto. Un grupo de chozas se repartía de manera irregular por el terreno. Álvaro se adelantó, hizo un gesto para que sus acompa ñantes guardasen silencio y llamó a la puerta de la casa de Rosalía.
—Doña Rosalía, ¿a que no sabe con quién vengo hoy? —dijo a modo de saludo.
—¡Álvaro, niño, pasa! No me digas que me has traí do al padrecito.
Los tres accedieron a la vivienda y encontraron a la mujer en su posición habitual: sentada en una silla, con las piernas cubiertas por una fina toquilla de hilo cuya función, más que guarecerla de un frío que no hacía, era la de ocultar sus rodillas y tobillos atrofiados.
—Sí, Rosalía, soy yo. —El religioso se acercó y la mujer le besó las manos—. Pero no venimos solos. Est á aquí también la señorita Emilia Espinosa.
—¡Ay, qué alegría! Una pobre vieja como yo no merece tanta atención. No tengo ni sillas para todos.
—No se preocupe —contestó Emilia. Despué s, se acercó a la mujer y le colocó una hogaza de pan blanco sobre el regazo—. Un pequeño obsequio —anunció.
La mujer tanteó el alimento con sus manos de dedos torcidos por la artrosis y sonrió.
—Ay, señorita, muchas gracias. Es usted un ángel.
¡ Qué buena pareja haría con mi Álvaro! Tan lindos por dentro y por fuera.
Porque, aunque no pueda verla, sé que es usted muy hermosa.
—Le acarició las manos y el sello de oro que lucía en el meñique.
Emilia se tensó. De repente, la anciana se dio cuenta de lo atrevidas que habían sido sus palabras y se retract ó—.
¡Lo siento! ¡Disculpe mi comentario! Soy una vieja senil y he hablado sin pensar…
—N-no pasa nada —articuló la dama apartándose con delicadeza.
Álvaro le guiñó un ojo para relajar el ambiente y ella le devolvió una sonrisa temblorosa.
—Seguramente esté usted prometida —siguió la anciana.
—Yo… —empezó ella.
Ahora el que estaba tenso era Álvaro; tenso y casi molesto.
Y lo peor, ni él mismo entendía por qué.
¿Acaso esperaba que una joven distinguida como Emilia no tuviera pretendientes o incluso un prometido?
Los ricos arreglaban sus compromisos matrimoniales desde la infancia y seguro que el mapa de la vida de la señorita ya estaba trazado.
—Bueno, doñ a Rosalía, me dijo Álvaro que quería usted confesarse. ¿Tantos pecados ha cometido, mujer? —se permitió bromear el párroco.
—No es eso, padre; pero soy muy anciana y estoy enferma. Hace mucho que no puedo ir a la iglesia y si me muero, me gustaría hacerlo en paz.
El padre pidió entonces a sus acompañ antes que lo esperasen fuera mientras él hablaba a solas con la señora.
Emilia y Álvaro abandonaron la choza y caminaron unos metros sin mediar palabra, manteniendo las distancias.
Álvaro se sentó en el brocal del antiguo pozo de piedra que llevaba en pie desde los tiempos de Napoleón e invitó a la señorita a hacer lo mismo.
Ella tomó asiento dejando entre ambos un espacio prudencial.
—Siento… siento si antes fui brusco con usted —empez ó Álvaro.
—¿Brusco? —Ella puso cara de no comprender.
—Cuando apareció el toro… Tal vez la asusté, pero me dio miedo que pudiera ocurrirle algo. El padre Quintero la dejó a mi cargo y no sabe usted las malas pulgas que se gasta cuando se enfada.
Emilia sonrió y él con ella.
—No me asustó. Al revés. Me tranquilizó . Se lo… se lo agradezco —reconoció—. Además, nunca hubiera imaginado sus dotes interpretativas.
Él soltó una carcajada.
—Por eso sí que debería disculparme. —Se sonrojó—. Suelo cantar cuando estoy nervioso y no se me ocurrió mejor forma para distraerla.
—Créame, sus agudos lo lograron.
—Dir á más bien mis notas desafinadas.
Volvieron a reír y la tarde pareció más hermosa a su alrededor, como si los colores y perfumes de las plantas se hubieran vuelto más intensos, más vibrantes, más dulces.
Emilia lucía un coqueto vestido de estilo marinero con listones de raso azul en el cuello y en las mangas tres cuartos que resaltaba su belleza, pero Álvaro se preguntó si estaría cómoda.
El corsé debía de apretarle las costillas y la falda tenía que pesar lo suyo.
No quería ser descarado, pero sus ojos no le obedecían.
La brisa robaba bucles del moño de Emilia como si el mismo Eolo, el dios del viento, jugueteara con ellos, y se vio tentado de recolocarle un mechón tras la oreja.
—Me apena mucho la situación de doña Rosalía —acertó a decir Emilia, que observó la boca del pozo esperando encontrar respuestas en el fondo—: ¿Por qué est á tan sola? ¿No tiene pretendientes ni ningún familiar que pueda ayudarla?
Álvaro le contó entonces que la anciana tuvo un hijo, una nuera y un nieto, pero que los tres habían fallecido. Los dos primeros, de tifus, y el nieto, en la guerra.
—Vaya, lo siento mucho —manifestó ella con sinceridad—. ¿Se refiere usted a la guerra carlista o a la colonial?
Él, con el rictus serio, también se asomó al interior del pozo y dejó que su mirada se perdiera en las oscuras aguas del subsuelo.
—A la colonial —confirmó, y su voz resonó con eco en las profundidades.
Luego, sus ojos regresaron a ella—. Con la ley de reclutamiento del 77, el gobierno llamó a las armas a miles de jóvenes de apenas veinte años que se tuvieron que marchar a las colonias de América y Filipinas para entregar sus vidas por la patria.
Al nieto de Rosalía le toc ó ir a Cuba y allí perdió la vida.
No en el campo de batalla, pero sí de lo que murió la mayoría: de las fiebres.
La dama negaba con la cabeza.
—Pero… pero he oído que se podía eludir el servicio militar. ¿Ese joven no pudo alegar que era el único medio de sustento de su abuela?
—No, se ñorita. Por entonces el hijo de Rosalía todavía vivía y la única manera de que un muchacho se librara era pagando las mil doscientas pesetas que solo las clases altas y medias podían permitirse.
Yo me zafé porque estaba en el seminario; de lo contrario, quizá ahora no estaría aquí… con usted.
Ya no observaban el fondo del pozo, ahora se sosten ían la mirada con vehemencia.
—Lo… lo siento tanto.
La conversación había ido despertando la rabia de Álvaro. Durante un momento se olvidó de todo lo bello que Emilia le hacía sentir. La injusticia social lo cegaba.
—Así es la vida, señorita. Lo que pasa es que ustedes los ricos viven en su mundo de ostentación y no se dan cuenta de lo que sucede fuera. A ustedes solo les preocupan las fiestas, la ropa cara y todos esos asuntos superfluos, mientras que el pueblo lucha día a d ía por sobrevivir.
—Lo siento —musitó Emilia por tercera vez. Parecía a punto de llorar, o quizás sus ojos fueran demasiado claros y el aire del campo los hubiera irritado.
Álvaro se dio cuenta de que estaba pagando su frustración con ella, que solo era una víctima más del sistema.
—Perdóneme. Ya sé que usted no tiene la culpa —reconoció .
—Pues no, no la tengo; pero tiene razón al estar enfadado —coincidió ella—. Es injusto que la libertad de una persona dependa del dinero que posea.
—Así es. Aunque supongo que hay muchas formas de verse preso en una vida que no se desea —añadió él, mordaz.
La muchacha, incómoda de repente, pasó a otro tema.
—Y dí game, ¿cómo es que usted vive con sus tíos? —quiso saber—. ¿Qué fue de sus padres?
Él sonrió, dispuesto a suavizar el ambiente.
—Le contaré mi historia si me tutea, por favor —se le ocurrió— . ¿O es mucho pedir?
—¿Tutearlo? —El desconcierto se apoderó de ella, que seguramente nunca se había tomado tantas confianzas con un extraño y menos, con un peón—. Bueno… supongo que… que puedo hacerlo.
Álvaro asintió, complacido.
—En realidad no hay mucho que explicar —comenzó—. Es la historia de siempre, Emilia.
Ella se ruborizó por el tratamiento de familiaridad, pero trat ó de disimularlo.
Después, Álvaro le contó el pequeño relato de su vida.
Su madre fue criada en una casa de abolengo en Mijas, Málaga.
El señorito se encaprichó de ella y la dejó embarazada, lo que provocó que su novio de toda la vida la dejara y que los vecinos la criticaran con dureza, a pesar de que el embarazo hab ía sido fruto del abuso y no del amor.
Cuando él cumplió seis años, los señores de la casa comenzaron a pagarle las clases en un colegio privado donde aprendió a leer y a escribir, quizás porque sabían que era su nieto.
Sin embargo, cuando el señorito se casó y los se ñores se mudaron a otra ciudad, se desentendieron de su educación.
Su madre falleció siendo él adolescente y gracias a unos conocidos pudo venirse a Chiclana, a casa de sus tíos.
Román se dio cuenta pronto de que a su sobrino le gustaban las letras y gracias a su amistad con el padre Quintero consiguió que lo admitieran en el colegio sacerdotal, pues no quería que se pasara la vida con las manos llenas de tierra.
No obstante, él decidió abandonar su carrera religiosa antes de ordenarse como sacerdote.
—¿Y por qu é lo hiciste? ¿No tenías verdadera vocación? —le preguntó ella, terminado el relato.
—No —se sinceró él—. En el fondo solo quería convertirme en un hombre culto. Estaba convencido de que eso me abriría puertas en el futuro, pero siempre tuve claro que al final me marcharí a.
—Pero ¿por qué? ¿No habría sido más fácil una vida en la iglesia?
—¿Más fácil que la que llevo ahora trabajando a destajo bajo el sol? Supongo que sí, Emilia, pero me di cuenta de que no pod ía servir a un dios en el que no creo.
—¡Eres ateo! —se sorprendió ella, como si le costara asimilar que hubiera personas que no creyeran en un Dios creador y todopoderoso.
—No exactamente. Soy católico. El cristianismo es mi cultura, es lo que soy. Digamos que solo estoy un poco… desencantado. Pero no fue solo por eso, Emilia. Yo… yo siempre he tenido claro que deseo tener una compañera de vida. El celibato no es para mí.
Emilia agachó la cabeza, abochornada.
—¿Hay algo malo en querer ser un hombre como cualquier otro? —preguntó él, más para sí mismo que para que ella le respondiera.
—Claro que no… —dijo Emilia sin mirarlo.
Él sonrió .
—¿Y tú, Emilia? ¿Qué hay de tu vida, aparte de que seas hija de uno de los vinateros más adinerados de la ciudad?