12
—Verás, hija —comenzó a explicarle a Emilia cuando por fin enfilaban la calle de Jerez—, te he pedido que me acompañaras porque ayer me dejaste bastante preocupado. ¿Hay algún problema con el asunto de tu primo? ¿No lo quieres? ¿Es eso?
—Sí lo quiero, padre; pero no como para casarme con él —confesó ella con pudor mientras daba vueltas al ala del sombrero que no había llegado a colocarse.
—Comprendo. ¿Y él qué piensa de todo esto?
Emilia se encogió de hombros.
—No lo sé. Aún no nos hemos visto desde que mi tía me lo propuso.
—Bueno, pues eso es lo primero que tienes que hacer: hablarlo con él. Seguro que llegáis a una solución satisfactoria para ambas partes. A lo mejor é l tampoco desea casarse contigo y estás sufriendo en balde.
«Una vez lo pillé repasándote el escote». La voz de Marga resonó en su mente en el peor momento. Sintió que las mejillas se le encendían y desvió la mirada.
El religioso siguió hablando sin dejar de caminar.
—Los padres toman las decisiones con la sabidurí a que les da la edad y siempre buscan lo mejor para sus hijos, pero a veces también se equivocan —reconoció—. Confía en Dios, hija.
—Gracias, padre. Seguiré su consejo y hablaré con Enrique. Por otra parte, también… también está el asunto de mi hermana…
El padre Quintero chasqueó la lengua.
— Ay, Emilia. Lo sé. Pero si ella está de acuerdo con la boda, como creo que es el caso, nada podemos hacer.
—Mi hermana es muy sumisa, pero yo la conozco; sé que en el fondo no quiere casarse con ese caballero.
—Entiendo, querida, pero es complicado…
De repente, la voz que Emilia llevaba todo el día deseando escuchar sonó agitada tras sus espaldas e interrumpió su conversación.
—¡Padre Quintero! Señorita Espinosa —saludó Álvaro, situ ándose junto a ellos—. Los he visto desde lejos y he corrido hasta alcanzarlos. ¿Van ustedes a casa de doña Rosalía?
El religioso posó una mano en su hombro y asintió.
—Así es, hijo. Vamos a ver a Rosalía y a otros vecinos, si nos da tiempo. ¿Nos acompañ as?
—Por supuesto.
Anduvieron con el cura situado en medio de los dos, pero aun separados, Emilia sentía a Álvaro poderosamente cerca.
Y solo podía pensar en eso: en que caminaban en la misma dirección; en que apenas los separaban un puñado de centímetros.
Su presencia era como un sol abrasador que le quemaba la piel.
Habían avanzado tan solo unos pasos cuando una niña con ropas harapientas se les acercó corriendo y rogó al párroco que la acompañara a su casa, donde su abuelo enfermo pedía confesión. No le quedó más remedio que aceptar el llamado.
—Procurar é no demorarme. Cuídame a la señorita, muchacho, por favor —pidió a Álvaro.
Emilia observó cómo se alejaba de la mano de la niña y notó la presencia de Álvaro a ún más cerca. No se atrevía a mirarlo.
—Señorita —carraspeó él—, ¿cómo… cómo est á usted? —le preguntó, quizás por romper el hielo.
—Muy bien, a Dios gracias —respondió mirándolo solo un instante—. ¿Y… usted?
—Yo… ahora mismo muy bien —reconoci ó con su media sonrisa pícara.
Emilia podía notar el peso de su mirada en cada poro de la piel y no se le ocurrió mejor forma de cortar aquella sensación que preguntándole por el trabajo.
—¿Cómo va la vendimia?
—Bien. Es un trabajo muy pesado, pero merece la pena —explicó de manera somera.
—Me imagino. —Qu é se iba a imaginar ella, si no había trabajado en la vida.
Se hizo el silencio durante un momento eterno.
Emilia quería seguir con la conversación, pero no sabía cómo.
Y no porque no se le ocurrieran mil preguntas —«¿Vive usted por aquí?
¿A dónde se dirigía? ¿Por qué ingresó en el seminario y por qué lo dejó?
¿Pasó ayer la noche con alguna moza del pueblo?
»—, sino porque no dejaba de pensar en lo inapropiado de que estuvieran a solas a pesar de la multitud que los circundaba.
De pronto se oyó un tropel, una algarabía de gritos y gente corriendo.
A Emilia le pareci ó que el suelo temblaba bajo sus pies.
Muchos pasaron por delante de ellos sin dedicarles siquiera una mirada.
«¡El toro se ha escapado!», gritaban. «¡Ha cruzado el puente!
», «¡Va sin cuerda!», «¡Cuidado!», «¡A las casas, a las casas! ».
Emilia divisó al semental. Un morlaco negro zaino de brillantes cuernos y patas robustas corría calle arriba en dirección hacia ellos.
No le dio tiempo a actuar. Sin previo aviso, Álvaro la pegó a la pared de uno de los edificios que jalonaban la vía y la cubrió con su cuerpo colocando una mano a cada lado de su rostro, sobre el muro.
Emilia percibió su olor a jab ón, su respiración acelerada, los latidos de su corazón. Empezó a temblar.
—Tranquila —le dijo él con calma, aunque Emilia sabía que estaba tan exaltado como ella.
La joven se perdió en sus ojos del color de la corteza de los árboles y sintió que podí a ver más allá de ellos; que podía llegar hasta sus raíces, hasta su alma. Y lo que vio le gustó. Tenía un corazón noble. Irradiaba un aura especial.
—No se mueva. ¿Confía en mí ? —le preguntó.
Las bocas estaban muy cerca, los alientos entremezclados. Los brazos de él hacían de parapeto y su espalda se había convertido en una barrera dispuesta a frenar cualquier cornada.
—Sí… confío —murmuró ella, turbada.
Sintieron al toro pasar por su lado bufando, bramando y hundiendo las pezuñas en el albero del suelo, pero no apartaron la mirada el uno del otro, absortos en el peque ño cosmos de sus pupilas.
—¡Cuidado! ¡Cuidado! —gritaban mayores y mozos, pero ellos ya no los oían.
Álvaro empezó a susurrar una canción popular, y su voz, aunque no tenía el timbre brillante de la de don Bernardo, a Emilia le resultó cálida e hipn ótica.
Si tú me dieras, niña preciosa,
cara de rosa, tu corazón
mil y mil veces te adoraría,
te pediría, sí, sí, en santa unió n.
Llegaron los agudos y al muchacho se le quebró la voz y soltó un gallo en mitad del estribillo:
¡Ay, ay!, qué feliz momento.
¡Ay, ay!, no lo olvidaré. 8
A Emilia le dio la risa floja y Á lvaro prorrumpió en carcajadas. Reían con los ojos y con la mirada. Durante unos instantes no existió nada más en el mundo; nada que no fueran ellos dos.
Se oyeron zapatazos, gente que los sobrepasaba, voces estridentes.
—¡Ya lo tenemos! —decían los hombres que habían conseguido echarle la lazada al morlaco—. ¡Tranquilo, negrito! ¡Buen chico, buen chico!
La pareja, sin embargo, continuaba mirándose dentro de su pequeñ a burbuja de irrealidad.
—¡Eh, oigan! ¿Están ustedes bien? —les preguntó un campesino de pelo canoso y brazos curtidos.
La burbuja se rompió y el ruido del exterior los devolvió a la Chiclana de septiembre de 1878.
Álvaro dio un paso atrás y deshizo la barrera que había hecho con su cuerpo. Tomó la mano de Emilia y entrelaz ó los dedos con los suyos.
—¿Está bien, señorita? —le preguntó muy cerca del oído.
—S-sí —respondió ella casi en un susurro.
—¡Sí, gracias! ¡Estamos bien! —gritó Á lvaro, y el campesino siguió su camino junto a la cuadrilla que tiraba del toro calle abajo.
Sin darse cuenta de su atrevimiento, Álvaro la tuvo cogida de la mano hasta que los dos observaron el punto de unión.
Sus dedos encajaban a la perfección, se complementaban.
La sensación era agradable, placentera, pero no podían seguir así en mitad de la calle.
Emilia tuvo más fuerza de voluntad que é l y lo soltó.
Al instante, la muchacha sintió la mano desnuda y fría.
No pudo agradecerle lo que había hecho por protegerla. El padre Quintero corría hacia ellos alzándose los bajos de la sotana para no tropezar.
—¡Ay, señor mío! ¿Est áis bien? —rezongó, con la calva centelleante por el sudor—. ¿Es verdad que el toro ha llegado hasta aquí?
—Sí, padre, pero no se preocupe, ha pasado de largo. Estamos bien —contestó Emilia por los dos.
De nuevo la voz de su prima regresó a ella como amplificada por una trompetilla. «¿Qué se sentirá al verse cobijada en unos brazos como esos?». Miró a Álvaro. Ahora lo sabía. Se sentía de maravilla.
7 . Actual plaza de Andalucía.
8 . El arreglito (1865), habanera del compositor español Sebastián Iradier.