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Al palacete de la calle Ribera del Río habían llegado desde Cádiz la tía Augusta y la t ía Prestola junto a don Avelino Galván, esposo de la segunda.
Las mujeres, con vestidos de fiesta de largas colas que no les estaba permitido usar a las solteras, parecían de mucho mejor talante que la última vez que las habían visto, y Emilia no sabía si debía alegrarse o preocuparse al respecto.
Emilia vestía de raso verde musgo con adornos florales en tonos malva en el escote y en la parte trasera de la sobrefalda; Juliana, de azul zafiro con encajes; Marga, en un coral que resaltaba sus pecas y la jovencísima Isabel, de blanco, con el collar de perlas de su t ía Catalina y un gran lazo celeste en la cintura.
Don Bernardo, como todos los grandes señores, lucía sombrero de copa, frac y guantes blancos.
Dos berlinas de alquiler los llevaron hasta la calle de Jerez, donde de inmediato divisaron la bodega de la familia, una de las más grandes.
Con altos tejados a dos aguas para mantener una temperatura fresca y estable en el interior y varias calles jalonadas de hiladas de tres botas superpuestas, el edificio parecía una auténtica catedral del vino.
Los Espinosa traspasaron la gran puerta de entrada y enseguida les llegaron aromas amaderados y frutales.
Saludaron a los invitados de honor, como el alcalde, los concejales, vinateros y burgueses y, después, las mujeres tomaron asiento en unas sillas de madera y enea que habían colocado expresamente para ellas, mientras que los caballeros permanecieron de pie.
Desde su sitio, Emilia repas ó a la concurrencia con la mirada y estudió el fondo de la bodega, donde se apretujaban los trabajadores.
Entre tanta gente le costaba distinguir los rostros, pero enseguida se percató de la presencia del párroco Sixto Quintero, un buen amigo de la familia al que solían encargarle la simbólica tarea de bendecir las uvas antes de la ceremonia de la pisa.
De acuciada calvicie y patillas blancas, ataviado con casulla y estola, estaba rodeado de unas mujeres de aspecto humilde a las que parecía estar contándoles alguna historia de lo más interesante.
De pronto, a la joven se le ocurrió una idea.
¿Y si hablaba con él para que intercediera por ella ante su familia en el asunto de su boda?
Tal vez un hombre de Dios pudiera convencerlos de que casarse con su primo era pecado.
—Voy a saludar al padre Quintero, tía —anunció Emilia a doña Augusta, y, sin esperar a que la matriarca le diera permiso, abandonó su asiento y caminó hacia el clérigo levantando el albero con los bajos de su vestido.
Descubrió que el religioso relataba por en ésima vez la anécdota de la aparición de la Virgen de los Remedios en el año 1565.
—…entonces el pastor vio que unos rayos de luz salían de detrás de unas palmas y allí encontró a Nuestra Señora —contaba.
—Alabada sea —enalteció una de las esposas de los peones.
Emilia esperó con paciencia a que el sacerdote terminara su relato y después, lo abordó.
—Padre Quintero, ¿podría hablar con usted a solas?
—¡Emilia, querida! Qué alegría verte —la saludó alzando las espesas cejas negras que contrastaban con el cabello blanco y rizado de su nuca—. Claro que s í, hija. ¿Qué te sucede? —Se apartó del grupo que lo rodeaba y se acercó a ella en actitud confidente.
Quizás no fuera el mejor momento, pero Emilia tenía prisa por conseguir aliados en la batalla contra su destino.
—Verá, padre… No sé si habrá oído los rumores. Quieren casar a mi hermana con un marqués y, después, planean casarme a mí también.
El hombre asintió con una sonrisa de satisfacción.
—Es lo normal, hija. Ya estáis en edad de casaros y una buena forma de servir a Dios es unirse en matrimonio y traer hijos al mundo. El Señor necesita siervos como un pastor necesita a sus ovejas.
—Sí , lo entiendo… Pero es que me quieren casar con mi primo Enrique —soltó a bocajarro—. ¿Acaso no es pecado casarse entre primos carnales?
El siervo de Dios meditó unos instantes.
—Así es: las bodas entre primos carnales están prohibidas por la ley natural y por la ley divina —confirmó para alivio de Emilia. Sin embargo, continuó—: Pero no te preocupes por eso, chiquilla, en estos casos se pide una bula papal y asunto arreglado.
A Emilia se le cayó el alma a los pies.
—¿ Una… bula papal?
—Sí, un documento firmado por el representante del Papa en nuestro territorio —explicó—. Si se paga el canon correspondiente, el representante suele dar su visto bueno sin exigir ningún otro requisito. Después de todo, estamos hablando de un cuarto grado de consanguinidad; no es para tanto.
El sacerdote pretendía tranquilizarla y, sin embargo, estaba consiguiendo justo lo contrario. No era consciente de lo que de verdad preocupaba a Emilia.
—Pero ¿cómo va a perdonar Dios un pecado a cambio de dinero? —se sorprendió ella.
El religioso coloc ó una mano sobre su hombro, apaciguador.
—Ay, muchacha, sé que eres una buena cristiana, pero no te aflijas tanto por lo que pueda pensar Dios de ti.
El Señor es magnánimo. Además, no serás ni la primera ni la última mujer que se casa con su primo.
Es más común de lo que crees. No solo entre las familias con grandes capitales, como forma de asegurar la conservación del patrimonio, sino tambi én entre los pobres.
En los pueblos pequeños y aislados, las bodas entre primos es una constante.
Además, acuérdate de nuestro rey Alfonso XII y de doña María de las Mercedes, a quien Dios tenga en su gloria. —Se santiguó.
Ya estaba tardando en salir el rey y su pobre prima.
Su caso era distinto, y no solo porque fueran reyes, sino porque ellos se habían enamorado.
Y, aun así, la madre del rey se hab ía opuesto a la boda y ni siquiera había asistido; aunque, no por el parentesco, a decir verdad, sino porque no se llevaba bien con el padre de doña Merceditas, el duque de Montpensier.
—Padre Quintero, se equivoca usted con respecto a mis preocupaciones. Verá, yo no deseo…
No pudo terminar la frase. Una potente voz masculina que ya empezaba a conocer la hizo callarse de golpe.
—Padre Quintero, ¿me permite un momento? —preguntó Álvaro desde detrás del sacerdote.