Tierra de vino y sal 7
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Emilia sentía el corazón galopando en el interior de la caja torácica y no comprendí a por qué.

Ese peón, Álvaro, no era más que un fanfarrón altanero que parecía disfrutar torturando a las muchachas con sus comentarios mordaces.

Pero iba apañado si creía que podía ganarle a ella en una batalla dialé ctica.

A ella , que se pasaba la vida leyendo y escribiendo.

Por mucho que el mozo hubiera aprendido lenguas muertas en el colegio sacerdotal, seguro que no disponía en su casa de una biblioteca tan enorme como la que poseía su padre, con volúmenes de autores clásicos como Horatio y Shakespeare, de extranjeros como Víctor Hugo, Lord Byron y Charles Dickens, y de españoles como Leandro Fernández de Moratín o Benito Pé rez Galdós.

«Seguro que tú no tienes tantos libros, listillo», se dijo, pero de inmediato se sintió mal por pensar así.

No debía considerarse superior a él por tener acceso a más bienes materiales.

Eso era algo que dependí a, en gran medida, de las circunstancias en las que cada uno venía al mundo.

En su caso, no había mérito alguno, pues todo le había caído del cielo al nacer en una familia de posibles.

—¡Prima Emilia! ¿Me oyes? —La voz de Isabelita la sacó de sus tribulaciones.

—Perdona, ¿qué decías?

—Te preguntaba por tu cesta.

—La olvidé en una casa, lo siento —explicó.

—Ay, chiquilla, anda usted siempre en Babia —masculló el ama de llaves—. Tanto leer le está atrofiando la sesera.

—Al revés, Paca. Leer estimula el cerebro —le contestó con una sonrisa.

Poco despué s se les unió Marga, que venía protestando porque la hubieran dejado atrás. Ella tampoco se libró de una buena regañina por parte de Francisca.

—¡Qué ganas tengo de que regrese la institutriz! —protestó la mujer—. A mí estas tareas no me corresponden y ustedes me lí an y me engañan.

En realidad, dadas las edades de las muchachas, ya solo Isabelita requería de una educadora, pero la estirada dama francesa, que a menudo se excedía en su trabajo, se había estado ocupando de las cuatro hasta su marcha, hacía apenas un mes.

Los calores del sur de España la enfermaban y aprovechaba el mes de agosto para visitar a su familia, cosa que las jóvenes agradecían.

Llegaron a la casa, se asearon, cenaron con don Bernardo en el gran comedor con vistas al jardín y, despué s, se pusieron los camisones. Siempre que las primas se quedaban en Chiclana, Marga dormía en la habitación de Emilia, y la niña con Juliana.

—Estás muy rara, Emilia. ¿Te pasa algo? —quiso saber la pelirroja desde su cama.

Todavía no habían apagado el quinqué de la mesilla de noche y en la penumbra de la alcoba se distingu ían las formas de los muebles: el tocador con su espejo ovalado, el armario a juego, el chaise longue donde a Marga le gustaba repantingarse, los dos palanganeros y la estufa de hierro colado que permanecía apagada durante la temporada estival.

—¿Te parece poco que mi hermana se vaya a casar con un extraño y que a mí me quieran casar con Enrique?

Marga chasqueó la lengua sin apartar la vista de las molduras de yeso del techo.

—Mujer, tampoco es tan grave. Tu hermana lo hace por propia voluntad y lo tuyo está por verse. A lo mejor es Enrique el que te rechaza a ti.

—¿Tú crees? —se interesó Emilia, que se sentó en la cama haciendo chocar el cabecero de latón contra la pared. Tenía los tirabuzones enrollados y atados con lacitos de tela para que no se deformaran mientras dormía y todos se balancearon a la vez.

—Es posible. Aunque…

—Aunque, ¿qué? —se impacientó la mayor.

—No sé, a lo mejor son cosas mías, pero siempre he pensado que Enrique te miraba de una manera distinta a como nos miraba a las demás.

—¿Distinta? ¿A qué te refieres?

—Yo qué sé. Una vez lo pillé repasándote el escote.

La interesada alzó las cejas.

—No puede ser. —Negó con la cabeza.

—Si no me crees, para qu é preguntas —dijo la otra, que se tapó con la sábana y le dio la espalda con una risilla socarrona.

La puerta del balcón estaba entreabierta y desde la calle les llegó el sonido de una campanilla y una voz masculina monocorde:

—Son las diez y serenooo. Está saltando levante y serenooo.

Emilia se asomó al exterior y vio pasar al guardián de las calles, que avanzaba con paso lento y cadencioso.

Con un sombrero raído, un pañ o fino sobre los hombros a modo de capa y unas alpargatas, en la mano izquierda portaba un chuzo del que pendían una campanilla y un farol, y en la derecha, un cigarrillo al que le daba una calada entre tonadilla y tonadilla.

—Son las diez y serenooo. Está saltando levante y serenooo —se oía cada vez más lejos.

Tenía razón; se estaba levantando un viento desagradable.

Emilia cerró la puerta y echó el pestillo.

Apagó el quinqué , se tumbó en la cama y recostó la cabeza sobre la almohada, pensativa.

Ella nunca había notado una actitud fuera de lugar en su primo.

Se llevaban muy bien: les encantaba hablar sobre literatura, montar a caballo, jugar al ajedrez, pero nada más.

¿Sería verdad eso de que una mujer y un hombre no podían ser amigos porque el hombre siempre acababa queriendo algo más?

El viento silbaba y Emilia empezó a relajarse.

—¿ Quién había en la choza? —preguntó Marga de repente, sobresaltándola.

—¿Cómo dices?

—En la casa a la que entraste sola. ¿Quién vive allí?

—Ah, una pobre anciana ciega. Es donde olvidé la cesta. ¿Y en la tuya?

—Una madre con un bebé recién nacido. Me dijo que se le estaba retirando la leche porque no se alimentaba bien. Qué injusto es el mundo, prima.

—Sí, lo es.

Marga bostezó y contagi ó a Emilia, que cerró los ojos. Otra vez se le vino a la mente la figura de Álvaro; sus ojos profundos, sus palabras mordaces. ¿Por qué no le había mencionado a su prima su encuentro con él?

Porque era su secreto . Porque así tenía algo que le pertenecía solo a ella, una perla oculta en una concha bajo el mar. Porque no sabía cómo gestionar lo que ese joven le hacía sentir. Porque prefería ignorar sus propios sentimientos.

* **

Tal y como había vaticinado el vigilante nocturno, al dí a siguiente sopló un fuerte viento de levante que, como una bestia rugiente, hizo temblar puertas, ventanas y postigos.

Por ello, las primas Espinosa decidieron no salir de casa y se pasaron la jornada planificando los vestidos, los complementos y los peinados que lucirían en la inminente fiesta que los Espinosa organizaban cada año en su bodega, durante la víspera del día de la Virgen de los Remedios.

Caía la tarde cuando Juliana, recostada en su cama junto a Isabelita, hojeaba un ejemplar de La Moda Elegante, periódico de señoras y señoritas , una revista muy famosa por sus figurines de la moda de París y sus patrones a tamaño natural.

La tenía abierta por una página en la que una gran ilustración mostraba a un grupo de damas disfrutando de una fiesta al aire libre o kermés.

Lucían unos moños exquisitos con tirabuzones y adornos florales; vestidos cuajados de lazos, galones de pasamaner ía y borlas.

Lo que más destacaba, sin embargo, eran las cinturas estrechas y las faldas rectas con polonesas y polisones para abultar las caderas y el trasero.

Además, se señalaba como imprescindibles las joyas, los guantes de seda y los abanicos.

Entre las damas había una niña de bucles rubios en la que Isabelita enseguida centró su atención:

—¡Mirad! ¡Lleva un collar de perlas! —señ aló—. ¿Por qué a mí nunca me dejáis usar uno?

—Porque eres muy joven —contestó Juliana.

—¡Esta niña no es mayor que yo! —se quejó la pequeñ a.

Juliana carraspeó y procedió a leer en voz alta la descripción que se correspondía con la figura número 23: «Vestido para niñas de 5 a 7 años.

Tela de lana azul marino. Sus adornos se componen de volantes tableados de la misma tela, pero de matiz más claro.

Se cierra por delante con botones y ojales» .

—¡Lo ves! —exclamó la niña—. Yo tengo seis años, podríais prestarme un collar de perlas. Prometo que no lo perderé.

—Está bien, te dejaré uno de mi madre —concedió Emilia, que hurgaba en un baú l en busca de bolsos y guantes—. Pero te estaré vigilando toda la velada.

—¡Gracias, prima! —dijo la niña, que abandonó la cama de un salto para correr hacia ella y abrazarle la cintura.

Marga, sentada en un sillón bergère , ojeaba otro ejemplar de aquel periódico de moda a la par que negaba con la cabeza.

—Yo creo que son conjuntos demasiado sofisticados como para lucirlos en Chiclana —comentó—. Es la fiesta de la vendimia, no la coronación del rey.

—Si por ti fuera, te vestirí as como una campesina —le reprochó Juliana—, pero no deberías subestimar nuestra fiesta. Vendrán muchos amigos de mi padre: bodegueros de Jerez y de El Puerto de Santa María, políticos, burgueses, terratenientes y nobles. Y ya sabes cómo son sus esposas e hijas.

—¡Sí! ¡Unas estiradas! Pero tranquila, que no te voy a dejar en mal lugar delante de tu apuesto marqué s de Bermeja —se burló.

Juliana le lanzó un cojín y Marga lo frenó antes de que se estampara contra su rostro, muerta de la risa.

Después, se levantó y dejó el periódico de señoritas en el revistero, atestado de vol úmenes.

No comprendía por qué sus primas no se deshacían de los ejemplares atrasados y Emilia le explicó que coleccionaba La botella azul , la novela por entregas de doña Patrocinio de Biedma, una de sus escritoras favoritas.

Marga enseguida cambió de tema.

—¿Y el toro de cuerda cuándo sale?

—Eso es para el pueblo. No es algo que vayamos a ver nosotras —le replic ó Juliana—. ¿O es que también quieres correr delante del toro?

—Por supuesto que no, boba, pero me hace gracia ver a los mozos subiéndose a las rejas de las ventanas y a los muretes.

Emilia sintió un repentino escalofrío y cerró el baúl.

—Con vosotras no se puede. Voy a llamar a Paca y a Marcela para que me ayuden a preparar las prendas —decidió . Después abandonó la habitación y avanzó por el pasillo alfombrado en dirección a la escalera.

Desde la planta baja le llegó la música del piano y la voz de tenor de su padre, que se preparaba para deleitar a sus invitados con una opereta.

Ricos y pobres lo criticaban por no mostrar interés en los negocios que con tanto esmero había levantado el abuelo, pero ella no podí a culparlo.

Ella lo entendía. El arte era como el opio; una vez que se te metía dentro —ya fuera a través de la música, de la literatura, de la pintura o de la escultura— siempre querías más.

Te volvías un adicto, un enfermo, un loco.

Y esa locura era la que te llevaba a crear.

Emilia lo sabía bien. Escribir era su forma de estar en el mundo.