Tierra de vino y sal 9
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Esa tarde Á lvaro se había puesto sus mejores ropas —camisa blanca remangada a la altura de los codos, chaleco, pantalones marrones de lino y botas de caña alta— que, aunque resultaban sencillas, eran mejores que las de la mayoría de los trabajadores, quienes apenas podían permitirse unas alpargatas nuevas.

Quizás por ese motivo su patrón, don Bernardo, lo había escogido a él, junto a varios j óvenes más, para participar en el ritual de la uva.

El muchacho esperaba con nerviosismo el momento de salir a escena mientras sus compañeros de trabajo parloteaban y bebían sin parar.

—Eh, Álvaro, ¿vas a correr mañana al toro de cuerda? —le preguntó Miguel.

—No creo —contest ó sin más.

—¡Venga ya! Si eso es lo que enciende a las mozas: vernos correr delante del toro. Es el momento de lucirnos —intervino Salvador, otro de los peones, y sorbió de su chato de vino—. Sé de más de uno que se ha echado novia después de que lo vieran sortear al morlaco.

Miguel acarició los bordes del chaleco de Álvaro y le dio suaves palmadas en el mentón recié n afeitado.

—¡Calla, Salva! Si a este lo que le pasa es que no le hace falta lucirse porque las mozas vienen a él como las abejas al polen. Mira la Candela, que lleva toda la tarde sin quitarle el ojo de encima —señaló con la barbilla.

Era cierto. Candela, la sobrina del capataz, no había dejado de insinuársele no solo desde que lo viera entrar en la bodega, sino desde que lo conoció, lo cual podría explicar, en parte, la aversión que Juan Morales sentí a por él.

La muchacha, que limpiaba en la casa de campo de los Espinosa, a veces hacía de aguadora, acercándoles jícaras, botijos o alcarrazas de las que ellos bebían con fruición, y no había vez que no le guiñara un ojo o le soltara un comentario pícaro.

—No me interesa —dijo él justo en el momento en que la criada le sonreía desde el otro lado de la bodega.

—¡Cómo no te va a interesar, si la zagala está de muy buen ver! —siguió Salvador—. A ver si es que el seminario te ha dejado la picha floja.

Miguel y Salvador rieron a carcajadas, más por el vino que habían tomado que por el comentario. Álvaro, aunque no había bebido, se contagió de su risa. Solo a sus amigos les permitía hacer chascarrillos a costa de sus años en la casa de formación sacerdotal.

—Tú sí que tienes blanda la sesera —contestó dándole un empujó n a Salvador.

—Es al revés —aseveró entonces Miguel con la lengua trabada—. Alvarito se salió de cura para catar hembra, que te lo digo yo. Las feligresas lo calentaban y el pobre no podía concentrarse en los rezos.

—Menudo ridículo vais a hacer pisando la uva con la borrachera.

Álvaro escrutó a los vinateros y a sus familias centrándose en las primas Espinosa, cómodamente sentadas en sillas de madera, pero entre ellas no se encontraba Emilia.

—¡Te pill é! ¡Tú lo que quieres es a una señorita, galán! —adivinó Salvador, siguiendo la trayectoria de su mirada.

—¡Eres buen mozo, pero no tanto, hombre! —se burló Miguel—. Es más probable que se te aparezca la Virgen de los Remedios entre las viñ as a que una de esas frívolas damitas te preste atención.

En ese momento, Álvaro divisó la espalda del padre Sixto Quintero, que conversaba con alguien en actitud confidente, y recordó que le había hecho una promesa a doña Rosalía, la ancianita invidente de la que solía ocuparse en sus ratos libres.

—Ahora vuelvo —anunci ó a sus compañeros.

Se abrió paso entre la multitud hasta que dio con el sacerdote.

—Padre Quintero, ¿me permite un momento?

El religioso se volvió y una sonrisa se dibujó en su rostro en cuanto lo reconoció.

—¡Álvaro, hijo, qué gusto verte!

Fue entonces cuando se percat ó de la presencia de la señorita Emilia Espinosa. Le pareció un hada recién salida del bosque con aquel vestido verde que hacía destacar sus ojos claros y el cabello adornado con una peineta en forma de mariposa.

—Señorita Espinosa… —dijo en voz baja, casi para sí.

Ella inclinó la cabeza levemente, como hacían las damas bien educadas ante los caballeros; con la diferencia de que él no era un caballero, sino un simple pe ón.

—Buenas noches… Álvaro —le contestó.

Oír su nombre en boca de la muchacha le produjo un extraño desasosiego. Un nudo se le instaló en la garganta y prendió una llama en su interior, amenazando con abrasarlo.

—¿Os conocéis? —preguntó el eclesiástico, sorprendido.

—Sí… bueno, la señorita Espinosa me ha visto alguna vez trabajando en el viñedo de don Bernardo —contestó él, para que ella no se viera en la tesitura de explicar de qué se conocían.

—Ah, claro, claro, hijo. Se me olvidaba que trabajas para los Espinosa. Si no, ¿qué ibas a hacer tú aquí?

—Bueno, yo los dejo. Debo reunirme con mi familia. Que pasen una noche agradable —dijo ella lanzando una breve mirada a Álvaro.

«¿Ya te vas? ¿Tan pronto?», se preguntó él. «Dile algo, idiota».

Soltó lo primero que se le pasó por la cabeza:

—Doña Rosalía le manda saludos y le da las gracias por el pan y por… la cesta.

Ella volvió a mirarlo con esos ojos cristalinos que parecían ver dentro de él.

—Salúdela de mi parte —respondió, y, sin má s, se retiró.

Álvaro no pudo evitar darse la vuelta para contemplarla mientras se alejaba.

El cuello delicado, los bucles que caían sobre sus omoplatos, los hombros pálidos y desnudos.

Se le aceleró el pulso. ¿Qué tenía esa mujer que lo alteraba tanto?

Cuando volvió a la realidad se dio cuenta de que el padre Sixto Quintero le estaba hablando.

—Hijo, pareces pensativo, ¿qué te sucede?

—¿Sucederme? ¿Qué me iba a suceder a mí, padre? Estoy perfectamente —contestó de corrido.

El religioso alzó una ceja.

—¿Entonces? ¿Qué querías decirme?

Álvaro le habló entonces de Rosalía, de cómo sus tíos y él le echaban una mano en todo lo que podían, de su frágil estado de salud y del deseo de la anciana de confesarse para tener el espíritu en paz.

—Claro, cuenta con ello. En cuanto pueda iré a verla —estuvo de acuerdo el párroco.

El vendimiador volvi ó la vista hacia atrás por segunda vez y comprobó que Emilia ya se había reunido con las damas.

Una señora empingorotada y enjuta la recibió como una mamá pato que guarda bajo su ala a uno de sus patitos descarriados y luego le dedicó a él una mirada recelosa. Se giró en el acto.

—¿ La señorita Espinosa se encuentra bien, padre? —quiso saber.

—¿Por qué lo preguntas, hijo? —se extrañó el religioso.

—Parecía preocupada cuando hablaba con usted.

Maldita sea. Qué le importaba a él lo que le sucediera a una de aquellas señoritas vanidosas y engreídas.

—Solo querí a hacerme una consulta privada que no es de tu incumbencia —recalcó el religioso—. Venga, y ahora vamos con don Bernardo. En cuanto piséis la uva, me tocará bendecirla.

Un rato después, el alcalde dedicó unas palabras a los congregados en la bodega, elogiando el buen trabajo que se estaba haciendo no solo en el viñedo de los Espinosa, sino en todos los del pueblo.

Después, los vendimiadores seleccionados subieron a un tablado en el que habí an colocado varias lagaretas medianas construidas para la ceremonia —pues el lagar grande con su maquinaria de prensado se encontraba en la parte de atrás del edificio—.

Se deshicieron del calzado y se remangaron los pantalones a la altura de los tobillos.

Una vez dentro, formaron un corro agarrándose de los hombros, y al son de las guitarras y las palmas, empezaron a pisar los frutos al tiempo que entonaban canciones populares:

Las uvas ya están maduras,

las uvas ya se han rendido.

Pisa, pisa que pisa,

ya huele a mosto, ya huele a vino.

Pies de púrpura, pies de sangre,

palomino, moscatel y rey.

Pisa, pisa que pisa,

ya huele a mosto, ya huele a vino.

El zumo de la uva salpicaba en todas direcciones impregnando la ropa de los hombres y sus cabellos sudorosos.

Si unos trastabillaban, los demás los sujetaban con brazos férreos.

Sus mujeres, hermanas e hijas los aplaudí an.

Álvaro reía con los demás. Era feliz. Había visto a Emilia y ella recordaba su nombre.