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El viaje a Cádiz había hecho mella en Juliana, a quien las altas temperaturas del verano solían provocarle bajadas de tensión y debilidad generalizada. Por ello, al día siguiente, don Bernardo resolvió llevarla a tomar las aguas medicinales de Fuente Amarga, uno de los dos balnearios de Chiclana.
Precisamente fue en ese establecimiento, a media legua del centro del pueblo, donde el marqués de Bermeja conoció a la mayor de las hermanas Espinosa durante la temporada de baños, pues desde principios de junio hasta principios de octubre, numerosas damas y caballeros de todas partes del pa ís acudían a tratar sus dolencias.
Emilia detestaba aquel lugar, todo le causaba una gran aversión, desde los cuartos en hilera, las enormes pilas forradas de azulejos hasta el terrible hedor a huevos podridos que desprendían las aguas sulfurosas.
Pero lo peor de todo, lo que aún la atormentaba en sus pesadillas, era el estado en que quedaba su hermana cuando salía de allí: taciturna, con el cutis tan encendido como si padeciera escarlatina y ese aroma persistente que le provocaba arcadas.
Por eso no quiso acompañarla. Por eso, y porque no querí a volver a pensar en una nueva recaída. Prefería aferrarse a la idea de que su hermana estaría bien, de que solo estaba cansada por el viaje.
Así, Emilia y sus dos primas se quedaron en el palacete de la calle Ribera del Río y se distrajeron como pudieron.
La mayor, leyendo; la mediana, haciendo uno de sus cuadernillos de recortes y la pequeña, jugando con su casa de muñecas.
La mañana fue larga y tediosa, pero cuando cayó la tarde y don Bernardo y Juliana regresaron, a Marga se le ocurrió una estrambótica idea para salir de casa.
—¡Vuestro padre me ha dado permiso para repartir comida entre los pobres! —exclamó irrumpiendo en el saloncito amarillo.
La estancia, que comunicaba con el comedor a través de un vano enmarcado en madera, era pequeña pero coqueta, con una mesa camilla cubierta por un mantel de croché, sillones, una mecedora y un sofá.
Le debía su nombre al tono ocre del papel de las paredes y era donde se reuní an las mujeres de la casa; al contrario del salón azul, destinado a los hombres.
—¿Y eso a santo de qué? —se sorprendió Emilia, que alzó una ceja sin levantar la mirada de su libro.
—Es costumbre entre las familias de bien hacer regalos a los menesterosos cuando se acerca la fiesta de la Virgen —improvisó Marga—. ¡Si hasta el ayuntamiento va a repartir limosna!
—Sí, pero no hoy. Adem ás, ¿desde cuándo te interesan a ti las personas sin recursos? —la cuestionó Emilia.
—¡Desde siempre! —contestó la otra haciéndose la ofendida—. En Cádiz, mi madre y sus amigas suelen repartir ropa y alimentos entre los más necesitados. Bueno, ellas no, sus criadas, pero es lo mismo. ¿A que sí, Isabelita?
La niña, que hacía subir a una pequeña muñeca de porcelana por la escalera de la casita de madera, asintió enérgicamente.
—Algo he oído. ¿ Te refieres a la Junta de Damas?
—se interesó entonces Emilia, que sabía de esas señoras de clase alta que se dedicaban a crear escuelas para niñas o a gestionar la Casa de Expósitos de la ciudad.
Una labor encomiable que permitía a las mujeres participar, por fin, en la vida pública.
—No, me refiero a otro círculo de amigas, aunque mi madre y la tía Augusta tambi én colaboran con la Junta de Damas de vez en cuando, claro; solo que no les gusta dejarse ver demasiado. ¡Ya sabes cómo son! ¡Si hasta asomarse al balcón les parece una sinvergonzonería!
—Ser miembros activos de la sociedad no debería ser motivo de vergüenza, más bien al contrario —señ aló Emilia—.
A mí me gustaría hacer algo más que quedarme en casa esperando a mi marido —confesó, aunque no se refería a formar parte de una organización benéfica, sino má s bien a organizar su propia tertulia, como otrora hiciera doña Margarita López de Morla, e incluso a pertenecer a algún grupo político desde donde poder atajar los problemas sociales de raíz, en lugar de paliarlos.
Juliana, que no había dejado de rascarse los brazos y las piernas desde que llegó de la casa de baños, dijo a nadie en particular:
—No me gusta la caridad. Creo que los ricos ayudamos a los pobres solo porque así afianzamos nuestras posiciones de poder. La limosna nos hace sentir superiores.
—Sea por lo que sea, el pueblo lo agradece —sigui ó Marga—. Además, a mí me encanta hablar con la gente común. Es mucho más abierta y menos remilgada que nosotros. Me he enterado de asuntos interesantísimos hablando con las mozas del pueblo, especialmente con las casadas.
—¿De qué asuntos hablas, Marga? —preguntó Emilia, suspicaz.
—Pues de asuntos que tienen que ver con los hombres y con las mujeres… De lo que sucede en la alcoba cuando se casan y de más cuestiones que a las señ oritas de bien jamás nos cuentan porque nos tienen como a pájaros enjaulados. ¡Si es que no sabemos nada de la vida!
En ese momento, Isabelita dejó caer su muñeca por las escaleras de madera de la casita y se oyó un estrépito de porcelana rota.
—No he sido yo; la señora ha resbalado porque la criada acababa de limpiar el suelo y no la previno —se excusó la niña ante la mirada inquisitiva de las demás.
Emilia agradeció la interrupción; sin embargo, terminó por apoyar la loca idea de repartir comida, aunque solo fuera por salir de la rutina.
Juliana, en cambio, se sentía tan agotada que subió a acostarse a su habitación.
Un rato después, Emilia, Marga e Isabelita, acompa ñadas por Francisca y con las cestas de palma atiborradas de queso, chacinas, pan, huevos y leche, abandonaron el palacete y caminaron por las calles de la ciudad en dirección a las casas más humildes.
Por todas partes se percibía el olor dulzón del mosto.
La actividad bullía en los lagares de las bodegas.
La gente estaba volcada con la vendimia y en el ambiente se palpaba la alegría.
Ascendieron por la calle de Jerez 4 y se toparon con recuas de mulos que tiraban de las carretas atiborradas de racimos de uvas recién cortados.
Hab ía varias bodegas con las puertas abiertas de par en par, entre ellas, El Carretero, El Sanatorio y Bernardo Espinosa por eso toda la ciudad participaba en la vendimia y las calles se llenaban de vida.
Casi sin darse cuenta, fueron a dar a la enorme huerta que llamaban de las Delicias, donde además de árboles frutales y olivos había casas humildes y chozas.
Entraron en algunas de ellas y en todas las recibieron con amabilidad y agradecimiento.
Marga se despistó a propósito del ama de llaves y de su hermana peque ña para hablar con Emilia a solas.
—Entonces, ¿qué? ¿Te soltaron lo del primo, a que sí? —le bisbiseó.
—Sí.
—Bueno, podría ser peor. Enrique es muy atractivo y de alguna manera ya lo quieres, así que tienes la mitad del trabajo hecho.
—No empieces t ú también. ¿Acaso serías capaz de casarte con él?
—Supongo que no, pero porque nunca he pensado en él de ese modo. ¿Sabes? Podrías hacer la prueba del beso.
—¿La prueba del beso? ¿ A qué te refieres?
Su prima se acercó a ella todavía más para conversar en voz baja.
—Es algo de lo que me habló Teresa, una antigua criada que teníamos en Cádiz a la que mi madre despidió por casquivana.
Había tenido varios novios y sol ía decir que para saber si un muchacho te gustaba, tenías que besarlo en los labios.
Si tu boca encajaba con la de él y los alientos se mezclaban a la perfección, si todo tu mundo daba vueltas y sentías que flotabas, el mozo era para ti.
Si, por el contrario, su boca te resultaba demasiado pequeña o tan grande que parecía que te iba a tragar de un bocado, si sus dientes rechinaban contra los tuyos o te asfixiaba con su nariz prominente, entonces debías correr en dirección contraria a él lo m ás rápido posible.
Emilia soltó una carcajada.
—¡Qué cosas dices, Marga! Eres muy graciosa.
—No lo digo yo. Me lo dijo Teresita —puntualizó, guiñándole un ojo—. Pero vamos, por probar no pierdes nada. A lo mejor el primo te gusta y acabas enamorándote.
—¿Pretendes que bese a Enrique en la boca ?
—Sí, eso es justo lo que pretendo.
—¡ Estás chiflada!
—Es la prueba de fuego. Si sale mal, te niegas en redondo. Yo te apoyaré.
Pasada la huerta, salieron a los campos abiertos y a las chozas de los suburbios.
Las dos primas, que habían perdido de vista a sus acompañantes, ascendieron una colina y divisaron dos humildes viviendas a unos diez metros una de la otra.
La primera contaba con una triste cabra atada a un poste y ni siquiera tenía puerta, solo una cortinilla le proporcionaba algo de intimidad.
La segunda, aunque gozaba de un pozo y parecía ofrecer más privacidad, no mostraba mucho mejor aspecto.
—Yo a la de la izquierda y tú a la de la derecha —señal ó Marga.
—¡Qué! No, ni hablar. ¡No nos vamos a separar!
Ya era tarde, su prima le dio un empujón que la propulsó hacia adelante y se alejó a paso ligero. No había quien pudiera con ella. ¿A quié n habría salido tan aventurera y alocada? En la familia Espinosa casi todos eran de carácter serio y taciturno, con tendencia a la melancolía.
Emilia llamó a la puerta con suavidad.
—Adelante —dijo la voz añosa de una mujer.
La señorita empujó la puerta, apenas una plancha de madera carcomida y desvencijada, y pasó al interior.
Sentada en una silla, habí a una señora mayor de pelo blanco recogido en un rodete y ropas oscuras.
Una tela raída le cubría las piernas, de la que asomaban dos alpargatas, y por su mirada perdida, Emilia dedujo que era ciega.
—Dis… disculpe, señora. Soy la señorita Emilia Espinosa, una de las hijas del bodeguero don Bernardo Espinosa —dijo de corrido—. Estamos repartiendo alimentos entre los más desfavorecidos para celebrar la vendimia. Traigo algunas viandas. ¿Qué necesita?
—¡Espinosa! Oh, mi marido trabajó durante años para su abuelo.
Un gran hombre y mejor patrón. Dicen que el hijo no es igual, que planea vender las bodegas y quedarse solo con las viñas para exportar.
—Sin darle tiempo a responder, añadió—: ¿Trae un poco de pan blanco?
No tengo dientes y no puedo masticar el pan moreno de los pobres.
Si tuviera una de esas hogazas blandas y tiernas que comen ustedes los ricos, me haría muy feliz, señorita.
—S-s í, claro, traigo algo de pan. ¿Dónde se lo dejo?
La anciana palpó la mesa que había junto a ella y Emilia se acercó, sintiéndose ridícula.
Eso de repartir comida entre los pobres siempre le había parecido «pan para hoy y hambre para ma ñana», nunca mejor dicho.
¿De qué le iba a servir a esa pobre viuda comer bien un día si no volvería a hacerlo hasta dentro de semanas, quizás hasta la fiesta de Tosantos, cuando el alcalde mandara repartir frutos de la temporada y unas cuantas monedas entre los vecinos?
De repente, unos fuertes golpes en la parte de atrás de la casa sobresaltaron a la visitante. Parecían martillazos.
—No se asuste, chiquilla —la tranquilizó la anciana como si la hubiera visto dar el respingo—.
Es Álvaro, que me está arreglando el techo y las ventanas.
Ya mismo vienen los fríos y mis pobres huesos no pueden soportar tanta humedad.
Ese muchacho vale oro. Es el sobrino de Román, el antiguo capataz de su familia. ¿Lo conoce?
—A don Román sí, claro —contestó intranquila, pero no añadi ó nada más.
—Álvaro lleva poco tiempo aquí. Antes estaba en el seminario, ¿sabe?
Pero lo dejó porque se dio cuenta de que eso de ser cura no era para él.
Yo creo que solo quería aprovechar sus años allí para aprender latí n y hacerse un hombre de bien.
Lee de maravilla y habla como si fuera uno de ustedes.
Lástima que tenga que deslomarse como un peón más. Pero llegará lejos, estoy segura.
Volvieron a oírse martillazos y, después, unos pasos que rodeaban la casa. Emilia dejó la cesta sobre la mesa, como si le quemara en las manos.
—Bueno, s-señora. Ha sido un placer conocerla. Debo retirarme ya…
—Espere, muchacha. Deje que le presente a Álvaro.
Emilia no pudo huir. La puerta de la choza se abri ó de improviso y una sombra grande cubrió la luz del sol.
La sombra dio unos pasos hacia el interior de la vivienda y la señorita pudo apreciar a su propietario.
Enseguida lo reconoció. Aunque llevaba una camisa puesta, Emilia sabía bien lo que ocultaba debajo: un pecho robusto en el que guarecerse de las tormentas, del frío y de los problemas.
Sus ojos se encontraron y otra vez la sonrisa torcida se dibujó en el rostro del muchacho, haciendo aflorar sus hoyuelos.
—Álvaro, hijo. La señorita Espinosa ha venido a traerme algo de comer.
El joven intensificó su mirada. Después, sus ojos se posaron en la cesta que hab ía sobre la mesa. Emilia enrojeció.
—Lo… lo siento, yo ya me iba —dijo.
Rodeó al vendimiador y su hombro rozó el brazo de él sin querer, lo que le provocó una sacudida que la estremeció. Abandonó la vivienda maldiciendo a su prima de mil maneras distintas por su magnífico plan de repartir alimentos.
4 . Actual calle Sor Ángela de la Cruz.