Tierra de vino y sal 11
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—Más nos hubiera valido irnos a una taberna —comentó Marga.

—Tampoco estuvo tan mal ver cómo el padre de Coquito se lo llevaba a rastras tirándole de una de sus orejas de soplillo —comentó Juliana dejando el periódico sobre la mesa.

—¡Orejas de soplillo! Es lo peor que te he oído decir de alguien de nuestra clase… —se mofó Marga, a quien le encantaba que su prima dejara entrever, de vez en cuando, su personalidad oculta.

—Coquito es insoportable —reconoció la dama.

—Y feo —agregó Isabelita, que escuchaba atentamente la conversación de las mayores mientras fingía jugar con su casa de muñecas.

Emilia, pensativa, miraba hacia el jardín por el arco que comunicaba el saloncito amarillo con el comedor.

Esa mañana hab ían acudido a Te Deum en la iglesia y habían llevado flores a la Virgen de los Remedios, a quien susurraron oraciones de agradecimiento.

Había sido una jornada entretenida y, sin embargo, no pudo evitar desilusionarse porque, por más que había mirado a todas partes, no se cruzó con Álvaro.

Ni en la calle, ni en la iglesia, ni el Puente Grande ni en el Chico.

Pero, al fin y al cabo, ¿qu é le importaba a ella ese peón, que seguro que habría acabado la noche borracho y en solo Dios sabía qué compañías?

, se reprochó. Sacudió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos y se sentó en uno de los sillones justo en el momento en que doña Prestola entraba en la salita.

—Marga, Isabelita —dijo dirigiéndose a sus hijas—, ya he dado orden a las criadas de que preparen vuestro equipaje. Mañana muy temprano partiremos para Cádiz.

—¿Tan pronto? —se lamentó la niña.

—¡No puede ser! —la secundó Marga.

La oronda señ ora se sentó en la mecedora de rejilla haciéndola crujir al compás de las ballenas de su corsé, abrió su abanico y se aireó las acaloradas mejillas.

—Está decidido. Ten éis que volver a Cádiz —sentenció.

Lo normal era que las sobrinas de don Bernardo no regresaran a su casa hasta finales de mes para retomar las clases con madame Lini. En esta ocasión, en cambio, parecía que alguien tenía prisa por dejar a Juliana y a Emilia a solas.

—¡Seguro que ha sido cosa de la tía Augusta! —apuntó Marga.

Prestola no lo negó .

—Mi querida hermana siempre sabe lo que es mejor para la familia y ahora lo mejor es que volváis a Cádiz. Tampoco vais a estar tan lejos y podréis visitar a las primas cuando queráis.

—¿Es por los matrimonios? —quiso saber la muchacha, y la desazón se instaló en el estómago de Emilia.

Doña Prestola cerró el abanico de golpe y se puso de pie.

—No indagues más y obedece por una vez, Margarita —la reprendió.

La mujer salió de la estancia y Marga corrió tras ella sin dejar de protestar.

Juliana cerró los ojos y recostó la cabeza sobre el respaldo de su sillón.

Emilia, por su parte, miró a Isabelita. La niñ a había colocado una de sus figuras masculinas de porcelana junto a la pequeña cama en la que reposaba una figura femenina en camisón y les lanzaba una mirada lastimera.

—¿Quiénes son? —le preguntó Emilia.

—Él se llama Alfonso y ella, Merceditas —respondió la niña tratando de reprimir un puchero.

Emilia sabí a que estaba a punto de ponerse a llorar, pero no se le ocurría cómo consolarla. Ella tampoco quería que se marcharan y mucho menos, enfrentar su propio destino.

—No pienses en tragedias, pequeña. Nuestro rey se repondrá y doña Merceditas ya está en el cielo, con los ángeles.

—¿T ú crees? —La mayor asintió—. Me gusta Chiclana. No quiero volver con madame Lini, prima.

—Lo sé, mi niña. —Y la besó en la frente.

***

Despué s del almuerzo, Emilia se dirigió al saloncito azul, en el que su padre y su tío Avelino, sentados en cómodos sillones ingleses, fumaban habanos y bebían coñac mientras hablaban de política.

Los caballeros esperaban la llegada del marqués de Bermeja, pero no era don Marcos quien les preocupaba en esos momentos.

—Es un verdadero milagro que don Antonio García Gutiérrez mantenga su cargo como director del Museo Arqueol ógico de Madrid después de su evidente republicanismo —comentaba don Avelino en referencia al insigne escritor dramático chiclanero, que vivía en la capital de España y cuyas obras de teatro se habían convertido en las más aclamadas del público.

La muchacha se quedó escuchando desde la puerta entreabierta.

A menudo le parecían más interesantes los temas de conversación de los caballeros que los de las damas.

No obstante, no podía culpar a las de su sexo por hablar sobre moda, decoración o cotilleos, puesto que desde niñas se las apartaba de las cuestiones relevantes y resultaba casi imposible que pudieran formarse un juicio propio sobre los acontecimientos.

—Sí, sobre todo después de que escribiera su desafortunado poema Abajo los Borbones —apuntó don Bernardo entre calada y calada de puro—. En cualquier caso, no hay que quitarle mérito. Muchos hombres inteligentes se han dejado arrastrar por las ideas demagogas y liberales de la República.

Avelino asintió y se atusó el bigote.

—Afortunadamente, la monarquía ya está restablecida, y con la firma de la Paz de Zanjón y la capitulación del ejé rcito cubano frente a las tropas españolas, nos espera un largo período de paz y prosperidad.

—Brindo porque así sea, querido cuñado —dijo don Bernardo alzando la copa.

Emilia dio un paso adelante y se atrevió a participar en la conversación.

—Ahora solo falta que nuestro bienamado rey reúna las fuerzas necesarias para salir de su habitación y retomar las tareas propias de su cargo —señal ó con cierto retintín, aunque en el fondo le apenaba la situación del monarca.

—Emilia, hija —la recibió su padre de buen agrado—.

Tienes razón. No es un buen momento para el Borbón, pero es joven; saldrá de esta, asumirá sus funciones y buscará una nueva esposa.

A fin de cuentas, un rey no es un hombre comú n y no puede permitirse una depresión indefinida y, además, tiene que proporcionar herederos al país.

—Supongo que ocupar ciertas posiciones de poder tiene sus pros y sus contras —coincidió.

Se hizo el silencio y la joven se quedó absorta en las piezas de marfil y ébano del tablero de ajedrez que se exponía en la mesita redonda de desayuno.

Recordó las partidas infinitas que había jugado con su primo, en ese mismo lugar, entre risas y confidencias.

Habían pasado solo unos meses desde la última vez que se sentaron frente a frente, pero a ella le parecían siglos.

—¿Deseabas algo, hija? —quiso saber don Bernardo.

Emilia regresó al presente con un parpadeo.

—Solo quería pedirle al tío Avelino que prolongara unos dí as más la estancia de las primas en Chiclana, porque… —comenzó.

No le dio tiempo a terminar la frase. Marcela dio dos golpes secos en la puerta y anunció la visita del padre Quintero.

Don Bernardo ordenó a la criada que lo hiciera pasar, y el religioso accedió al interior con una sonrisa luminosa en el rostro.

Todos los presentes besaron su anillo; Emilia con una pequeña reverencia.

—¿Qué le trae por aquí, padre? —quiso saber el patriarca.

El religioso no se anduvo por las ramas, y solo despué s de evocar la magnífica tarde del día anterior, puso al terrateniente al tanto de la precaria situación económica de muchos de los vecinos de Chiclana.

Según él, los más pudientes, como buenos cristianos, estaban en la obligación de ayudarlos; sobre todo ahora que la economía de la ciudad marchaba viento en popa y la cosecha estaba siendo tan buena.

Don Bernardo enseguida comprendi ó que le estaba pidiendo un donativo y actuó en consecuencia.

Se ausentó un instante para ir en busca de la caja fuerte y a su regreso le entregó una generosa contribución.

El eclesiástico se lo agradeció con sinceridad y, aprovechando que Emilia estaba presente, le pidió permiso para que la muchacha lo acompañara a visitar a algunas de las personas necesitadas, como hacían muchas damas de la alta sociedad.

De esta manera, afirm ó, la gente sabría de primera mano cuán generosos eran los Espinosa.

—¿No será peligroso salir hoy a la calle, padre? Creo que corrían a un toro de cuerda —intervino don Avelino.

—Así es, pero sale de la Casa del Matadero y lo corren por El Lugar. Aquí, en La Banda, al otro lado del río, estamos seguros.

A don Bernardo no se le ocurrió ninguna excusa para no aceptar, pues no había nada reprochable en que su hija saliera de casa en compañía de un sacerdote.

A Emilia, por su parte, le agradó la idea, aunque solo fuera por dejar de oír las discusiones de sus tías y de sus primas durante un rato.

Además, el marqués de Bermeja estaba a punto de llegar y no le apetecía encontrarse con aquel extravagante señor.

De otro lado, por qué negarlo, la idea de cruzarse con Álvaro la tentaba.

Fue a por un sombrero y algunas viandas y poco después abandonó la casa en compañía del párroco.

6 . Se creó en 1849 y se imprimía en una imprenta de la calle de la Vega, número 32.