Tierra de vino y sal 6
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Álvaro, plantado en medio de la casucha como un titán, observó el punto exacto de su cuerpo en el que la señorita lo había tocado.

En ese instante le ardía. La vio abrir la puerta y le escoció su lejanía.

No sab ía por qué, pero no quería que se marchara tan pronto.

Tenía que inventar algo para retenerla y tenía que hacerlo ya.

Desde el marco de la puerta, exclamó con voz enérgica:

—¡Señorita Espinosa, se le olvida la cesta!

—¡No se preocupe, tengo más! —dijo ella sin volverse.

«Piensa, Álvaro. Piensa».

Optó por la provocación.

—Es usted muy rara, señorita Espinosa —señaló—. Un día la encuentro espiando a un grupo de mozos en cueros y otro dando de comer a los pobres. ¿Qué ser á lo próximo? ¿Mariscar en el río al amanecer, caminar como una garza entre las marismas o pisar uvas para hacer mosto?

Lo consiguió. La muchacha se detuvo en el acto. Cuando se dio la vuelta, lo hizo con el rostro encendido por la ira.

—¡Será usted grosero! Yo no estaba espiando a nadie.

Álvaro se permitió avanzar unos pasos hacia ella en actitud chulesca.

—¿Ah, no? ¿Y cómo llama a esconderse detr ás de unos matorrales para observar a unos hombres desnudos?

Si la única manera de llamar la atención de la señorita era incomodándola, eso haría. Además, le divertía sobremanera el abanico de expresiones que desfilaban por su rostro, mezcla de indignación, sorpresa e incredulidad.

—No estaban desnudos —se defendió.

— Casi.

—Llevaban los pantalones puestos.

—¿Acaso quería vernos sin ellos?

—¡No! —La joven se llevó la mano derecha a la frente, como si la presencia de Álvaro le diera dolor de cabeza—. No tengo por costumbre espiar a los peones de mi padre y menos si están sucios y malolientes. Y, ahora, si me disculpa, debo marcharme. Me están esperando.

La muchacha se separó de él y la culpabilidad se apoder ó de Álvaro.

¿Por qué esa mujer le despertaba tanta curiosidad?

Quizá por el fuego que intuía tras su mirada cristalina; por el contraste de fragilidad y fortaleza que desprendía cada uno de sus gestos o por su belleza serena, que lo hechizaba.

Verla trastabillar entre las raíces y las piedras con aquel aparatoso vestido que iba levantando el polvo a su paso le provocó un fuerte deseo de protegerla.

De haber podido, la habría tomado de la cintura y se la habr ía echado al hombro para evitarle el tortuoso camino, pero en lugar de eso, permaneció allí plantado, contemplándola en silencio.

Dio una pequeña carrera y la alcanzó.

—Señorita Espinosa, discúlpeme, por favor. He sido muy desconsiderado. —Tal vez le fuera mejor con la cortesía.

—Desconsiderado, insolente, descarado e impertinente —contestó ella mientras seguía avanzando como podía entre la maleza.

«Bueno, sin pasarse», pensó él con un amago de sonrisa.

—Lo admito —dijo en cambio—. He sido todo eso y más. Y se le ha olvidado añadir otros adjetivos como «descortés », «chabacano» y «plebeyo».

Caminaban casi a la par y, de soslayo, vio que ella se mordía la cara interna de los carrillos para no reír. «Voy bien», reflexionó. Se le adelant ó de una zancada y le cortó el paso.

—¿Quiere que la acompañe a su casa? —se ofreció—. Estos caminos no son seguros para una dama como usted. Todavía no se ha prensado la uva y ya está todo lleno de borrachos.

—Me dan más miedo los sobrios que los borrachos —admitió ella.

Empezaba a levantarse una suave brisa y uno de los tirabuzones castaños de la señ orita quedó atrapado entre sus labios. Álvaro se fijó en la delicadeza con que se lo apartaba y lo recolocaba tras su oreja. Tragó saliva.

—También hay… alimañas —siguió, turbado.

—No me asustan las ratas —le rebatió ella.

—No me refiero a las ratas, sino a los lobos.

—Los lobos est án en la sierra, no aquí, y, en todo caso, tampoco soy esa Amapola 5 del cuento. Creo que hay presas más fáciles, como esa pobre cabra atada al poste —señaló.

Álvaro no la escuchaba ya. Tenerla tan cerca lo arrebataba.

Se recreó en el óvalo perfecto de su rostro, en el que destacaban sus ojos expresivos y sus labios de aspecto suave.

Se fijó en el relicario que reposaba en el hueco entre sus clav ículas; en la piel ligeramente rosada del busto, que subía y bajaba con la respiración.

—Pero, señorita…

De la siguiente choza del camino salieron una mujer de mediana edad y una niña a las que nunca se había visto por esos lares.

La señora llevaba un uniforme oscuro y tenía pinta de ama de llaves; la niña, de unos seis o siete añ os, lucía un gran lazo sobre una cascada de rizos rubios y caminaba dando brincos.

Emilia avanzó hacia ellas y, esta vez, Álvaro la dejó ir.

«Maldita sea, ¿qué te pasa, Álvaro? ¿Desde cuándo eres tan imbé cil?», se reprochó a sí mismo.

5 . La primera traducción del cuento de Caperucita Roja al español fue realizada por Josep Coll i Vehí en 1862, quien lo tituló «Amapola». El nombre de «Caperucita Roja» se popularizaría después, con la traducción de Teodoro Baró en 1883.