Tierra de vino y sal 4
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Al día siguiente, las jóvenes Espinosa se levantaron muy temprano y de buen ánimo, aunque hubo alguna que otra pelea por acaparar a Marcela, la doncella personal de Juliana y de Emilia, pues era la que mejor sab ía aplicar las tenacillas calientes en los cabellos de las damas.

La ocasión bien lo requería, pues la familia había planeado ir a la capital para ser retratada por uno de los fotógrafos más prestigiosos de la ciudad y todas querían llevar los bucles perfectamente moldeados.

Eligieron para los vestidos colores suaves como el celeste, el verde lima, el rosa y el melocotón, que arrojarían más luz a sus rostros, y completaron los atuendos con coquetos sombreros que les permitir ían preservar los peinados hasta llegar al lugar de la cita.

Solo cuando quedaron satisfechas con su apariencia bajaron al patio, donde las esperaba don Bernardo en compañía del ama de llaves.

—Qué bellas están las niñas, ¿verdad, don Bernardo? —comentó Francisca con admiración.

—Sí, Paca. Pero han tardado demasiado en acicalarse —se quejó el burgués, que se guardó el reloj de oro en el bolsillo del chaleco.

—Déjelas, señor, que están en edad de hacerlo —las defendió ella con añoranza.

La mujer, de unos cincuenta años, vestía a diario el uniforme de color marr ón oscuro y amplios cuellos almidonados propio de las de su cargo, y nunca se quitaba el cinturón del que colgaba el manojo de llaves.

Solo algunas tardes de domingo, cuando libraba, se permitía cambiar de vestimenta, y, aun así, todas sus prendas eran sobrias y austeras.

—Venga, vámonos, que nos quedan casi seis leguas de camino —dijo el caballero.

En el primer asiento y en sentido contrario a la marcha de los caballos se sentaron Juliana, Marga e Isabelita, y en el segundo, cubiertos por la capota, Emilia y su padre.

Por suerte no soplaba el temido viento de levante y las muchachas no se despeinarían demasiado.

Si Pascual azuzaba a los caballos, en poco más de dos horas estarían en la capital.

Abandonaron Chiclana por la avenida de la Alameda de Solano, jalonada de esplendorosas huertas y de á lamos blancos, y tomaron el único camino de tierra posible entre los caños y las salinas.

Cruzaron la pasarela de siete barcas con el ruidoso golpeteo de las ruedas sobre la madera y vinieron a dar al Portazgo 3 y, de ahí, al Puente Suazo.

En la vecina ciudad de San Fernando se cruzaron con varios landós, un cupé y una diligencia que se dirigía a Chiclana atestada de viajeros y continuaron hasta Cádiz por el camino del arrecife.

Llegaron a la Plaza Mina cuando el sol estaba en su cenit y nada más apearse del carruaje, las damas abrieron sus sombrillas para que el sol no les colorease la piel.

Emilia adoraba el aire fresco del Atlá ntico que se colaba desde cualquier calle, las fachadas de mármoles de Italia, el trasiego de gentes de lo más variopintas y la vida que bullía en una ciudad tan cosmopolita como aquella, a la que llamaban tacita de plata .

Todavía recordaba la gran fiesta que hubo años atrás, cuando vino de visita la reina Isabel II, madre del rey Alfonso XII; el orgullo en el rostro de su padre y lo ricamente ataviadas que lucieron su madre y sus tías para recibir a su majestad.

En poco tiempo llegaron a la concurrida calle Ancha, donde los palacetes más opulentos alternaban con locales de lo má s variados, como cafés, varias sombrererías, sastrerías, tiendas de guantes, zapatos y ropa hecha. Se detuvieron en la puerta número 24, donde una placa rezaba:

Rafael Rocafull.

Retratista.

Academia de Bellas Artes de la provincia de Cádiz.

(Premio al Mérito).

El se ñor Rocafull los estaba esperando y enseguida los hizo pasar al interior.

Se trataba de un hombre de unos cincuenta y pocos años, acuciada calvicie que disimulaba con una cortinilla de pelo y, en contraste, unas patillas frondosas que se unían a una barba poblada y un gran bigote.

Vestía como todos los caballeros: camisa de cuello almidonado, corbatín, chaleco y traje de chaqueta en tonos pardos.

—Buenos días, don Rafael —lo saludó el padre de Emilia, extendiéndole la mano.

—Encantado de recibirlos, don Bernardo. Qué gusto verlos de nuevo por aquí — dijo con una sonrisa.

El artista, que comenzó su carrera como pintor costumbrista, había inmortalizado con la técnica del colodión húmedo a media burguesía gaditana y, aun así, se cuidaba mucho de recordar los nombres y las preferencias de sus clientes—.

Díganme qué habí an pensado. ¿Retratos individuales como la última vez?

Don Bernardo asintió. Sí, de nuevo querían retratos pequeños en relieve, del tipo tarjeta de visita, los favoritos de las mocitas.

Se deshicieron de los sombreros y subieron a la azotea del edificio, donde tomaron asiento en unos cómodos sillones en los que esperarían por turnos.

El estudio se encontraba bajo una galería acristalada en la que incidí a el sol.

En una esquina se alzaba la aparatosa cámara fotográfica de madera y muelle que todavía resultaba un objeto mágico para muchos.

—Cuando retire la tapa del objetivo deberán permanecer en la misma postura hasta que les indique lo contrario —les recordó el retratista.

El primero en posar fue don Bernardo, a quien no le costó ningún esfuerzo permanecer inmó vil durante los sesenta segundos de rigor.

Lo siguió Juliana, que ni pestañeó, y luego Emilia, que aguantó la pose concentrándose en la verruga bulbosa que el señor Rocafull tenía en el extremo del ojo derecho.

Lo difícil vino cuando les tocó el turno a las dos má s jóvenes.

A Marga le dio la risa floja, y el señor Rocafull tuvo que repetir el procedimiento, vertiendo el colodión en una nueva placa de vidrio y colocándola en el chasis de la cámara.

Y lo mismo ocurrió con Isabelita, que no dejaba de parpadear y de tocarse la nariz.

Una vez terminada la sesión, y con las imágenes ya fijadas en las placas, se despidieron del insigne artista y quedaron a la espera de que realizara las impresiones con las características que le hab ían pedido. Un empleado de los Espinosa iría a recogerlas al cabo de unos días.

* **

Almorzaron en la casa palacio que la tía Augusta tenía en la plaza de San Antonio, y durante la comida, comentaron el inminente regreso de Marga e Isabelita a casa de sus padres después de la fiesta de la vendimia, así como de la necesidad de que las cuatro muchachas encargaran vestidos nuevos a la modista de cara al oto ño y al invierno.

Tras el banquete, don Bernardo se despidió de las mujeres con un beso y se marchó al Casino Gaditano, donde se reuniría con sus amigos del ateneo.

El gran reloj de pie del salón anunció las cinco de la tarde con su voz de latón, y doña Augusta ordenó a Marga e Isabelita que se hicieran con sus bastidores y se marcharan a bordar al salón contiguo, pues ten ían que tratar «asuntos de mayores» con Juliana y Emilia, pero las jóvenes no mostraron intención de ceder.

—No es justo, tía, ya tengo diecisiete años y he sido presentada en sociedad —se quejó Marga.

—Lo s é, pero este asunto no te incumbe, Margarita —la despachó Augusta.

—Madre, por favor. No me apetece bordar con el calor que hace —intentó la pelirroja con Prestola, pero la mujer, más por temor a su hermana que por genuina convicción, secundó la decisión de Augusta con un gesto de negación.

Finalmente, las más j óvenes abandonaron el salón con apatía.

Juliana y Emilia tomaron entonces asiento en el tresillo mientras sus tías lo hacían en los dos butacones de caoba más cercanos a la chimenea.

En la mesita del café, una de las criadas había servido cuatro copitas de vino dulce acompañadas de una fuente de buñuelos recién hechos, pero en un primer momento nadie se atrevi ó a probar bocado.

Doña Augusta, en actitud solemne, se permitió observar a sus sobrinas con detenimiento, mientras que Prestola solo tenía ojos para los dulces.

Viendo a las dos señoras juntas, pensó Emilia, nadie habría acertado a decir que eran hermanas, pues Prestola, de sonrisa alegre y cuerpo rechoncho, nada tenía que ver con Augusta, alta, espigada y de carácter avinagrado.

Do ña Augusta, por ser la mayor, había asumido el papel de matriarca de la familia a la muerte de los abuelos, y sus hermanos, Prestola y Bernardo, se habían convertido en sus fieles servidores. No obstante, sus sobrinas eran otro cantar.

—Bien, queridas —tomó la palabra la gran dama—, imagino que ya sabréis de qué queremos hablaros, ¿no es así?

Juliana, tú ya tienes veintidós a ños, y tú, Emilia estás a punto de cumplir los veinte —dijo, mirándolas alternativamente—.

Son edades más que suficientes para contraer matrimonio.

Vuestra tía Prestola y yo nos casamos antes.

Además, algunas de vuestras amigas ya son incluso madres de familia…

—¿Y por qué tanta prisa? —la interrumpió Emilia con la voz repentinamente agitada—.

¿Es por esa absurda recomendaci ón de los médicos, que dicen que las mujeres debemos casarnos antes de los veintiséis mientras que los hombres pueden hacerlo a cualquier edad?

—terminó, rememorando una conversación entre damas que había oído en uno de los cafés de moda.

Augusta abrió los ojos de par en par y se giró hacia Prestola.

—¿La has oído, Presta? ¿Qué hacemos con esta sabionda?

—La madre de Marga e Isabelita ya no pudo resistirse más y comenzó a engullir una bola de masa frita tras otra de un solo bocado.

Augusta, que no encontró en ella a una aliada, volvió a poner la atención en su sobrina—.

¿Acaso pretendes tú , niña boba, saber más que la medicina y las buenas costumbres?

Nuestro cuerpo es diferente al de los hombres y somos nosotras las que parimos a los hijos.

Así que sí: ya estáis en edad de ser madres y de gobernar vuestras propias casas.

Emilia no se amilanó, pero guardó silencio tratando de serenarse.