Tierra de vino y sal 10
13%

10

Desde la distancia, Emilia contemplaba la Danza del vino con una punzada de envidia, pues en el fondo deseaba ser tan libre como esos vendimiadores que bailaban, reían y cantaban sin temor a que nadie los criticase. A su lado, su prima Marga también se reprim ía y taconeaba con un pie.

«¿Cuánto tiempo llevarían las personas prensando uvas?

», se preguntó la joven. Esperando a que fermentara en tinajas, ánforas o botas, a que se transformara en la bebida de los dioses.

El vino era casi tan antiguo como el pan.

Los griegos lo tomaban aguado. Los romanos, joven y especiado.

A finales del siglo xix , en cambio, se prefería el añejo, de solera.

¿Cuántas promesas habrí a regado el vino?

¿Cuántas penas habría ahogado? ¿A cuántos comensales habría acompañado?

Había belleza y magia tanto en el proceso de elaboración como en el resultado, y en momentos como aquel, Emilia entendí a que su abuelo hubiera amado tanto aquel negocio.

La dama aprovechó que todos estaban distraídos para abrir el pequeño bolso de seda y extraer su cuadernillo y su lápiz. Se retiró uno de los guantes con disimulo y escribió unas cuantas frases que le vinieron a la mente.

A pesar de los metros que los separaban, la sonrisa de Álvaro le resultaba cautivadora y se preguntó cómo podí a el muchacho tener unos dientes tan blancos y alineados.

Dudaba mucho que tuviera a su alcance el agua dentífrica del doctor J.

Seguin, de la facultad de Medicina de París, que tanto se anunciaba en La Moda Elegante.

Como bien había dicho su hermana, las rosas más hermosas a veces no crecían en los invernaderos.

Miró de soslayo a Juliana y le pareció que estaba triste.

¿Serí a porque el marqués de Bermeja no había podido acudir a la velada?

Tal cuestión no podía afligirla tanto, pues el señor había prometido visitarla al día siguiente.

¿Y si era más bien que, en el fondo, no querí a casarse con él?

Juliana siempre había sido demasiado complaciente y Emilia temía que esa cualidad acabara por destruirla.

Terminada la pisa de la uva, el padre Sixto Quintero procedió a bendecir el jugo resultante. Después, un jornalero lo venenció y se lo dio a probar al alcalde, que bebió un sorbo y alzó la copa en direcci ón a la multitud. El público lo ovacionó.

—Vámonos al palacete, Bernardo —ordenó Augusta a su hermano arrugando la nariz—. Me está empezando a doler la cabeza y no soporto al populacho cuando se enardece.

La familia al completo se repartió entre los dos carruajes, que de inmediato pusieron rumbo a la casa de la Ribera del Río, donde todo estaba preparado para la velada.

El ama de llaves y el mayordomo esperaban su llegada en la puerta, y en el patio, las criadas y los lacayos contratados para la ocasión sostenían bandejas de plata repletas de canap és y copas de vino.

Los anfitriones hicieron su entrada, y tras deshacerse de los chales y las chaquetas, aguardaron a los invitados con sus mejores sonrisas.

Los primeros en poner un pie en el palacete fueron los Jiménez.

En cuanto las primas vieron a Luisito, alias Coquito, intercambiaron miradas de complicidad y se burlaron en silencio de su desagradable bigote.

Cuando las primeras bandejas se vaciaron, los asistentes pasaron al salón principal. Los suelos y los espejos relucían. Las empleadas habían colocado velas nuevas en los candelabros de bronce y habían retirado parte del mobiliario para dejar sitio para el baile.

Después de unas palabras, don Bernardo tocó el piano y cantó acompañado de la esposa e hija de uno de sus amigos, deleitando a los presentes con su timbre claro de resonancia pectoral. Tras finalizar la actuaci ón, los invitados aplaudieron de buena gana. Emilia se sintió muy orgullosa de él.

La fiesta continuó su curso, y a nadie pasó desapercibido que la señorita Eugenia Tejada, hija de un importante comerciante de telas afincado en Cádiz y amigo del difunto don Bernardo, se mostrara simpática en exceso con la tí a Augusta, a quien preguntó de manera reiterada por su hijo.

No obstante, la gran dama se dedicó a darle largas con respuestas vacuas.

Por otra parte, varios fueron los caballeros que se interesaron por Emilia, cuya belleza alabaron sin remilgos.

Pero la tía Augusta los despachó con la misma destreza con que habría espantado a un grupo de moscardones.

Emilia no recordaba quién había sido, pero en un momento dado alguien le pidió p úblicamente que leyera uno de sus textos, a lo que ella se negó en redondo.

—Vamos, hija, estamos entre amigos —la animó entonces el padre.

Aunque cada vez eran más las mujeres que se atrevían a publicar sus obras con sus verdaderos nombres, en lugar de bajo seudónimos masculinos, por lo general, las damas se avergonzaban de sus escritos y se limitaban a compartirlos con familiares y amigos en la intimidad de los hogares.

Emilia ni siquiera se atrevía a eso todavía.

—Hace tiempo que no escribo nada bueno —se excusó .

—¡Pero si hoy mismo has estado juntando letras en ese cuadernillo tuyo! —intervino Coquito, que con un hábil movimiento de sus manos enclencas le arrebató el cuaderno del regazo.

—¡Dame eso, Luis! —pidió ella levantándose del tresillo en el que hasta entonces había estado sentada junto a su hermana y su prima Marga.

Luisito, que de sobra sabía que las Espinosa se mofaban de él, aprovechó la oportunidad para vengarse y empezó a leer en voz alta:

—«Aunque el dios Baco descendiera del Olimpo por la escalera de un rayo y se situara junto a é l, no podría comparársele en vigor, atractivo y seguridad, porque en sus ojos de tierra cabía un mundo y en su blanca sonrisa brillaba la estrella cruz del sur…».

—¡Que se lo des, botarate! —Marga se lo quitó de las manos y se lo devolvió a su prima, cuyas mejillas se habían teñido de un intenso color carmesí.

—Vaya, vaya, Emilia. ¿Quié n es ese caballero de sonrisa luminosa? Porque no creo que se trate del alcalde…

Eugenia Tejada dejó escapar una risilla socarrona. Nunca había simpatizado con Emilia, a quien veía como una rival en su lucha por la atención de Enrique, y no le importaba mostrar abiertamente su antipatía.

Marga le dio a Coquito un empujón en el hombro.

—¡Cállate ya, lechuguino impertinente y malcriado!

Y esa fue la gota que colmó el vaso. La tía Augusta, ante la impasividad de Prestola y de Avelino para con su hija, conmin ó a la muchacha a retirarse de inmediato a su habitación. Marga obedeció, pero no se marchó sola. Tomó de la mano a la ofendida y la arrastró escaleras arriba.

—¡No puedo creerlo! ¡Menudo estúpido! Y encima la tía Augusta me regaña a mí —se quejó Marga quitándose los guantes con brusquedad y lanzándolos a la cómoda de malas maneras.

—Lo siento, prima. Es mi culpa. Si no fuera con ese cuadernillo a todas partes… —Emilia se había sentado en la cama y se miraba las manos en las que sostenía el objeto de la discordia.

—¡Anda ya! No es tu culpa. Tú eres libre de llevar lo que quieras y de escribir lo que te dé la gana —dijo; se sent ó a su lado y le pasó un brazo por los hombros para consolarla—. Ese repelente de Coquito me las va a pagar.

—Déjalo estar, Marga. —Emilia le apoyó la cabeza en el hombro. Esa noche se sentía triste y melancólica y cuando estaba así era cuando más ganas tenía de escribir.

—Oye, ¿y quién es él? Si quieres contármelo, claro —indagó su prima.

— ¿Él?

—Sí, el de los dientes perfectos.

—Ah, eso… pues uno de los vendimiadores —contestó de manera impersonal.

—¡El guapo, a que sí! ¡Sabía que te habías fijado! Mujer, es normal que te sirva de inspiración para escribir un poema. ¡Hasta la más analfabeta del pueblo le compondría una opereta! —exclamó sin darle demasiada importancia.

Las dos primas se rieron a carcajadas y se quedaron as í, sentadas y abrazadas, hasta que empezaron a oír los cascos de los caballos y las ruedas de los carruajes. Alguien había dado la reunión por terminada.