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—Voy a empezar con tu hermana y luego llegará tu turno —continuó—.
Juliana, querida, Bernardo nos ha puesto al tanto de que el señ or don Marcos Herrera de Bermeja siente una gran admiración por ti; así que lo más probable es que pida oficialmente tu mano.
Espero que estés de acuerdo. —No era una pregunta—.
Prestola y yo consideramos que no podrías encontrar mejor partido.
Es un caballero viudo con varios hijos varones estudiando en el extranjero.
Está deseoso de una compañera de vida con la que compartir sus días y acudir a eventos sociales.
Sin duda, no hallará dama mejor que tú .
Se hizo el silencio y todas las miradas se centraron en Juliana, que se mojó los labios con su copa de vino y contestó con timidez.
—S-sí. Mi padre me ha informado del interés del señor don Marcos y estoy de acuerdo en casarme con él.
—¡Pero si apenas lo conoces…! —Emilia no pudo evitar intervenir, pero su tía la ignoró .
—Estupendo —siguió Augusta—. En cuanto la petición sea oficial, empezaremos con los preparativos de la fiesta de compromiso, el ajuar, el vestido de novia, la iglesia…
De aquí a Navidad lo tendremos todo listo si nos damos prisa.
No debe parecer una boda apresurada, pero tampoco es necesario demorase demasiado.
—Me parece bien, tía.
Juliana agachó la mirada al suelo ajedrezado, recorriendo las losas blancas y negras, y Emilia la alzó al techo, exasperada. Prestola, por su parte, seguí a llevándose buñuelos a la boca. No parecía importarle que su corpiño verde oliva estuviera a punto de estallar.
—¡Quieres dejar de comer, Presta! —la regañó Augusta, poniéndose de pie—. ¡Me estás desconcentrando con tanto masticar!
—¿Qu é quieres que haga, mujer? Me da por comer cuando estoy nerviosa —se defendió su hermana antes de limpiarse los dedos en una servilleta bordada—. ¿A ti no te da pena que se nos casen las niñas? Mis hijas se van a sentir muy solas sin sus primas.
—Ya lo hemos hablado, Presta. No son tan niñas. Y las tuyas irán después. Es ley de vida. A todas nos llega la hora de casarnos.
Prestola cogió otro buñuelo y siguió:
—Como t ú te quedaste viuda tan pronto, Augus, puedes hacer y deshacer a tu antojo, pero las demás estamos bajo el yugo de nuestros maridos hasta que la muerte nos separe —se quejó—. Mi Avelino no es de los peores, pero aun así debo pedirle permiso para todo… y…
La hermana menor fue bajando el tono de voz mientras Augusta arrugaba su ceño apergaminado.
—Si no me vas a ayudar, mejor será que te calles —la cortó—. Emilia, es tu turno. —Desde la altura de la chimenea, la gran dama contempl ó largamente a su sobrina más sagaz, evaluándola—. Casada tu hermana, te tocará a ti y hemos pensado…
—¿Usted y quién más? —quiso saber Emilia.
—No seas insolente, muchachita, o harás que me arrepienta de lo que voy a proponerte.
—Ya sé lo que va a proponerme y mi respuesta es no. —Se cruzó de brazos, un gesto que le result ó infantil incluso a ella misma.
Augusta volvió a dirigirse a su hermana.
—Y yo que pensaba que la más rebelde sería tu hija Margarita, que es la viva imagen de nuestra antepasada escocesa, tanto en el físico como en el carácter… —comentó—. Y ahora resulta que esta niña es todavía peor.
La dama se acercó a Emilia para intimidarla con su presencia.
—Querida, te ruego que no me hagas perder la paciencia —pidió; una amenaza velada—.
Eres de sobra conocedora de la buena fortuna que mi difunto marido le dejó a nuestro hijo Enrique.
Acaba de terminar la carrera de Medicina y se especializará en cirugía.
Muy pronto será una eminencia, pero, por encima de todo, está la cuestión de la herencia de los Espinosa.
Si muriera tu padre sin descendencia masculina directa todo pasaría a mi hijo, porque así se ha hecho siempre en nuestra familia.
Qué mejor que esté casado contigo para que no se reparta el patrimonio; para que no sea otra quien disfrute del palacete de Chiclana, de los frutos de las viñas, de la biblioteca de tu abuelo…
Augusta intentaba llegar al corazón de Emilia, pero la joven no se iba a dejar convencer con facilidad.
—¡Es mi primo hermano! —exclamó levantándose y enfrentándola.
—¿Y qué? —siguió su tía sin inmutarse—. ¿Acaso no se casó nuestro rey Alfonso XII con su prima carnal, doña María de las Mercedes?
—Deje descansar en paz a doña María de las Mercedes, tía. Además, el matrimonio entre primos ha sido siempre comú n entre reyes, pero nosotros no pertenecemos a la realeza, ¿o sí?
—Los reyes son un ejemplo a seguir para la gente de bien, querida.
—¿Y Enrique qué opina de todo esto? —quiso saber la joven.
Augusta hizo un mohín que Emilia no supo descifrar.
—Lo hablaré con él en cuanto regrese, pero antes quería asegurarme de que aceptarías. Mi hijo no es de los que toleran un rechazo.
—Pues entonces ah órrele el mal trago.
—¡Será posible…! ¿Es que no lo quieres? ¿Es que no te parece un joven apuesto, brillante y noble? ¡Si están todas las damas casaderas esperando su regreso como agua de mayo para lucirse frente él!
—Lo quiero mucho y me parece apuesto, brillante y noble, pero lo que siento por él es un amor fraternal. Entiéndalo, t ía, y no me torture más con su ocurrencia.
Emilia se dirigió a la puerta para abandonar el salón justo en el momento en que su tía decía:
—Niña terca, todavía tienes tiempo para recapacitar. Confío en que lo hagas.
* **
Un rato después, las chicas Espinosa abandonaron la casa en compañía de don Bernardo, que no mencionó el tema de los futuros matrimonios.
Se reunieron con Pascual en la Plaza Mina, donde el hombre se fumaba un cigarrillo, y enseguida se pusieron en marcha.
En un cruce de calles, la carretela estuvo a punto de arrollar a un transeúnte con un marcado rostro alargado y diminutas gafas redondas, que los señaló con su bastón al tiempo que espetaba:
—¡Malditos riquillos, se creen que la calle es suya!
El parecido físico con un antiguo líder republicano al que don Bernardo hab ía tenido la desgracia de conocer trajo al vinatero recuerdos desagradables.
—Si no fuera porque Salvochea sigue preso, habría jurado que se trataba de ese malnacido ateo y anarquista —masculló el patriarca en cuanto dejaron al hombre atrás. Él, como buen caballero de posibles, pertenecía al Partido Conservador de Cánovas, por supuesto.
—¿Salvochea? ¿Quién es ese? —quiso saber Marga.
—Fermí n Salvochea fue alcalde de Cádiz hace cinco años, durante la República —le explicó Emilia, todavía ofuscada por la conversación que acababa de mantener con sus tías.
—Ni menciones esa aberración de la Repú blica, hija —siguió don Bernardo—. Por fortuna, la monarquía ya se ha restaurado y empezamos a ver la luz en España.
Emilia se echó hacia atrás con el ceño fruncido. No le apetecía hablar de política cuando todo su mundo se desmoronaba y, adem ás, no estaba segura de compartir las ideas de su padre.
—Oye, ¿me vas a contar qué te pasa? —la interrogó su prima en voz baja.
—Luego.
—Te han soltado ya la bomba, ¿verdad?
—Luego hablamos, Marga, por favor.
Nadie pronunció una sola palabra en todo el trayecto, salvo don Bernardo, que, cuando el vehículo saltó por el tortuoso camino de rueda de Chiclana, comentó: « No sé cuándo piensan arreglarlo. El día que vuelque un carro ocurrirá una desgracia».
El terrateniente ignoraba entonces hasta qué punto tenía razón.
3 . En las inmediaciones del actual polígono industrial de Tres Caminos. El puente de siete barcas se llamaba Duque de la Victoria y estuvo en pie hasta 1909. En 1912 sería sustituido por otro más moderno que resistiría hasta 1967.